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Dovoya › Córdoba y provincia › Lucena › - Imagen parada 1: Vista desde el Llanete de Santiago, de frente a la portada principal de piedra de la iglesia. La portada ocupa el centro del encuadre: se aprecian sus conchas de peregrino y detalles tallados; a un lado, junto a la cabecera, aparece la espadaña angular adosada al muro. Luz natural suave de día, sin personas ni elementos añadidos. · Alt: Portada de piedra de Santiago Apóstol, con conchas talladas y la espadaña angular al lado.

- Imagen parada 1: Vista desde el Llanete de Santiago, de frente a la portada principal de piedra de la iglesia. La portada ocupa el centro del encuadre: se aprecian sus conchas de peregrino y detalles tallados; a un lado, junto a la cabecera, aparece la espadaña angular adosada al muro. Luz natural suave de día, sin personas ni elementos añadidos. · Alt: Portada de piedra de Santiago Apóstol, con conchas talladas y la espadaña angular al lado.

Una puerta desmontada piedra a piedra, una campaña para apadrinar clavos y vino repartido entre penitentes de túnica blanca.

Hazlo antes de entrar: dentro puede no haber cobertura.

1. La puerta que se desmontó

Colócate en el Llanete de Santiago, frente a la portada principal, con la espadaña a un lado, junto a la cabecera del templo.

¿Cuántas manos hacen falta para desmontar una puerta de piedra y volver a montarla como un puzle? Aquí lo hicieron. En la restauración reciente la portada principal se desmontó pieza a pieza. Había que corregir la deformación que arrastraba y tratar la piedra con calma.

Ahora busca con la vista las conchas de peregrino y los detalles esculpidos que se recuperaron en aquella obra. Después levanta un poco la mirada hacia la espadaña angular, ese campanario de pared adosado al muro, junto a la cabecera.

Y aquí viene lo bueno, porque la historia tiene nombres de vecinos. En 2026 se impulsó una campaña llamada Apadrina un clavo. Se ofrecieron doscientas cincuenta unidades. Una familia fue más lejos y costeó una puerta entera.

Piénsalo un momento. Cuando alguien señala un clavo y dice que ese es suyo, el edificio deja de ser algo que se mira y pasa a ser algo que se cuida. Hay que reconocerlo: apadrinar un clavo es una forma modesta y muy práctica de pertenecer a un sitio.

La piedra de esta fachada ha pasado por más manos de las que cabrían en cualquier foto. Y todavía no has visto lo que esconde la puerta, ni las voces que guarda el interior.

Para profundizar

La espadaña tuvo un susto serio. A finales de 2018 se produjeron desprendimientos hacia la calle, y hubo que intervenirla con urgencia. El Obispado puso la financiación eclesiástica y el Ayuntamiento aportó una nueva iluminación. Cuando caiga la tarde, esa luz es el segundo regalo de la obra.

Sobre el origen del templo circula una idea que los expertos aún discuten. Algunos lo relacionan con una antigua sinagoga. Otras voces locales creen que es un error, por el estilo del edificio y por su ubicación. Aquí la dejamos como lo que es: una tradición en disputa.

Y en los papeles oficiales la iglesia figura como Bien de Interés Cultural. El Instituto del Patrimonio Cultural de España conserva además registros de proyectos para restaurarla.

2. Una reunión con pocos oficiales

Entra en la nave central y quédate en el centro, mirando hacia los arcos laterales.

Marzo de 1933. El párroco Ángel González Muñoz convoca a la junta de una cofradía y casi nadie con cargo se presenta. Cualquiera que haya organizado una cena de amigos conoce esa sensación.

Antes de seguir, mira a tu alrededor. El interior se divide en tres naves, y unos pilares sostienen los arcos que las separan. Es una organización propia de la arquitectura gótico-mudéjar. Fíjate cómo el espacio se reparte sin que nada lo grite.

Volvamos a la reunión. El problema era de lo más terrenal: las cuotas no se cobraban. Y aquí está el giro. La solución no fue un decreto ni un reproche. Los cofrades acordaron visitar a los hermanos, uno por uno, para repartir las cargas según las posibilidades de cada cual.

Esas conversaciones suenan hoy en la nave como un murmullo que no se oye. Y eso nos lleva a un lado del templo, donde las cofradías tienen sus capillas y los siglos dejaron más huella que las cuotas.

Para profundizar

El edificio tiene también sus cicatrices. Se cuenta que la fábrica sufrió reformas tras el terremoto de 1755. Además, en un sillar aparece grabado el año 1758, como una firma discreta de aquellos arreglos.

Existe asimismo una tradición aracelitana, y conviene tomarla como tradición. Sitúa en esta iglesia la primera veneración lucentina de la imagen de María Santísima de Araceli. Cuentan, y me gustaría poder confirmarlo, que fue aquí donde los vecinos de Lucena rezaron por primera vez ante ella.

Una tradición no necesita papeles para ser querida. Basta con que se cuente en voz baja de generación en generación, y que alguien, de vez en cuando, levante la vista hacia el sitio exacto donde dicen que ocurrió.

3. Vino, hierro y una columna

Acércate a las capillas laterales, sobre todo a la del lado del Evangelio, y detente ante la verja.

Imagina una procesión de penitentes con túnicas blancas, y un detalle que no esperabas: la propia cofradía les daba vino. Así lo describe la crónica local sobre los disciplinantes de la Soledad. Parece una contradicción, y es una escena muy humana.

Ahora mira las verjas de forja que cierran estas capillas. En 1744 la cofradía se las encargó a Juan de Gálvez. Obsérvalas de cerca, porque hay mucho trabajo en cada barrote.

Detrás, las imágenes titulares. La cofradía de la Soledad se instituyó en 1564, y en 1601 le aprobaron sus constituciones. En 1729 se amplió su capilla con un camarín para la Virgen.

Busca ahora la capilla de la Cofradía de la Columna. Allí está Jesús amarrado a la columna, una imagen que se atribuye a Pedro Roldán y que está fechada en 1675. Aquí pondría el giro: la cofradía actual de la Columna es bastante más joven que su imagen. Nació en 1923, impulsada por setenta y tres hermanos.

Dos siglos y medio separan la talla de la hermandad que hoy la acompaña. Es como si la escultura hubiera esperado, con paciencia, a que alguien la sacara a la calle.

Para profundizar

Las cofradías también tuvieron sus apuros de dinero. En 1745, la de la Soledad compró un local junto al templo para guardar las andas. Hasta entonces lo tenía arrendado, de modo que pasó de inquilina a propietaria.

Hubo años de escasez. En una ocasión faltaron recursos para que una imagen acompañara la procesión del Santo Entierro, y la sustituyó la Virgen del Socorro. Un relevo de urgencia que dejó huella en las crónicas.

La cofradía de la Columna dio un paso más en 1924, cuando llegaron sus primeras reglas, un año después de aquella fundación de 1923.

Si has seguido el recorrido hasta aquí, habrás visto cómo el hierro, la piedra y la madera guardan siempre nombres propios. Al salir, la portada te estará esperando con sus clavos. Ahora que sabes quién los apadrinó, míralos de otra manera.

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