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Castillo del Algar (Carcabuey): audioguía y qué ver

A unos 740 metros de altitud, sobre la aldea de Algar, en Carcabuey, sobreviven una torre partida, un lienzo de muralla y un aljibe escondido. Esta audioguía te cuenta quién se peleó por ellos, con qué papeles y a quién llamaron a declarar. Tres paradas, mucha piedra y bastante más burocracia medieval de la que esperabas.

Hazlo antes de entrar: dentro puede no haber cobertura.
Castillo del Algar (Carcabuey): audioguía y qué ver

Torre del homenaje del Castillo del Algar

La torre que cambió de material

Colócate frente a la torre rectangular conservada, a una distancia prudente, de modo que veas la base y la parte alta a la vez.

Cuatro metros y medio de piedra bien encajada, y encima otros cuatro de una obra distinta. Eso es lo que tienes delante, y se nota que alguien cambió de plan a mitad de camino.

Empieza por abajo. Son grandes sillares, trabados con argamasa. Sube la vista y el material cambia, como si la torre llevara dos abrigos de épocas diferentes. Es rectangular, tenía dos plantas y hoy está abierta y derrumbada en parte. Fíjate en la abertura del frente: el perfil incompleto parece un libro al que le faltan páginas.

Ahora, las personas. En mil doscientos cincuenta y tres, la Orden de Calatrava entregó a un tal Arias Pérez el castillo de Algarín. Ojo, que aquí hay un matiz: se piensa que aquel Algarín pudo ser este Algar, pero no está probado. Lo que sí dice el relato del documento es que lo recibía mientras viviera.

Piénsalo un momento. Un castillo de frontera, para ti solo, de por vida. Y sin saber cuánto iba a durar la vida. Hay que reconocerlo, un regalo con letra pequeña.

Y aquí viene lo bueno. Quienes han estudiado la torre admiten que fechar con precisión la obra de abajo es muy difícil, precisamente por esa argamasa que lo une todo. La piedra guarda su secreto con una eficacia admirable.

Por cierto, observa la torre desde fuera, sin subirte a los restos. Y ahora sigue la muralla, porque lo que ocurrió con este castillo se discutía sobre todo en papeles.

Para profundizar

La concesión a Arias Pérez no fue un gesto aislado. Detrás había un plan de repoblación, y esa orden no era algo abstracto: el lugar debía poblarse según el fuero de Priego. Es decir, había reglas concretas para los vecinos que llegaran.

Tampoco era un asunto solo de espadas. Calatrava se reservó los diezmos al otorgar la repoblación, así que la defensa del enclave convivía con los intereses económicos de la orden. Un castillo vigilaba la frontera y, de paso, ayudaba a cobrar.

Y tres años después del documento de Arias Pérez, en mil doscientos cincuenta y seis, el maestre Pedro Iváñez y el obispado de Jaén pactaron sobre la retención del castillo. Eso nos dice que Algar no era solo una posición militar. También había disputas de jurisdicción, es decir, discusiones sobre quién mandaba y quién tenía derecho a qué.

Quizá por eso esta torre, tan modesta ahora, merece que la mires un rato más. Ha sido escenario de muchas más conversaciones que batallas.

Muralla y posible puerta del Castillo del Algar

El muro que midió una frontera

Muralla y posible vano de entrada del Castillo del Algar en Carcabuey

Sitúate junto al lienzo de muralla conservado, de forma que tengas el muro delante y la torre a un lado.

¿Cómo se averigua dónde estaba una frontera cuando ya nadie la ve? Pues preguntando a quien la recuerda.

Recorre con la vista este muro. Tiene unos treinta y nueve metros de largo, algo más que tres autobuses y medio en fila. Y su grosor ronda el metro veinte, lo bastante para frenar a alguien con malas intenciones. Fíjate en la mampostería y en esa anchura: ayudan a imaginar la escala defensiva de lo que sobrevive.

Busca ahora un tramo de nueve metros con un hueco en el centro. Ese vano pudo ser la puerta. Digo pudo: es una propuesta, no una certeza.

Y ahora, la historia. En mil doscientos sesenta y dos, Alfonso décimo ordenó deslindar los términos de Priego, Carcabuey, Algar y Tiñosa. Había que poner límites claros, y nadie se acordaba de dónde estaban.

Entonces ocurrió algo que me parece fascinante. Para resolver el litigio se escuchó a habitantes musulmanes que recordaban los límites anteriores a la conquista cristiana. Declararon sobre cómo eran las lindes en tiempos de los moros. Es decir, que la frontera cristiana se reconstruyó con la memoria de quienes habían vivido antes en esas tierras.

Piénsalo. Este muro, tan sólido, convivía con un límite que dependía de lo que un vecino recordara de su infancia.

Y la siguiente pregunta es inevitable. Si la frontera se medía con recuerdos, ¿desde dónde se veía todo? Sube hasta el recinto alto.

Para profundizar

El deslinde de mil doscientos sesenta y dos no fue un trámite tranquilo. La disputa sobre Tiñosa enfrentó a la Orden de Calatrava con el cabildo de la catedral de Córdoba. Dos poderosos de la época discutiendo por un mismo territorio, con un rey en medio ordenando que se pusiera orden.

Eso nos ayuda a entender qué era Algar: una pieza en un tablero de intereses que se cruzaban. Y la muralla que ves habla el mismo idioma. Los historiadores hablan de una fortificación de frontera, con fases constructivas cuya cronología no es del todo segura. Es decir, que lo que ves pudo levantarse, repararse y retocarse en momentos distintos, y todavía se discute cuándo.

Quizá por eso conviene mirar el lienzo con calma. No tiene una única fecha ni un único autor. Es la suma de varias manos que quisieron proteger un lugar que otros también querían. Y esas manos, como los testigos del deslinde, nunca firmaron.

Aljibe y mirador sobre la aldea de Algar

Un aljibe, unos riscos y un cronista

Vista desde el Castillo del Algar en Carcabuey hacia la aldea de Algar y los riscos

Sube al entorno alto del castillo, a una zona estable, y mira hacia la aldea de Algar y los relieves que la rodean.

Un castillo sin agua no dura ni un asedio, y este tenía su reserva escondida bajo tus pies. En el interior del recinto hay una depresión cubierta: es el aljibe, soterrado. Mírala desde una posición estable, sin acercarte a huecos ni bordes, porque una cosa es verlo y otra pisarlo.

Ahora levanta la vista. Estás a unos setecientos cuarenta metros de altitud, al sur de la aldea de Algar. Abajo se ven las casas, y alrededor el relieve de la Horconera. Las rocas cierran el enclave por el norte y por el este. Lo cuentan con claridad quienes lo han subido: el ascenso es escarpado y con riesgo. La naturaleza hizo medio trabajo de defensa antes de que nadie pusiera una piedra.

Y aquí entra el giro. Alguien propuso, Sarthou, que esta fortificación tuvo origen romano. Es una idea que se ha repetido. Pero en el emplazamiento no se aprecian restos cerámicos romanos. Así que la idea queda ahí, como una hipótesis sin cacharros que la sostengan.

También hay quien piensa que pudo ser un castella-montana. Pero se presenta como posibilidad, no como conclusión arqueológica. Esta colina guarda sus orígenes con celo.

Lo que sí sabemos es que el castillo llamó la atención de quien pasó por aquí. Manuel de la Corte publicó una nota sobre él en el Semanario Pintoresco Español el dieciséis de octubre de mil ochocientos cuarenta y dos. Alguien miró estas piedras y pensó que merecían un artículo.

Quédate un momento con el paisaje. Hay lugares que se explican solos desde arriba.

Para profundizar

Si algo llama la atención de este castillo es lo que todavía nadie sabe. No se ha localizado una memoria de excavación o restauración específica que documente intervenciones arqueológicas en sus restos. Es decir, buena parte de lo que se dice de él se apoya en lo que se ve, en los documentos y en las lecturas de quienes lo han estudiado.

Y la relación exacta entre el castillo de Algarín que aparece en los documentos de mil doscientos cincuenta y tres y el Algar de hoy sigue siendo una hipótesis. No una identificación segura.

Tampoco nos hace falta inventar leyendas para que el lugar interese. Aquí hay un aljibe escondido, una frontera que se midió con memoria, un caballero con un castillo de por vida y un cronista que escribió una nota. Y hay un paisaje que los vecinos de Algar ven cada día y que desde aquí parece distinto.

Baja con cuidado, porque el descenso pide tanta atención como la subida. Y si te preguntan qué viste, dile que una torre de dos épocas, un muro con memoria y un aljibe que prefiere que no lo pises.

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Preguntas frecuentes

¿Qué ver en el Castillo del Algar (Carcabuey

Una torre rectangular de dos plantas, parcialmente derrumbada, con la base de sillares y una obra superior distinta. También un lienzo de muralla de unos 39 metros con un posible vano de entrada, un aljibe soterrado y vistas a la aldea de Algar.

¿Cuál es la historia del Castillo del Algar

Fue una fortificación de frontera ligada a la Orden de Calatrava. En 1253 se entregó a Arias Pérez un castillo de Algarín, posiblemente este. En 1256 hubo un pacto con el obispado de Jaén y en 1262 Alfonso X ordenó deslindar términos vecinos.

¿Cómo llegar al Castillo del Algar

El castillo se encuentra a unos 740 metros de altitud, al sur de la aldea de Algar, en el término de Carcabuey. El ascenso final es escarpado y con riesgo, así que conviene llevar calzado firme y no acercarse a bordes ni huecos.

¿Cuál es el horario de visita del Castillo del Algar

No hay un horario confirmado en la documentación consultada. Lo más sensato es preguntar en la oficina de turismo de Carcabuey o en la web oficial del ayuntamiento antes de ir, sobre todo por el acceso escarpado del ascenso.

¿Cuánto se tarda en visitar el Castillo del Algar

No hay un tiempo oficial indicado. La audioguía recorre tres paradas: la torre, la muralla y el aljibe con el mirador. Conviene reservar margen extra para el ascenso escarpado, que exige ir despacio, y para disfrutar del paisaje.

¿Tuvo el Castillo del Algar origen romano

Sarthou propuso un origen romano, pero en el emplazamiento no se aprecian restos cerámicos romanos. Otra lectura plantea que pudo ser un castella-montana, aunque se presenta como posibilidad y no como conclusión arqueológica definitiva.

¿Se puede subir a la torre o acercarse al aljibe

No. La torre está parcialmente abierta y derrumbada, por lo que se observa desde el exterior sin subir por los restos. El aljibe está cubierto y soterrado: se mira desde una posición estable, sin acercarse a huecos ni bordes.

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