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Palacio de los Portocarrero en Palma del Río: audioguía y qué ver

Un balcón con escudos, una puerta almohade metida dentro de un palacio, un patio donde se habló de la boda del Gran Capitán, una escalera que un día fue de cartón piedra y un jardín con más de cuatrocientas variedades de cítricos. Esta audioguía recorre el Palacio de los Portocarrero de Palma del Río, un edificio que estuvo abandonado y hoy vuelve a estar habitado.

Hazlo antes de entrar: dentro puede no haber cobertura.
Palacio de los Portocarrero en Palma del Río: audioguía y qué ver

Fachada y Puerta del Sol del Palacio de los Portocarrero

El balcón y la puerta

Colócate en la plaza, frente a la fachada, con el balcón plateresco a la vista y la Puerta del Sol a su lado.

Desde este balcón se veía la plaza del Cabildo. Hoy aquel nombre ya es cosa del pasado, pero el balcón sigue en su sitio. Fíjate en la barandilla de hierro, en las columnas de capitel corintio y, arriba del todo, en los escudos de la nobleza. Alguien quiso que quien levantara la vista supiera de quién era la casa.

Ahora baja los ojos hasta la puerta. Es la Puerta del Sol, y es bastante más vieja que el palacio. Su origen es almohade, de cuando la ciudad tenía muralla y una puerta servía para entrar y salir de verdad.

En el siglo dieciséis nadie la derribó. Los Portocarrero la integraron en su palacio, y la puerta siguió haciendo lo que siempre había hecho: dejar pasar. Mira cómo se relacionan el balcón noble y el antiguo paso amurallado, uno encima del otro, como un abuelo y su nieto en la misma foto.

Esa palabra, foto, tiene su gracia. En mil novecientos ochenta y cinco se decidió restaurar el edificio. Para documentar en qué estado se encontraba, el investigador Álvaro Vega consultó fotografías de la familia propietaria. Álbumes de casa convertidos en documento de trabajo.

Cruza la puerta y sigue. Detrás hay un patio, y un conde que no quería seguir viviendo en un alcázar.

Para profundizar

Todo pueblo con historia tiene un fundador de levita y espada, y Palma del Río no iba a ser menos. Cuenta la tradición que la ciudad la fundó un romano llamado Aulio Cornelio Palma. Me gustaría creerlo, porque el nombre suena de maravilla.

El propio Álvaro Vega, el investigador que antes consultó las fotos familiares, avisa de que eso pertenece a la leyenda local y no a un hecho probado. Así que lo dejamos donde corresponde: en la categoría de las historias que se cuentan con cariño.

Antes de entrar, haz una prueba sencilla. Colócate de lado, de modo que veas a la vez el balcón y el arco de la puerta. Una pieza de hierro y piedra labrada pensada para mirar a la plaza, y un paso de muralla que nunca dejó de ser paso. Dos épocas que, en lugar de pelearse, aprendieron a compartir fachada.

Patio mudéjar del Palacio de los Portocarrero

El patio del conde

Entra al patio y colócate en el centro, de modo que veas las galerías con arcos a tu alrededor.

¿Quién deja un alcázar para irse a una casa más cómoda? Luis Portocarrero, según cuentan. Vivía en el antiguo alcázar militar, y quiso para su esposa, Francisca Manrique de Lara, una residencia mejor. Hay que reconocerlo: cuando un hombre mueve un castillo por la comodidad de su mujer, algo hizo bien.

En mil quinientos siete Luis recibió el título de conde. Él y Francisca levantaron este palacio.

Levanta la vista. Verás galerías con arcos de medio punto y columnas de mármol. Los patios de este palacio se describen como mudéjares con influencia renacentista, que es una manera educada de decir que aquí se mezclan dos mundos y nadie levanta la voz.

Luis, además, tenía amigos de nombre grande. El catorce de febrero de mil cuatrocientos ochenta y nueve ofreció su casa para las capitulaciones matrimoniales de su cuñada, María Manrique, con su amigo Gonzalo Fernández de Córdoba, al que la historia conoce como el Gran Capitán. Es decir, el contrato de una boda con apellido ilustre se trató bajo el techo de Luis.

Y doce años más tarde, en diciembre de mil quinientos uno, los Reyes Católicos visitaron Palma. Se cuenta que honraron entonces a Luis Portocarrero.

Quédate con esa imagen: un noble, un patio y gente importante cruzando el umbral. Ahora sube. La escalera que te espera tuvo, un día, una barandilla falsa.

Para profundizar

Este patio ha estado a punto de no contarse. Cuando Enrique Moreno de la Cova y Cristina Ybarra asumieron la restauración en mil novecientos ochenta y ocho, el palacio estaba descrito como abandonado y derruido.

Cristina cuenta que, al picar un muro del patio principal, aparecieron columnas y pinturas medievales que ella describe como eróticas. Las paredes guardaban secretos.

La historia escrita tampoco lo puso fácil. Álvaro Vega explicó que casi todo el archivo del inmueble había desaparecido, así que estudiarlo por completo era imposible. Vega agradeció, eso sí, que Cristina le aclarase datos que al principio tenía imprecisos o inconexos. La restauración fue también una conversación entre investigador y propietaria.

Y una última idea, que algunos estudiosos plantean como interpretación. Patrocinar edificios y conventos formaba parte del poder señorial, y las fundaciones religiosas de Palma se vinculan con el linaje Portocarrero. Quizá este patio, además de casa, era también un mensaje.

Escalera principal del Palacio de los Portocarrero

La escalera de cartón piedra

La escalera de cartón piedra · Palacio de los Portocarrero

Colócate al pie de la escalera principal, en el interior del palacio, mirando hacia arriba.

Una vez, esta escalera tuvo una balaustrada de cartón piedra. No es una broma. Para una película, la producción la disfrazó: levantó una barandilla que parecía antigua, añadió alfombras y pintó decoración por todas partes. Lo que el público vio en pantalla como un palacio de ensueño era, en parte, escenografía.

Tiene su gracia que un edificio de verdad necesitara parecer más edificio.

Mírala ahora con calma. De su forma original y de quién la trazó no sabemos nada seguro, y eso la vuelve más interesante. Lo que sí se sabe es el contexto. El palacio se construyó a comienzos del siglo dieciséis, impulsado por Luis Portocarrero y Francisca Manrique. Por estos peldaños subió gente de otra época, con otra ropa y otras prisas.

Los añadidos del rodaje eran temporales. Aun así, quédate un momento y piensa en la capa de cartón que alguien pintó con paciencia para que pareciera piedra antigua. Un truco de cine encima de una escalera con siglos.

A veces la historia de un lugar no está en lo que quedó, sino en lo que pasó por encima y se fue.

Sube, que en los salones hubo caballos.

Para profundizar

La película no llegó sin esfuerzo. La producción preparó el lugar durante un mes y trasladó un campamento de más de cuatrocientas personas. Piensa en cuatrocientas personas haciendo cola para el desayuno dentro y alrededor de un palacio. El rodaje, después de tanta preparación, duró una semana.

Entre quienes acudieron durante aquellos días estuvieron la infanta Elena, el duque de Lugo y el duque de Huéscar. El palacio recibía de nuevo a la nobleza, esta vez como público de un rodaje.

Mientras subes, ten en cuenta que el relato del rodaje identifica esta escalera como uno de los espacios que se transformaron con elementos escenográficos. Lo que ves hoy no tiene por qué coincidir con aquello. Tú decides dónde miras: a la piedra o a los años que lleva allí.

Salones del Palacio de los Portocarrero

Salones, caballos y una cama de regalo

Salones, caballos y una cama de regalo · Palacio de los Portocarrero

Colócate en el primer salón de la visita, mirando al centro de la sala.

Durante un rodaje, uno de estos salones fue una cuadra. El salón de la batalla, que también llaman salón verde, se convirtió en cuadras para los caballos. Si un conde del siglo dieciséis levantara la cabeza, no sé qué le sorprendería más, si los caballos o las cámaras.

En otro salón, el rojo, colocaron una cama con dosel para la película. Según la crónica de la propietaria, Ridley Scott la dejó como regalo. Un director de cine que se va y deja una cama de dosel: de las despedidas más elegantes que conozco.

Y aquí viene el giro. La escena de la muerte interpretada por Liam Neeson se rodó en lo que hoy es el estudio de pintura de Cristina Ybarra. Donde un actor fingió morir, ahora se trabaja con pinceles. Es una de esas vueltas que da la vida.

Hay algo todavía más sorprendente. Los propietarios renunciaron a un proyecto inmobiliario ya aprobado para restaurar el palacio. Tenían un negocio sobre la mesa y eligieron escombros, andamios y años de trabajo. Hay decisiones que no salen en ningún balance y que cambian un edificio entero.

Respira en esta sala. Todo lo que ves, de una forma u otra, viene de esa decisión.

Y ahora sal hacia la parte de atrás. Allí, entre naranjos, empezó otro tipo de restauración.

Para profundizar

En este palacio nació en mil seiscientos treinta y cinco Luis Manuel Fernández Portocarrero, futuro cardenal. Un niño que crecería con la historia pegada a los zapatos.

La propietaria describe algunos de los salones conservados como espacios del siglo quince y habla del comedor asociado a la boda del Gran Capitán. Es un testimonio, no una prueba, pero se agradece que la casa tenga memoria.

También cuenta cómo empezó todo: la restauración familiar arrancó con trabajos de desescombro en mil novecientos ochenta y nueve. Antes de los muebles y las cortinas, hubo carretillas.

Y un detalle que me gusta más que cualquier título. Cristina Ybarra cuenta que la familia sigue reuniéndose en los salones durante el invierno. El palacio continúa siendo una casa habitada. Ningún museo puede presumir de eso.

Jardín y huerto de cítricos del Palacio de los Portocarrero

El jardín de las cuatrocientas naranjas

Sal a la parte posterior del palacio y colócate en el jardín, entre los cítricos y las fuentes.

Más de cuatrocientas variedades de cítricos. Esa es la cifra que da Cristina Ybarra para el Museo Vivo de la Naranja que crece aquí. Respira hondo, porque este jardín está pensado para olerlo, oírlo y probarlo.

Y ahora, el giro. El jardín hispano-mudéjar que tienes delante es una creación de la propia Cristina Ybarra. No es un jardín de hace cinco siglos que alguien encontrara intacto. Lo diseñó como prolongación de la casa y procuró conservar los naranjos centenarios y el riego almohade que ya existían. Tradición heredada y mano actual, trabajando juntas.

El terreno, además, llevaba mucho tiempo siendo huerto. Un informe arqueológico describe que el solar excavado, dentro del huerto del palacio, se usó como huerto hasta época reciente. Y el catálogo urbanístico municipal reconoce este huerto-jardín posterior como uno de los elementos de interés del palacio.

Hay una escena detrás de todo esto. Poco después de casarse, Enrique Moreno de la Cova le dijo a Cristina que no se perdonaría dejar el palacio sin restaurar. Tal como lo cuentan, no lo dijo con grandes palabras. Lo dijo como quien ya sabe lo que va a pasar con su vida.

Cierra los ojos un momento. Fuentes, hojas, el olor del cítrico. Casi todo lo que tienes alrededor empezó con esa frase.

Para profundizar

Cristina Ybarra recuerda que recuperar el palacio exigió trabajo físico: retirar escombros, apuntalar y levantar cubiertas, porque algunas zonas antiguas amenazaban con desplomarse. No fue una restauración de guantes blancos.

También quiso que el paseo por el jardín apelara a los sentidos y que sirviera para contar la historia de personajes ligados al palacio. Por eso conviene caminar despacio, sin prisa.

Y queda la leyenda. En la entrevista, Ybarra atribuye a la visita de los Reyes Católicos en mil quinientos uno el envío de ciento cuarenta naranjos dulces desde Palma del Río a la Alhambra. Es un testimonio, sin otra fuente que lo respalde, y como tal lo dejamos. Me gustaría creerlo, porque la imagen es preciosa.

Para terminar, algo más cotidiano. Ybarra dice que encuentra calma trabajando en los jardines con las tijeras de podar. Después de tantos siglos de historia, el mejor remate de este palacio es una persona podando un naranjo.

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Preguntas frecuentes

¿Qué ver en Palma del Río

Uno de los imprescindibles es el Palacio de los Portocarrero, con su balcón plateresco, la Puerta del Sol de origen almohade, el patio con arcos de medio punto, los salones y un huerto-jardín de cítricos que el catálogo urbanístico municipal destaca como elemento de interés.

¿Cómo llegar al Palacio de los Portocarrero

El palacio está en Palma del Río. Para encontrar el acceso exacto y la mejor forma de llegar, consulta la web de turismo de la ciudad o pregunta en su oficina de turismo, que podrá orientarte desde donde te encuentres.

¿Cuál es el horario de visita del Palacio de los Portocarrero

Los horarios y las tarifas pueden cambiar según la temporada y el tipo de visita, y es una casa habitada. Lo más seguro es confirmarlos en la web oficial de turismo de Palma del Río o en la oficina de turismo antes de ir.

¿Cuánto se tarda en visitar el Palacio de los Portocarrero

La duración depende del formato de visita y del ritmo de cada persona. Esta audioguía tiene cinco paradas, desde la fachada hasta el jardín, y está pensada para escucharse sin prisa. Consulta en la oficina de turismo la duración de las visitas organizadas.

¿Cuál es la historia del Palacio de los Portocarrero

El Ayuntamiento sitúa su construcción a comienzos del siglo XVI, impulsada por Luis Portocarrero, que recibió el título de conde en 1507, y su esposa Francisca Manrique. En 1988, Enrique Moreno de la Cova y Cristina Ybarra asumieron su restauración.

¿Qué relación tiene el palacio con el Gran Capitán

Según el Ateneo local, Luis Portocarrero ofreció su casa el 14 de febrero de 1489 para las capitulaciones matrimoniales de su cuñada María Manrique con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. La propietaria también asocia con esa boda uno de los comedores.

¿Se rodó una película en el Palacio de los Portocarrero

Sí. Según una crónica local, la producción preparó el palacio durante un mes, trasladó un campamento de más de 400 personas y rodó durante una semana. La escalera se disfrazó con una balaustrada de cartón piedra, alfombras y pintura decorativa.

¿Qué hay en el jardín del Palacio de los Portocarrero

Hay un huerto-jardín en la parte posterior, con naranjos centenarios y riego almohade conservados. Su propietaria, Cristina Ybarra, diseñó el jardín hispano-mudéjar y cifra en más de 400 las variedades de cítricos del Museo Vivo de la Naranja.

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