Mezquita-Catedral de Córdoba: mil años en un bosque de piedra
Qué ver en la Mezquita de Córdoba, contado como lo contaría un amigo: un emperador bizantino que envía artesanos para el mihrab, una vecina que le pone condiciones a Almanzor y un escultor enterrado a los pies de su propia obra. Quince paradas, del Patio de los Naranjos al puente romano, para entender cómo un mismo edificio fue mezquita y catedral sin dejar de ser él mismo.

Puerta del Perdón y Patio de los Naranjos
La puerta que perdona y el patio que florece
Colócate bajo el arco de la Puerta del Perdón y levanta la vista hacia su parte superior. Después da unos pasos hacia el interior del Patio de los Naranjos.
¿Y si este patio de naranjos fuera la continuación de un bosque que todavía no has visto? Quédate un momento bajo el arco de la Puerta del Perdón y sube la mirada. Ahí arriba quedan restos de pinturas: la Asunción y dos arcángeles, San Miguel y San Rafael, atribuidas a Antonio del Castillo. Apúntate a San Rafael, porque hoy te lo vas a cruzar más de una vez.
Esta puerta se terminó en mil trescientos setenta y siete y se ha reformado varias veces, una de ellas en mil seiscientos cincuenta. La investigadora María Ángeles Jordano explica que dos reyes, Enrique segundo y su hijo Juan primero, la usaron como escaparate de su poder, vestida con una estética mudéjar.
Ahora da unos pasos hacia dentro. Estás en el Patio de los Naranjos, que ya existía como patio de la mezquita en época islámica. Las tres galerías que lo rodean no son las originales: se reconstruyeron entre mil quinientos diez y mil quinientos dieciséis, con el obispo Martín Fernández de Angulo y el arquitecto Hernán Ruiz primero, y sustituyeron a otras anteriores. La imagen de jardín, la que hoy le da nombre, llegó después: la impulsó el obispo Francisco Reinoso a partir de mil quinientos noventa y siete.
Observa cómo se ordenan los naranjos, las palmeras y los cipreses, y cómo suenan las fuentes. Los árboles van en hileras. Y aquí viene lo bueno: hay quien piensa que Reinoso los dispuso así a propósito, como una prolongación al aire libre de las columnas de la sala de oración. Como si la piedra saliera a tomar el sol y se convirtiera en árbol.
Quizá fue solo buen ojo de jardinero. Quizá no. Dentro de un rato estarás entre esas columnas y podrás decidirlo tú.
Para profundizar
La Puerta del Perdón ha tenido más reformas que una casa heredada por varias generaciones. El Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico vincula una de sus transformaciones más profundas con los esponsales del infante don Alfonso y doña Isabel de Portugal. No busques una placa ni una fecha grabada de aquella boda: la huella es la propia reforma de la puerta que tienes delante. En mil seiscientos cincuenta volvió a intervenir en ella el arquitecto Sebastián Vidal.
Los obispos también quisieron dejar su firma. Pedro de Tapia encargó un retablo pictórico para exaltar a la Asunción y promover la devoción a San Rafael. Don Pedro Salazar fue más directo: colocó su escudo episcopal en la cúpula barroca de la puerta. Si te asomas al interior del vano, intenta localizarlo.
Cada época añadió su capa, como quien escribe en los márgenes de un libro ajeno. Lo curioso es que el libro sigue siendo legible. En unos pocos metros conviven la puerta medieval, el barroco y los escudos, y ninguno ha borrado del todo al anterior. Es una buena manera de entrar en un edificio que funciona exactamente igual.
Torre campanario y alminar de Abderramán III
La torre que se tragó un alminar

Busca en el patio un punto despejado desde el que veas la torre campanario entera, de abajo arriba. Si subes, la segunda parte se escucha en el cuerpo de campanas.
Cincuenta y cuatro metros. Es lo que mide esta torre campanario. Pero lo más asombroso no se ve desde aquí: dentro de sus muros, embutido como un hueso dentro de un brazo, se conserva el cuerpo del alminar que mandó levantar Abderramán tercero. Aquel gobernante derribó el alminar anterior en novecientos cincuenta y uno y estrenó el suyo en novecientos cincuenta y dos.
Seis siglos después, en mil quinientos ochenta y nueve, un terremoto dejó dañada aquella vieja torre. En lugar de borrarla, se decidió construir otra nueva que envolviera parte de los restos califales. El proyecto fue de Hernán Ruiz tercero, que empezó la obra en mil quinientos noventa y tres y completó el cuerpo de campanas. Después llegaron otros a seguir subiendo. Juan Sequero de Matilla añadió el cuerpo del reloj. Gaspar de la Peña hizo la linterna de lo más alto, la que sostiene la figura de San Rafael. Sí, otra vez él.
Así que lo que tienes delante son dos torres en una: la cristiana por fuera y la califal por dentro, abrazadas desde hace más de cuatrocientos años.
Allí arriba, las campanas tienen nombre propio, como si fueran personas. Una se llama Asunción, otra San Zoilo. Y hubo una, la Purísima, que dejó una historia triste: un cronista cordobés escribió que un día cayó dentro de la torre y mató a un campanero. Es fácil mirar una torre y pensar solo en piedra. Cuesta más recordar que cada toque necesitaba a alguien allí arriba, haciendo su trabajo a muchos metros del suelo.
Para profundizar
Si has subido, la recompensa está en el cuerpo de campanas. Acércate a ellas y busca sus inscripciones. Además del nombre, algunas llevan grabado el año de fundición y el escudo del obispo que las encargó. Es una firma en bronce: el obispo pagaba y el metal lo recordaba.
Esta subida no siempre fue posible. La restauración de la torre empezó en mil novecientos noventa y uno, y la visita turística no se abrió hasta noviembre de dos mil catorce. Más de veinte años de trabajo para que hoy puedas pasar aquí arriba un rato. Esa desproporción tiene algo de hermoso.
Aprovecha para mirar hacia abajo. Desde la altura se entiende la forma del conjunto: el patio con sus hileras de árboles y, al lado, la gran superficie de la sala de oración. Es el mejor mapa del lugar al que vas a entrar ahora. Y mientras bajas, recuerda dónde está el alminar de Abderramán tercero: no bajo tus pies, sino envuelto en la piedra de los muros que te rodean.
El bosque de columnas y los arcos bicolores
Perderse entre columnas

Entra en la sala de oración y sitúate en el sector de la mezquita fundacional, entre dos filas de columnas, mirando a lo largo de la nave. Luego levanta la vista hacia los arcos.
Al entrar aquí hay un momento en que los ojos no saben adónde ir. Hay columnas a la derecha, a la izquierda y en diagonal. Ese desconcierto empezó hace más de mil doscientos años.
Entre setecientos ochenta y seis y setecientos ochenta y ocho, Abderramán primero levantó la primera mezquita. Tenía once naves, y la del centro era más ancha y más alta que las demás. La ciudad necesitaba espacio para rezar, y la obra se lee también como una manera de mostrar en piedra la fuerza del emirato cordobés.
Ahora acércate a una columna. Muchas de las que sostienen esta parte, con sus capiteles, no se tallaron para la mezquita: son piezas romanas y visigodas reaprovechadas. Los constructores recogieron material de edificios más antiguos y lo pusieron a trabajar de nuevo. Así que, al pasear por aquí, estás caminando entre restos de varias Córdobas anteriores, recolocados para una nueva.
Sube la mirada. Esta es la imagen más reconocible de todo el monumento: arcos en dos alturas, uno encima de otro, con dovelas que alternan el rojo del ladrillo y el tono amarillento de la piedra caliza. Ese doble piso de arcos es el que da altura y aire a la sala, y esa alternancia de colores es la que convierte la repetición en ritmo.
¿Cuántas columnas hay? Una fuente turística municipal cifra en unas ochocientas cincuenta las que quedan hoy en el conjunto. Ochocientas cincuenta, y aun así, cada pocos pasos, la perspectiva cambia por completo. Es la mejor explicación de por qué este lugar es famoso: un bosque de piedra en el que perderse forma parte de la visita.
Para profundizar
Esta primera mezquita tenía también sus puertas, y una de ellas merece un recuerdo: la de San Esteban. El emir Mohamed primero le dio su forma definitiva, y su aspecto se describe como un enlace entre lo visigodo y lo califal cordobés. Es una fachada que parece hablar dos idiomas a la vez, igual que estas columnas reaprovechadas bajo arcos nuevos.
Fíjate, además, en que este sistema de doble arcada no se quedó aquí. Las ampliaciones posteriores lo respetaron, y gracias a eso el edificio, aunque creció durante siglos, sigue pareciendo uno solo.
Bajo el suelo: basas y basílica de San Vicente
Lo que esconde el suelo

Sin salir del sector de la mezquita fundacional, baja la vista a los pies de las columnas.
Mira ahora hacia abajo. Esas basas, los pies sobre los que se apoyan las columnas, pasaron mucho tiempo ocultas. En los años treinta del siglo veinte, el arquitecto Félix Hernández rebajó el nivel del suelo para dejarlas a la vista. Lo que ves hoy es, en cierto modo, la mezquita de puntillas, enseñando los tobillos después de siglos.
Félix Hernández no se limitó a bajar el suelo. Hizo investigaciones arqueológicas en la zona de la mezquita fundacional para estudiar lo que había antes que ella: la basílica de San Vicente. Es decir, este rincón de Córdoba ya era un lugar de culto antes de que Abderramán primero levantara aquí sus once naves.
¿Se puede ver algo de aquella basílica? Sí. Los restos arqueológicos atribuidos a San Vicente se muestran hoy en un área expositiva dentro del propio monumento. Merece la pena buscarla: es la capa más profunda de este edificio, la que explica que mezquita y catedral no sean dos historias separadas, sino la misma historia contada en épocas distintas.
Y una última cosa antes de seguir. Hernández intervino también en las techumbres, así que parte de lo que ves al levantar la vista pasó por sus manos. Un mismo arquitecto, mirando a la vez al techo y al subsuelo.
Ahora camina hacia el sur y presta atención a los pies de las columnas, porque algo va a desaparecer de repente.
Ampliación de Abderramán II
El mihrab que vive dentro de otro

Avanza hacia el sur hasta las naves de la ampliación de Abderramán segundo y colócate junto a una columna, de modo que veas bien su base y su capitel.
¿Notas algo distinto en estas columnas? Les faltan los pies. Hace un momento veías basas recién desenterradas y aquí, sencillamente, no las hay.
Entre ochocientos treinta y tres y ochocientos cuarenta y ocho, Abderramán segundo amplió la mezquita porque Córdoba crecía y ya no cabía la gente. Añadió ocho naves hacia el sur siguiendo el esquema original. Mantuvo la doble arcada, ese juego de arcos sobre arcos que acabas de ver. Pero suprimió las basas.
Ahora sube la mirada a los capiteles. Aquí ya no todo es reaprovechado: once de ellos se tallaron en talleres locales especialmente para esta fase. Combinan proporciones de tradición romana con la talla a trépano, una técnica que perfora la piedra y la llena de pequeñas sombras. Son manos cordobesas reinterpretando una herencia muy antigua.
Y ahora viene el giro. Para crecer, la obra derribó el muro de la quibla anterior, el muro hacia el que se reza, y levantó uno nuevo, con su propio mihrab. Hoy ese mihrab ya no está aquí, y parecería el final de su historia. No lo es. Sus columnas, dos pares, se salvaron y se reutilizaron en el mihrab de Alhakén segundo, que vas a ver dentro de muy poco.
Un mihrab que sobrevive dentro de otro. En este edificio, casi nada se tira del todo.
Para profundizar
¿De dónde venían las ideas de esta ampliación? En parte, de muy lejos. Los contactos políticos con el califato oriental y la llegada de personas desde Oriente acompañaron una influencia abbasí en la decoración. Córdoba miraba hacia el este y tomaba nota.
Fue también la época en que la ciudad afianzó su imagen de corte y de referente cultural. Y de todo aquel esplendor, la huella material más visible es justamente esta: las naves por las que estás caminando.
Ampliación de Alhakén II, maqsura y sabat
La ampliación de Alhakén segundo y el pasadizo del poder

Sigue hacia el sur hasta la zona de la maqsura, frente al muro de la quibla. Colócate de modo que veas el mihrab en el centro y las puertas que lo flanquean.
Has llegado al corazón ceremonial de la mezquita. Fue Alhakén segundo quien lo dejó así: su ampliación añadió doce tramos más hacia el sur y, sobre todo, realzó dos espacios, la maqsura y el mihrab.
La maqsura es la zona en la que estás. Era el espacio reservado para el rezo de la familia del califa, justo delante del muro de la quibla. Aquí la mezquita deja de ser un bosque igualitario de columnas y se convierte en un escenario, con un lugar de honor para el poder.
Ahora mira a los lados del mihrab. Hay dos puertas: una es la del tesoro y la otra, la del sabat. Y el sabat tiene historia. Mucho antes de Alhakén segundo, cuando Córdoba era todavía un emirato, el emir Abd-Allah mandó construir el primer sabat, un pasadizo que unía su palacio con el mihrab. Es decir, el gobernante podía ir del alcázar al punto más sagrado del edificio sin salir a la calle. Un corredor privado entre el poder y la oración.
Pero cuidado con una confusión habitual: la puerta del Sabat que ves hoy no es la de aquel primer pasadizo del emir. Corresponde a la ampliación de Alhakén segundo, que rehízo todo este frente cuando llevó la quibla más al sur. El nombre se heredó; la puerta es más tardía.
Ya tienes el decorado completo: la maqsura, las dos puertas y, en medio, la joya que todo el mundo viene a ver. Acércate.
El mihrab y sus mosaicos bizantinos
El mihrab: la joya de Bizancio en Córdoba

Frente a la portada del mihrab, en el centro del muro de la quibla, a una distancia que te permita ver el arco entero y sus mosaicos.
Esto es lo que mucha gente ha cruzado medio mundo para ver. Y lo primero que conviene saber es que no es lo que parece. Un mihrab suele ser una hornacina, un hueco en la pared que indica hacia dónde rezar. Este no: es una pequeña estancia octogonal cubierta por una cúpula en forma de venera, como una concha.
Mira la portada. Un arco de herradura peraltado, es decir, estirado hacia arriba, y alrededor un resplandor de mosaicos. Aquí entra en escena el emperador bizantino que te prometí al principio. Según la información oficial del monumento, Nicéforo segundo envió artesanos a Córdoba para realizar estos mosaicos. Piénsalo un momento: el califa de Córdoba pide ayuda al emperador cristiano de Constantinopla para decorar el lugar más sagrado de su mezquita, y el emperador se la manda. El arte, a veces, viaja por caminos que la política no esperaría.
Acércate ahora a la decoración. Hay inscripciones coránicas y tableros de ataurique, esa vegetación de piedra que se enrosca sobre sí misma, con el motivo del árbol de la vida.
Y busca las columnas de la portada. ¿Recuerdas el mihrab de Abderramán segundo, el que se derribó al ampliar? Sus dos pares de columnas están aquí, reutilizadas. Un mihrab viviendo dentro de otro, como te decía.
Con Alhakén segundo, este mihrab se convirtió en el foco visual de toda la ampliación. Y sigue siéndolo: todo en esta zona de la sala parece conducir la mirada hasta aquí.
Para profundizar
Que lo veas así, limpio y a la vista, no es casualidad. En mil setecientos setenta y uno, el Cabildo encargó al arquitecto Baltasar Dreveton consolidar este espacio respetando su traza y su carácter. Pero el gran rescate llegó en mil ochocientos quince: por iniciativa del obispo Pedro Antonio de Trevilla se retiró la capilla de San Pedro, que ocultaba la arquitectura califal, y se restauraron el mihrab y las cúpulas del vestíbulo.
La historia no ha terminado. En dos mil seis se inició un proyecto contemporáneo de restauración de la maqsura mediante un convenio con la Junta de Andalucía. Lo que tienes delante es, por tanto, obra califal original cuidada por más de dos siglos de restauradores.
Capilla de Villaviciosa
La Capilla de Villaviciosa: la primera catedral

En la Capilla de Villaviciosa, mirando hacia su cubierta de madera y los arcos que recorren la nave.
El veintinueve de junio de mil doscientos treinta y seis, la mezquita se consagró como catedral. Y lo primero que hicieron los nuevos dueños no fue derribar, sino adaptar: el altar mayor se colocó bajo uno de los lucernarios de Alhakén segundo. La luz califal iluminando el culto cristiano.
Durante dos siglos y medio, la catedral convivió con el edificio casi sin tocarlo. La primera gran obra cristiana de envergadura en este sector llegó con el obispo Íñigo Manrique, entre mil cuatrocientos ochenta y seis y mil cuatrocientos noventa y seis: una nave gótica de planta basilical, con cubierta de madera a dos aguas.
Levanta la vista. Esos pilares y arcos fajones apuntados son los que dan estructura a la nave. Y arriba, la armadura de madera tiene su propia aventura. Desde la Edad Moderna estuvo escondida bajo unas bóvedas, y nadie la veía. Ya en el siglo veinte, el arquitecto Velázquez Bosco la descubrió y la recuperó. Fíjate en sus casetones: llevan motivos vegetales e inscripciones latinas y griegas.
Así que este techo es un regalo doble: una obra del siglo quince que el siglo veinte devolvió a la luz.
Para profundizar
Esta capilla guarda memoria de una fase cristiana todavía más antigua. Hacia mil trescientos cincuenta y uno se pintó aquí un ciclo mural con santos y reyes, atribuido a Alonso Martínez. De todo aquel conjunto solo se conserva un fragmento: una Cabeza de Cristo.
Y no la busques en estas paredes. Según la página oficial del monumento, hoy se expone en el Museo de Bellas Artes de Córdoba. Si te queda tiempo en la ciudad, ahí tienes una excusa para ir a conocer al único superviviente.
Capilla Real
La Capilla Real: un panteón que se quedó sin reyes

En el sector próximo a la Capilla de Villaviciosa, siguiendo el recorrido autorizado, desde donde se vea el emplazamiento de la Capilla Real. Su interior no es visitable.
Muy cerca de donde estás hay una capilla que no vas a poder pisar. Conviene saberlo desde el principio: la Capilla Real no está abierta a la visita. Pero su historia merece que te detengas aquí un momento.
En mil trescientos setenta y uno, Enrique segundo de Trastámara ordenó construirla. Quería un panteón dinástico para dos reyes: su padre, Alfonso onceno, y su abuelo, Fernando cuarto. ¿Te acuerdas de él? Es el mismo Enrique que, según hemos visto en la Puerta del Perdón, usó la arquitectura para legitimar su poder. Aquí lo hace de nuevo, y en estilo mudéjar: un rey cristiano honrando a su familia con un lenguaje de raíz islámica, dentro de una antigua mezquita.
Por dentro, según la ficha oficial, es un recinto de planta cuadrangular con las paredes cubiertas de yeserías, atauriques, paños de rombos y motivos epigráficos. Y la bóveda es un pequeño prodigio: cuatro arcos que se cruzan con otros cuatro en diagonal, y los huecos entre ellos rellenos de mocárabes de yeso, esas formas que cuelgan como estalactitas.
Ahora, el giro final. Aquella tumba pensada para siempre no lo fue. En mil setecientos treinta y seis, los restos de Fernando cuarto y Alfonso onceno se trasladaron a la Real Colegiata de San Hipólito. El panteón se quedó sin reyes.
Para profundizar
Que no puedas entrar no le quita importancia. La ficha oficial señala que esta capilla se convirtió en un referente para palacios y capillas de las élites cordobesas: lo que se hizo aquí se copió fuera.
El estudioso Pavón Maldonado llegó a considerar que su decoración tardía sintetizaba temas árabes y mudéjares. Es decir, en un espacio cerrado del tamaño de una habitación se resume la misma convivencia de lenguajes que llevas toda la visita viendo a gran escala.
Ampliación de Almanzor
Almanzor y la vecina de la palmera

En las naves del sector oriental de la sala, las de la ampliación de Almanzor, junto a una columna desde la que veas bien los arcos.
A finales del siglo diez, Córdoba volvía a quedarse pequeña. Habían pasado pocas décadas desde las obras de Alhakén segundo, y la mezquita necesitaba crecer otra vez. El encargado fue Almanzor. Y tuvo un problema: no había hacia dónde ir.
Hacia el sur, el Guadalquivir y el desnivel del terreno lo impedían. Hacia el oeste estaban el palacio califal y la vía pública. Así que la única salida fue el este. Almanzor añadió allí ocho naves y ensanchó también el patio en esa dirección. Fue la ampliación más extensa de todas.
Pero el este también tenía vecinos. Y aquí llega una de las mejores historias del edificio. Según una crónica que recogió Ibn Bashkuwal a partir de una noticia de Ibn Hayyan, una mujer se negó a abandonar su casa. No pedía dinero. Pedía otra casa con una palmera en el patio, como la suya. Y Almanzor, uno de los hombres más poderosos de su tiempo, aceptó la condición y le buscó una vivienda con su palmera. A veces, la historia la escriben los que dicen que no.
Ahora mira los arcos. ¿Ves las dovelas rojas y claras? Aquí no siempre son de ladrillo y piedra: en esta ampliación, la alternancia de colores se imita con pintura. Almanzor repitió un tipo de arquería que ya existía y con menos riqueza ornamental que la fase de Alhakén segundo. Más metros, menos lujo.
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Crecer hacia el este tuvo un precio: el edificio perdió el eje tradicional que lo organizaba. El mihrab ya no quedó en el centro de la sala, sino desplazado.
Bajo tierra también hubo novedades: el Cabildo señala que esta ampliación añadió un aljibe subterráneo.
Y antes de irte, busca las marcas talladas en los fustes y en los capiteles. Son las firmas de los canteros que trabajaron en esta fase. Gente sin nombre en las crónicas que, sin embargo, dejó su señal en la piedra para quien quisiera buscarla.
Crucero renacentista y la frase de Carlos V
Una catedral en medio del bosque

En el crucero renacentista, en el centro de la sala, mirando hacia arriba a la bóveda oval.
De repente, el bosque se abre y el techo sale disparado hacia arriba. Has entrado en una catedral renacentista construida en el corazón de la mezquita. Este es el episodio que todo el mundo espera oír.
En mil quinientos veintitrés, el obispo Alonso Manrique decidió levantar una nueva capilla mayor en medio de las columnas. Dirigió la obra Hernán Ruiz primero, el mismo de las galerías del patio. La página oficial del monumento destaca que mostró una especial sensibilidad hacia la arquitectura del antiguo oratorio musulmán. Aun así, la obra fue enorme. Su hijo, Hernán Ruiz segundo, levantó los muros del crucero, los reforzó con ocho contrafuertes y cubrió con bóvedas góticas los brazos y la capilla mayor. Y fue Juan de Ochoa quien cerró las cubiertas del crucero y del coro, entre mil quinientos noventa y nueve y mil seiscientos siete. Casi un siglo de obras.
Y ahora, la frase. La tradición cuenta que el emperador Carlos quinto, al ver lo construido, dijo: «Habéis hecho lo que hay en otras partes y deshecho lo que era singular». Es una cita preciosa, pero conviene tomarla como lo que es: una frase atribuida por la tradición. El Instituto Cervantes la califica de legendaria. Que sea leyenda no le quita fuerza; la ha mantenido viva porque resume una pregunta que muchos visitantes se hacen aquí mismo.
Lo irónico es que el emperador está en la obra. Busca en la bóveda de la capilla mayor: hay una representación de Carlos quinto entre ángeles músicos, santos y apóstoles. El supuesto crítico, retratado dentro de lo criticado.
Para profundizar
Mira la bóveda oval del crucero. En sus pechinas, los cuatro triángulos que la sostienen, están los cuatro evangelistas. Busca también a los Padres de la Iglesia y la Trinidad.
La obra tuvo sus dudas. El obispo Francisco Reinoso, el del jardín del patio, visitó los trabajos y pidió opinión a Diego de Praves, arquitecto de la catedral de Burgos, antes de encargar la conclusión a Juan de Ochoa.
Lo que ves hoy, además, está recién cuidado: la restauración integral del crucero y el coro se hizo entre dos mil seis y dos mil nueve, y fue premiada en dos mil nueve.
Coro y sillería de Pedro Duque Cornejo
El coro y el escultor que se quedó a vivir en su obra

En el coro, frente a la sillería tallada, con el trono episcopal a la vista.
Esta madera cuenta la última historia que te prometí al principio.
En mil setecientos cuarenta y dos, el arcediano José Díaz de Recalde dejó en su testamento ciento veinte mil reales para hacer posible una nueva sillería para el coro. Con ese dinero, el Cabildo convocó un concurso. Distintos escultores presentaron modelos y proyectos, y el elegido fue Pedro Duque Cornejo.
Mira la sillería: cada asiento tallado, cada respaldo. Y luego el trono episcopal, cuya composición incluye una Ascensión de Cristo de tamaño natural. Es una obra para pasar mucho rato delante de ella.
Duque Cornejo no llegó a verla estrenada. Murió dos semanas antes de la inauguración. Y el Cabildo tomó una decisión conmovedora: enterrarlo aquí mismo, a los pies del coro. A los pies de su obra.
Pocos artistas pueden decir que descansan dentro de lo que hicieron. Él sí. La próxima vez que alguien te diga que el trabajo bien hecho se queda, piensa en este coro.
Capillas laterales y Tesoro
Capillas, linajes y tesoro

Junto a las capillas del perímetro de la sala; para la segunda parte, en la Capilla de Santa Teresa, junto al antiguo muro de la quibla.
Recorre con la mirada el perímetro de la sala. Esas capillas que se abren en los muros cuentan cómo el antiguo oratorio se fue transformando, pieza a pieza, gracias al dinero de eclesiásticos y familias cordobesas que querían rezar, y ser enterrados, aquí.
Hay nombres sorprendentes. El veintinueve de octubre de mil seiscientos doce, el Cabildo concedió la capilla de las Ánimas al Inca Garcilaso de la Vega, que estableció allí su capilla y su enterramiento. No era un recién llegado: las fuentes documentales lo registran ya como sacristán de la catedral. La dotó con un crucificado encargado a Felipe Vázquez de Ureta y con una reja de Gaspar Martínez.
Ahora dirígete a la Capilla de Santa Teresa. La fundó el cardenal Pedro de Salazar y Toledo, y ocupa el antiguo muro de la quibla. Tiene planta octogonal y cúpula. Levanta la vista: yeserías con hojas de acanto y, en las paredes, lienzos de Antonio Palomino. El cardenal trajo además de una estancia en Roma el Viso del Sagrario, obra de Virgilio Castelli.
Esta capilla es también el espacio del Tesoro Catedralicio. Busca la custodia procesional de plata y las pequeñas esculturas napolitanas, también de plata. Después de tanta piedra, el brillo del metal.
Para profundizar
Cada capilla tiene detrás una historia personal. En mil trescientos setenta y ocho, la de la Conversión de San Pablo se concedió a Elfa de la Torre para sepultar a su marido, Pedro Muñiz de Godoy.
Y en mil quinientos sesenta y cinco, la capilla de la Natividad pasó a Andrés Pérez de Buenrostro. Su arquitectura la diseñó Hernán Ruiz segundo, el constructor de los muros del crucero, y el retablo lo ejecutó Martín de la Torre. La familia Ruiz, como ves, aparece por todas partes.
Puerta de las Palmas
La Puerta de las Palmas

Frente a la Puerta de las Palmas, de modo que veas bien el cuerpo superior sobre el arco de acceso.
Esta puerta no siempre se llamó así. Su nombre original fue Arco de Bendiciones, y no por casualidad: se usaba en el rito de coronación para bendecir el pendón real de cada nuevo monarca. Imagina la escena: un nuevo rey, su estandarte y esta puerta como umbral solemne.
En mil quinientos treinta y tres, Hernán Ruiz primero, otra vez él, la reformó y le añadió el cuerpo superior que ves ahora, de estilo plateresco, con un relieve de la Anunciación.
Y aquí viene la curiosidad. Acércate a los ángulos inferiores del relieve. Junto a una escena tan sagrada como la Anunciación aparecen pequeños seres fantásticos de carácter mitológico. Una travesura de piedra escondida a plena vista, como si el escultor quisiera comprobar quién se fija en los detalles.
Ahora ya sabes que tú sí.
Vista desde el puente romano
La gran vista desde el puente romano

En el centro del puente romano, junto a la escultura de San Rafael, mirando hacia la Mezquita-Catedral y la orilla monumental.
Date la vuelta y mira. Desde aquí lo tienes todo en una sola imagen: la Mezquita-Catedral, el río, la Puerta del Puente y este mismo puente bajo tus pies. Si llegas al atardecer, como recomienda el turismo municipal, verás cómo la luz dora las superficies.
El puente tiene su propia historia. La oficina municipal de turismo lo fecha en el siglo primero antes de Cristo, aunque su estructura principal es medieval y la intervención más reciente que indica es de mil ochocientos setenta y seis. Cuenta sus dieciséis arcos: cuatro son apuntados y el resto, de medio punto.
¿Y quién te espera en el antepecho? San Rafael. Te dije al principio que te lo cruzarías más de una vez: lo viste pintado en la Puerta del Perdón y en lo alto de la torre, y aquí está de nuevo, en una escultura atribuida a Bernabé Gómez del Río. El mismo escultor firmó el primer triunfo de San Rafael erigido en Córdoba, colocado hacia mil seiscientos cincuenta y uno como agradecimiento por el fin de una peste. El arcángel es el custodio de la ciudad, y no deja de vigilarla.
Ahora mira de nuevo la Mezquita-Catedral. Desde fuera se entiende lo que llevas horas recorriendo por dentro: un edificio que creció hacia el sur, hacia el este, que se abrió por el centro para alojar una catedral, y que, aun así, sigue siendo uno solo.
Para profundizar
La Puerta del Puente también se ha transformado. El arquitecto Hernán Ruiz tercero, el de la torre campanario, la reformó en el siglo dieciséis. Y en mil novecientos doce perdió su función defensiva, cuando se derribó la muralla a ambos lados.
Esta vista lleva siglos viajando. La Biblioteca de Córdoba registra litografías de mil ochocientos treinta y siete basadas en originales de David Roberts y otros artistas. Y más tarde llegaron las postales: tras la muerte del fotógrafo Rafael Señán en mil novecientos once, su viuda y su hija María continuaron el negocio y siguieron reimprimiendo postales con sus negativos. Así que, cuando saques tu foto, estarás repitiendo un gesto que empezó mucho antes que tú.
Prepara tu visita
- Recorrido: el orden propuesto va del Patio de los Naranjos y la torre al interior, recorre la sala de oración de la parte más antigua a las ampliaciones y la catedral, y termina fuera, en la Puerta de las Palmas y el puente romano.
- Torre campanario: abierta a la visita turística desde noviembre de dos mil catorce, tras una restauración iniciada en mil novecientos noventa y uno. Si subes, reserva tiempo para el cuerpo de campanas.
- San Vicente: los restos arqueológicos atribuidos a la basílica de San Vicente se muestran en un área expositiva dentro del monumento.
- Capilla Real: no es visitable; solo podrás ver su emplazamiento desde el recorrido autorizado.
- Tesoro: se expone en la Capilla de Santa Teresa, junto al antiguo muro de la quibla.
- Fuera del monumento: la única pintura conservada del ciclo mural de la Capilla de Villaviciosa, una Cabeza de Cristo, está en el Museo de Bellas Artes de Córdoba.
- La mejor foto: desde el puente romano, mejor al atardecer.
Preguntas frecuentes
¿Quién construyó la Mezquita de Córdoba
Abderramán I levantó la mezquita fundacional entre 786 y 788. Después la ampliaron Abderramán II, Alhakén II y Almanzor, y desde 1523 se construyó en su interior el crucero catedralicio, dirigido al principio por Hernán Ruiz I.
¿Qué es el mihrab de la Mezquita de Córdoba
Es una pequeña estancia octogonal cubierta por una cúpula de venera, en el centro del muro de la quibla. Su portada está decorada con mosaicos vinculados a artesanos enviados por el emperador bizantino Nicéforo II.
¿Por qué hay una catedral dentro de la mezquita
Tras la consagración cristiana de 1236, el edificio se usó como catedral. En 1523 el obispo Alonso Manrique impulsó una nueva capilla mayor en el centro de la sala, dirigida por Hernán Ruiz I y terminada por Juan de Ochoa entre 1599 y 1607.
¿Dijo realmente Carlos V la famosa frase sobre la catedral
La frase «habéis hecho lo que hay en otras partes y deshecho lo que era singular» se le atribuye tradicionalmente, pero el Instituto Cervantes la considera legendaria.
¿Cuántas columnas tiene la Mezquita de Córdoba
Una fuente turística municipal cifra en unas 850 las columnas actuales. Muchas de las de la mezquita fundacional son piezas romanas y visigodas reaprovechadas.
¿Queda algo del alminar original
Sí. El alminar de Abderramán III, inaugurado en 952, se conserva embutido dentro de los muros de la actual torre campanario, construida a partir de 1593.
¿Se pueden ver los restos de la basílica de San Vicente
Sí, los restos arqueológicos atribuidos a San Vicente se muestran en un área expositiva dentro del monumento.
¿Se puede visitar la Capilla Real
No. La Capilla Real, construida en 1371 por orden de Enrique II, no es visitable actualmente.
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