Inca Garcilaso de la Vega en Montilla: audioguía de la Casa del Inca
En tres paradas entenderás por qué el nombre del Inca Garcilaso de la Vega sigue unido a Montilla. Ven con curiosidad: la historia empieza en una casa de pueblo andaluz y acaba en una obra que cruzó el océano.

Una casa que había que encontrar
Colócate frente a la entrada de la Casa del Inca, en la calle Capitán Alonso de Vargas, número tres. Mira la fachada y la puerta, por donde vas a entrar.
¿Cuánto tarda una casa en convertirse en lugar de memoria? En esta, tardó siglos, y hizo falta la paciencia de dos hombres.
Empecemos por quien da nombre a la calle. Alonso de Vargas compró este edificio en mil quinientos cincuenta y siete para vivir en él. Era una compra normal, de las que se firman en cualquier pueblo. Pero Vargas tenía un sobrino al otro lado del océano.
Ese sobrino había nacido en Cuzco en mil quinientos treinta y nueve. Se llamaba Gómez Suárez de Figueroa y era hijo mestizo de un capitán conquistador, Sebastián Garcilaso de la Vega, y de una princesa inca, la ñusta Isabel Chimpu Ocllo. Ya en España adoptó el nombre con el que lo conocemos: Inca Garcilaso de la Vega. Hacia mil quinientos sesenta y uno llegó a Montilla y se instaló aquí, con su tío. Era el tío paterno, y lo acogió en esta casa.
Con el tiempo, la casa quedó asociada a otros usos y la memoria de quién la habitó se fue difuminando. Hasta que en mil novecientos cincuenta la localizaron el historiador peruano Raúl Porras Barrenechea y el escritor montillano José Cobos. Fue una colaboración entre Perú y Montilla, y gracias a ella hoy puedes entrar.
Aún no has cruzado la puerta. Cuando lo hagas, recuerda que detrás de una fachada de pueblo hubo una vida que unió dos mundos.
Para profundizar
La casa tiene una bodega, y durante años acogió un acto muy montillano: la investidura de los capataces de honor de la Fiesta de la Vendimia. La noticia que he consultado indica que lo hizo hasta dos mil diez; no he podido confirmar si el acto se ha retomado después.
Aun así, el dato dice algo. Montilla no ha guardado esta casa solo como pieza de museo: la ha usado y la ha hecho suya.
El hombre que iba y volvía

Entra en la casa y quédate en el primer espacio donde puedas pararte con calma. Deja que la vista recorra las estancias.
¿Qué hacía en Montilla alguien nacido en Cuzco? Vivir con su tío. Alonso de Vargas lo protegió y lo nombró heredero, y ese apoyo le dio después la libertad de dedicarse a escribir.
Aquí vivió unos treinta años, aproximadamente de mil quinientos sesenta y uno a mil quinientos noventa y uno. Pero no se quedó quieto. El historiador Raúl Porras Barrenechea siguió el rastro de sus ausencias. En mil quinientos sesenta y cuatro hay una larga. En mil quinientos setenta combatió en las Alpujarras, en la guerra contra la rebelión morisca, con la mesnada del marqués de Priego, y llegó a capitán. Y entre mil quinientos ochenta y nueve y mil quinientos noventa estuvo de nuevo fuera.
Es decir, Montilla no fue un encierro. Fue un lugar al que volver.
Mira a tu alrededor. Estas habitaciones no te dicen cuándo estuvo dentro. Te dicen que alguien tenía un sitio donde pensar.
Y pensó. Según Porras, a esta etapa pertenecen la traducción de los Diálogos de amor de León Hebreo, que se publicó en mil quinientos noventa, buena parte de La Florida del Inca y los primeros apuntes de los Comentarios Reales. La Florida se publicó en Lisboa en mil seiscientos cinco.
Para profundizar
Porras no tenía un diario con las entradas y salidas del Inca. Fue cruzando indicios en la documentación hasta ubicar esos periodos fuera de Montilla.
El de mil quinientos setenta nos recuerda que la vida de Garcilaso no discurría al margen de su época. Un escritor, sí, pero también un soldado al que los acontecimientos podían sacar de casa.
Hacia mil quinientos noventa y uno dejó Montilla y se trasladó a Córdoba. Allí murió en mil seiscientos dieciséis y fue enterrado en la capilla de las Ánimas de la Mezquita-Catedral. En mil novecientos setenta y ocho se entregó a Perú una parte de sus cenizas, que viajó a Cuzco; el resto permaneció en Córdoba.
Un libro entre Lisboa y Córdoba

Recorre la casa-museo con calma y busca después la bodeguita. Será tu último rincón antes de salir.
Lisboa, mil seiscientos nueve. Córdoba, mil seiscientos diecisiete. Entre esas dos fechas y esas dos ciudades cabe la obra más famosa del Inca: los Comentarios Reales.
Se publicó en dos partes. La primera salió en Lisboa en mil seiscientos nueve. La segunda, con el título Historia General del Perú, apareció en Córdoba en mil seiscientos diecisiete, y fue póstuma: Garcilaso había muerto el año anterior.
Conviene precisarlo: la redacción principal de los Comentarios se sitúa ya en su etapa cordobesa, después de mil quinientos noventa y uno. Montilla fue el lugar de los primeros apuntes, de los Diálogos y de buena parte de La Florida. Pero sin esos años aquí, sin la herencia y el sosiego, quizá el libro no habría existido.
Ahora fíjate en lo que tienes delante. La casa fue restaurada en mil novecientos noventa y dos y en dos mil trece se recrearon nuevas dependencias, entre ellas el dormitorio. Es una casa-museo que recrea el ambiente de una vivienda señorial del siglo dieciséis; no puedo asegurarte que el mobiliario perteneciera al Inca. Camina despacio y fíjate en la escala de las habitaciones.
Y ahí está la gracia: un libro tan grande tuvo un hogar previo bastante modesto.
Para profundizar
La crónica reúne historia, mitos, religión, costumbres y descripciones de la sociedad, la flora y la fauna incaicas. Casi una enciclopedia, escrita por alguien que no quería dejarse nada en el tintero.
Al final del recorrido, busca la bodeguita. Allí hay un barril con la firma de Mario Vargas Llosa, de su visita. Un artículo de abril de dos mil veinticinco lo daba por expuesto, pero no he hallado confirmación posterior, así que conviene comprobarlo.
Me gusta esa mezcla: un barril, que sirve para guardar vino, y una firma, que sirve para dejar memoria.
Ahora ya sabes por qué Montilla guarda con cariño esta casa: aquí llegó un joven mestizo de Cuzco, y de aquí salió, años después, rumbo a Córdoba, un escritor.
Prepara tu visita
- Dirección: Casa del Inca Garcilaso, calle Capitán Alonso de Vargas, 3, Montilla.
- Horarios y entradas: confírmalos antes de ir en la web oficial de turismo de Montilla o en la oficina de turismo.
- Qué buscar dentro: las estancias recreadas, incluido el dormitorio, y la bodeguita, donde conviene comprobar si sigue expuesto el barril firmado por Mario Vargas Llosa.
Preguntas frecuentes
¿Quién fue el Inca Garcilaso de la Vega
Nació en Cuzco en 1539 como Gómez Suárez de Figueroa, hijo de un conquistador español y de una princesa inca. Ya en España adoptó el nombre de Garcilaso de la Vega. Fue autor de los Comentarios Reales y de La Florida del Inca.
¿Por qué vivió el Inca Garcilaso en Montilla
Porque lo acogió su tío paterno, Alonso de Vargas, que compró la casa en 1557. Garcilaso llegó hacia 1561 y vivió aquí unos treinta años. Su tío lo protegió y lo nombró heredero.
¿Dónde está la Casa del Inca en Montilla
Está en la calle Capitán Alonso de Vargas, número 3, en Montilla, Córdoba. Conviene confirmar horarios y condiciones de visita en turismo antes de ir.
¿Cuándo se publicaron los Comentarios Reales
La primera parte, en Lisboa en 1609. La segunda, póstuma, se publicó en Córdoba en 1617 con el título Historia General del Perú.
¿Se escribieron los Comentarios Reales en Montilla
Solo en parte: aquí están los primeros apuntes. Según Porras, en Montilla se tradujeron los Diálogos de amor de León Hebreo y se escribió buena parte de La Florida. La redacción principal de los Comentarios es de su etapa en Córdoba.
¿Qué es original y qué es recreación en la casa-museo
La casa se restauró en 1992 y en 2013 se recrearon nuevas dependencias, como el dormitorio. No se puede afirmar que el mobiliario expuesto perteneciera al Inca.
¿Quién localizó la casa del Inca Garcilaso
La identificaron en 1950 el historiador Raúl Porras Barrenechea y el escritor montillano José Cobos.
¿Dónde está enterrado el Inca Garcilaso
En la capilla de las Ánimas de la Mezquita-Catedral de Córdoba, donde murió en 1616. En 1978 se llevó a Cuzco una parte de sus cenizas.
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