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Torreparedones: la ciudad sin nombre sobre la campiña

En lo alto de un cerro entre Baena y Castro del Río hay una ciudad de la que aún no sabemos con seguridad ni el nombre. Hay una puerta romana pensada para que nadie tropezara con una mula y una diosa sin rostro a la que el sol iluminaba en los solsticios. Hay un vecino que firmó el suelo del foro con letras de bronce, una tumba familiar que un arado sacó a la luz y un castillo que un hijo tuvo que vender para rescatar a su padre. Son más de cuatro mil años de historia, contados paso a paso.

Hazlo antes de entrar: dentro puede no haber cobertura.
Torreparedones: la ciudad sin nombre sobre la campiña

Una ciudad sin nombre: llegada y panorámica de la campiña

Una ciudad sin nombre

Junto al centro de recepción, de cara a la campiña abierta. Gira despacio sobre ti mismo para ver todo el horizonte.

¿Cómo se llamaba esta ciudad? Parece una pregunta fácil, y no lo es. Durante mucho tiempo se dio por hecho que aquí estuvo Ituci. Luego apareció una tubería de plomo con una inscripción, y esa inscripción abrió otra posibilidad: que la ciudad se llamara Bora. Los estudios que hemos consultado siguen tratando el nombre como una cuestión sin cerrar. Vas a pasear por las calles de un lugar del que todavía no sabemos el nombre seguro, y eso, hay que reconocerlo, tiene su gracia.

Lo que sí sabemos es por qué alguien quiso vivir aquí. Estás a casi quinientos ochenta metros de altura, y a tus pies se extienden las campiñas de Córdoba y de Jaén. Hay huellas de ocupación desde la Edad del Cobre, en el tercer milenio antes de Cristo, hasta la Baja Edad Media. Son más de cuatro mil años de gente subiendo esta misma cuesta.

En dos mil siete, la Junta de Andalucía lo declaró Bien de Interés Cultural, en la categoría de Zona Arqueológica, por un decreto del dieciséis de octubre. Pero el empujón decisivo vino de más cerca. En dos mil cinco, el Ayuntamiento de Baena compró estos terrenos y empezó a pagar las campañas de excavación. Gracias a ellas, el parque abrió al público el diecisiete de enero de dos mil once, y las excavaciones siguieron después en el foro, la necrópolis y el castillo. Un pueblo que decide comprarse una ciudad antigua para poder enseñarla. No pasa todos los días.

Y la historia más famosa de este cerro no empezó con arqueólogos, sino con faenas del campo. En mil ochocientos treinta y tres, unas labores agrícolas dejaron al descubierto un sepulcro que la tradición bautizó como Mausoleo de los Pompeyos. Llegaremos a él más adelante.

Ahora toca entrar. Y en Torreparedones se entra como siempre se entró: por una puerta muy vigilada.

La puerta oriental de las dos torres

La puerta de las dos torres

Puerta oriental de Torreparedones con rampa central y aceras elevadas

En el paso de la puerta oriental, sobre el pavimento del acceso excavado, mirando hacia el interior del recinto.

Bajo tus pies hay una rampa de hace más de dos mil años, y alguien la pensó para que no tropezaras con una mula. Fíjate en el suelo del acceso. En el centro está la rampa, bastante pronunciada. A los lados hay unas franjas elevadas: eran aceras para quienes entraban a pie. Por el medio pasaban los animales y las cargas. Cada uno por su carril, como en una avenida moderna, pero con más polvo.

Esa solución tan cotidiana también complicaba la vida a cualquier atacante. Una rampa empinada, encajonada entre dos grandes torres, es mal sitio para un asalto directo.

Busca ahora los grandes sillares y el trazado de las dos torres que flanquean el paso. Según los estudios publicados sobre esta puerta, es el único acceso monumental de la muralla excavado y documentado hasta ahora. Se ha hablado de una puerta norte, pero nadie ha podido confirmarla.

La sacaron a la luz Barry Cunliffe y María Cruz Fernández, que dirigieron las primeras excavaciones científicas entre mil novecientos ochenta y siete y mil novecientos noventa y dos. En mil novecientos noventa, una simple limpieza superficial dejó ver un hueco entre dos torres. Una segunda excavación sacó la torre sur y su unión con la muralla. En dos mil seis, José Antonio Morena retomó el trabajo, y su equipo amplió la zona hasta entender el sistema de acceso completo, no solo una torre suelta.

El giro llegó al revisar los materiales. Esta puerta no es medieval, aunque lo parezca, ni de los íberos que levantaron la muralla. Es de época republicana romana. Los romanos reformaron la muralla anterior para encajar en ella su nueva entrada.

Y ahora, lo que es original y lo que no. Los sillares, el arranque de las torres, la rampa y las aceras son restos arqueológicos excavados. Lo que no vas a ver es una puerta reconstruida en altura. Este sector se restauró y acondicionó antes de la apertura de dos mil once, así que lo que tienes delante combina piedra antigua y puesta en valor moderna. Las fuentes no detallan qué piedra concreta es añadido.

Cruza el umbral. La muralla que acabas de atravesar es mucho más vieja que su puerta.

La muralla ibérica, un cinturón de piedra

El cinturón de piedra

Muralla ibérica de Torreparedones recorriendo el borde del recinto

Junto al tramo de muralla conservado cerca de la puerta, siguiendo su trazado con la vista hacia el borde del recinto.

Hacia el año seiscientos antes de Cristo, alguien decidió que este cerro necesitaba un cinturón de piedra. La muralla ibérica rodeó unas diez hectáreas y media, el equivalente a unos quince campos de fútbol, uno junto a otro. Tenía torres, con un detalle curioso: se proyectaban hacia el interior del recinto.

Sigue el trazado con la vista. No es una línea uniforme. Hay tramos hechos con acumulaciones de piedra y otros de sillería bien cortada, y no todos conservan la misma altura. El recorrido sugiere que la muralla se reforzaba más donde el flanco quedaba más expuesto. Además, se fue adaptando: en el sector noroeste se añadieron dos torres en los siglos cuarto y tercero antes de Cristo, mucho después de la obra inicial.

¿Cuánto se ha excavado de todo esto? En enero de dos mil veintiuno, el Ayuntamiento calculaba que alrededor del diez por ciento del recinto amurallado. La cifra ha podido crecer desde entonces, pero la idea se mantiene: lo que vas a recorrer es una ventana pequeña sobre una ciudad mucho mayor que duerme bajo el campo.

El cerro, además, ha tenido más de un nombre. Se le conoce también como Torre de las Vírgenes, y queda justo en el límite entre Baena y Castro del Río. Ese nombre recuerda a Alodia y Nunilo, dos mártires a las que, siglos después de la ciudad antigua, se dedicó aquí una ermita. El edificio, del siglo dieciséis, se levantó sobre unas termas romanas.

Un cronista local, Paco Muñoz, lanzó con mucha cautela otra idea: que el viejo topónimo Padrones quizá aludiera a una piedra sagrada con forma de columna que se veneraba en la ciudad. Él mismo lo presenta como una conjetura. Separemos bien las cosas. Que esa piedra sagrada existió está documentado por la arqueología. Que explique el nombre de Padrones no lo ha demostrado nadie.

La piedra, eso sí, estaba fuera de la muralla. Vamos hacia el sur, a buscar a una diosa que no tenía cara.

El santuario de la diosa sin rostro

Una diosa sin rostro

Santuario ibero-romano de Torreparedones con la columna sagrada recreada

Frente a la entrada del santuario, extramuros, en el sector sur de la ciudad. Después avanza hasta el patio, desde donde se ve la cella.

Quienes subían hasta aquí a rezar no buscaban una cara. La imagen de la divinidad no era una estatua con forma humana. Era un betilo: una piedra trabajada como una columna estrecha, rematada por un capitel de hojas. Para los fieles, la diosa estaba presente en esa piedra. Se la asocia con Dea Caelestis, y también con Juno Lucina y con Salus, divinidades ligadas a la protección y a la salud.

Mira ahora la orientación del edificio. En el solsticio de invierno, el sol alcanzaba el capitel del betilo. En verano, su basa. Una piedra que, dos veces al año, se encendía. Busca la basa frente a la entrada y los bancos del patio, y calcula por dónde entraría esa luz.

El santuario funcionó durante siglos, desde el siglo tercero antes de Cristo, o el segundo según algunos estudios, hasta el siglo segundo después. No se quedó congelado en una sola época. El arqueólogo José Antonio Morena López dirigió las campañas de dos mil seis y dos mil siete, y su análisis permitió distinguir dos templos sucesivos. Primero hubo un templo de época republicana. Después se levantó otro bajo el emperador Claudio, y en su cella, la estancia situada más al norte, se guardaba el betilo.

Aquí está el matiz que cambia lo que tienes delante. La cella y los elementos que la acompañan se reconstruyeron para la visita. El betilo que ves también es una recreación, no la piedra original. Busca dónde termina lo reconstruido y dónde asoman los restos antiguos conservados. Ese límite es, en el fondo, la frontera entre lo que sabemos y lo que imaginamos.

La piedra sagrada era solo la mitad del santuario. La otra mitad la traían los fieles en sus manos.

Para profundizar

En el entorno inmediato del conjunto hay una fuente o manantial, y el agua formaba parte del paisaje sagrado. El culto no se limitaba a mirar la piedra. El estudio de las excavaciones documenta sacrificios de animales, libaciones, aromas y luces, una mezcla de prácticas religiosas ibéricas y romanas en el mismo recinto. Los investigadores examinaron también los restos animales y plantearon la posible presencia de sacerdotes. El santuario, en otras palabras, olía, ardía y se movía, aunque hoy lo veamos en silencio.

Los exvotos: las ofrendas de las madres

Las ofrendas de las madres

Exvotos de piedra del santuario de Torreparedones en el Museo de Baena

En el patio del santuario, con la cella a tu espalda y la vista hacia el sur.

En este santuario aparecieron cientos de exvotos, pequeñas figuras de piedra dejadas una tras otra durante generaciones. Muchos representan figuras humanas. Otros, partes del cuerpo, como piernas. Y la mayoría representan mujeres.

La lectura más extendida es que venían sobre todo mujeres embarazadas a pedir por la fertilidad, la gestación y el parto. Es una interpretación construida a partir de las ofrendas, no la biografía de ninguna persona concreta. Aun así, cuesta no pensar en alguien subiendo esta cuesta con una figurita en la mano y una preocupación muy grande dentro. Las piernas talladas en piedra apuntan además a un culto ligado a la salud. Lo que pedían, los exvotos lo cuentan. Si se les concedía, eso ya no lo dicen.

¿Y dónde están esas figuras? La colección de exvotos de piedra del santuario se expone en el Museo Histórico y Arqueológico de Baena. Si quieres mirar a los ojos a quienes dejaron aquí sus promesas, esa es la visita que completa esta.

La historia científica empezó de manera modesta. En mil novecientos ochenta se recogieron exvotos en este lugar, y la excavación de mil novecientos ochenta y ocho lo dio a conocer entre los investigadores. Fue el comienzo de una investigación sistemática en Baena.

Y el giro llegó por la peor puerta. En septiembre de dos mil veinte, alguien removió el terreno a escondidas, a unos quinientos metros de aquí. El equipo arqueológico acudió de urgencia para evaluar el daño y se encontró con otro posible santuario. Allí aparecieron siete exvotos con forma de caballo, y a su lado se documentaron también tumbas. Un expolio que, sin quererlo, sacó a la luz algo que nadie estaba buscando.

Deja a la diosa de piedra y vuelve hacia la ciudad. Camino del foro te espera un lugar mucho más terrenal: el mercado.

El macellum, el mercado romano, y las termas

El mercado de la calle mayor

Mercado romano de Torreparedones junto a la calle principal

En el área del macellum, siguiendo el camino que va del santuario hacia el foro. Colócate donde veas a la vez los restos del mercado y el trazado de la calle.

Antes que los dioses y los políticos, la gente necesitaba comprar la cena. Lo que tienes delante es el macellum, el mercado público de la ciudad romana. Y no es poca cosa: según la síntesis municipal del parque, es uno de los pocos mercados romanos de este tipo que se conservan en la península ibérica.

No apareció por casualidad. Salió a la luz en las campañas de dos mil nueve y dos mil diez, dentro de una investigación pensada para entender el centro monumental de la ciudad. En esa misma temporada aparecieron también un tramo del decumano máximo, la calle principal que articulaba el conjunto, unas termas pequeñas y la plaza del foro. Mercado, calle, baños y plaza en un par de campañas. Las hay peores.

Fíjate en cómo el mercado se apoya en la calle. No era un edificio aislado a las afueras, sino una pieza más del mismo centro urbano que el foro, los baños y los demás edificios públicos. Quien venía a comprar pasaba, de paso, junto al corazón político de la ciudad.

Ahora, lo que es antiguo y lo que no. Los muros que ves son restos excavados del mercado romano, conservados a poca altura. Este sector se restauró y acondicionó para abrirlo a las visitas antes de enero de dos mil once, pero esa presentación no equivale a conservar el mercado en pie: lo antiguo son las bases y los arranques de los muros.

Lo mismo pasa con las termas cercanas. En la ciudad se han documentado tres. En dos mil veinticuatro se estabilizó con piedras originales recolocadas un muro norte que estaba apuntalado, y durante esos trabajos apareció un tramo de muro que nadie sabía dónde estaba. En julio de dos mil veintiséis terminó su restauración con una cubierta protectora de unos doscientos veinte metros cuadrados. Esa cubierta es obra contemporánea, no arquitectura romana: está ahí para que los restos sigan existiendo.

Del mercado a la plaza hay unos pocos pasos. Vamos a ver quién firmó el suelo.

El foro y la inscripción de Marco Junio Marcelo

El foro y las letras de Marcelo

Inscripción en el suelo del foro romano de Torreparedones

En la plaza del foro, junto a la inscripción del pavimento. Después gira hacia los bordes excavados de la plaza.

Mira al suelo. Ahí, en el pavimento de la plaza, hay un nombre escrito en letras grandes: el de Marco Junio Marcelo, de la tribu Galeria. En época del emperador Tiberio, este vecino pagó de su bolsillo la pavimentación del foro, y su nombre quedó incrustado en la piedra con letras de bronce. Fíjate en el detalle: la inscripción no habla de un emperador, sino de un particular que financió una obra pública. Así se ganaba prestigio una élite local. Y así se gana, dos mil años después, un sitio en una audioguía.

La obra no fue barata. Las losas llegaron desde una cantera de Sierra Morena, a unos cincuenta kilómetros. Mover piedra tan lejos era una forma de decir que esta plaza importaba.

Ahora, lo que es original y lo que no. En marzo de dos mil veintitrés terminaron unas obras de restauración: se repusieron losas donde faltaban y se colocaron letras metálicas en los rebajes vacíos de la inscripción. Esas letras rellenan pérdidas y no son bronce romano recuperado. Busca la diferencia entre las huellas antiguas y las reposiciones modernas. Toda la plaza, de hecho, pasó por restauraciones que el Ayuntamiento dio por concluidas en dos mil quince.

Levanta ahora la vista hacia los bordes. El foro, excavado por completo entre dos mil nueve y dos mil trece, era el centro político, religioso y administrativo de la ciudad. En dos mil diez y dos mil doce se excavaron los edificios que lo rodeaban: la basílica, la curia, donde se reunía el gobierno local, una pequeña edícula dedicada a Concordia y un pórtico norte de carácter sagrado. Se conservan con distintos grados de arrasamiento, así que el plano no está completo.

De esta plaza salieron también las piezas más espectaculares de Torreparedones: esculturas sentadas de Augusto, de Livia y de un emperador que se identifica con Calígula o con Claudio. La de Augusto conserva restos de su policromía original. No están aquí: se exponen en el Museo Histórico de Baena.

Para profundizar

El foro guarda también una hipótesis de final abrupto. A finales del siglo segundo, la ciudad pudo apoyar a Clodio Albino, derrotado en la lucha por el poder imperial. Un estudio relaciona esa elección con la represión de Septimio Severo y con la pérdida de su dignidad cívica. Es una explicación académica, no un hecho probado, pero ayuda a imaginar que una plaza así también podía quedarse sin futuro.

La necrópolis y el Mausoleo de los Pompeyos

Urnas funerarias del Mausoleo de los Pompeyos expuestas en Baena

En el borde oriental del recinto, mirando hacia el exterior de la muralla, en dirección a la zona donde se extendía la necrópolis oriental.

Fuera de la muralla, hacia el este, la ciudad enterraba a sus muertos. Aquí conviene bajar un poco la voz.

La historia más conocida de Torreparedones empezó en mil ochocientos treinta y tres, de forma accidental. Unas labores agrícolas dejaron al descubierto una tumba monumental. Dentro había restos incinerados de doce personas de una misma familia. La tradición la llamó Mausoleo de los Pompeyos, y ese nombre alimentó una idea romántica: que allí descansaban parientes de Pompeyo Magno, el gran rival de Julio César. Los estudios modernos tratan esa relación como una interpretación histórica, no como un hecho probado. Lo seguro es más sencillo y más humano: una familia quiso permanecer unida también después de la muerte. En la sala cuarta del Museo Histórico y Arqueológico de Baena se muestran copias de sus urnas.

Mucho después, la arqueología volvió a esta zona con método. En dos mil once se documentaron cerca de cien tumbas romanas, y en junio de ese año ya se habían excavado unas cuarenta y recuperado sus restos óseos. Aparecieron cinco tumbas monumentales. Algunas eran cámaras subterráneas o semisubterráneas, con entre seis y diez nichos para las urnas y los ajuares.

La necrópolis se usó en dos grandes fases: los siglos primero y segundo después de Cristo, y los siglos tercero y cuarto. Se practicaron tanto la cremación como la inhumación, es decir, quemar el cuerpo o enterrarlo entero. Y la historia no terminó con Roma: el mismo espacio recibió enterramientos islámicos en el siglo once.

Piensa en ello antes de seguir. La ciudad que has recorrido tenía otra ciudad al lado, más callada, donde sus vecinos se quedaban para siempre.

Desde aquí, sube hacia el punto más alto del cerro. Allí espera el último capítulo de esta historia: un castillo de frontera.

Castro el Viejo: el castillo vendido por un rescate

Torre del homenaje del castillo medieval de Torreparedones

Ante la torre del homenaje, en el ángulo sureste del castillo, en la cota más alta del yacimiento.

Imagina a un hombre cautivo y a su hijo con una sola moneda de cambio: un castillo. Esa moneda es la que tienes delante.

Antes del castillo hubo presencia musulmana en el cerro, documentada entre los siglos diez y doce. A mediados del siglo trece llegaron los cristianos, con la conquista de la campiña por Fernando tercero, y sobre los restos de la ciudad ibero-romana se levantó esta fortaleza, conocida como Castro el Viejo. Desde aquí se vigilaba el valle del Guadajoz.

En mil doscientos sesenta y nueve, Alfonso décimo entregó el castillo al alcaide Fernán Alonso de Lastres. Era tierra de frontera, y la frontera tenía sus riesgos: los granadinos lo apresaron. Para pagar su rescate, su hijo tuvo que vender la fortaleza. Parece sacado de una crónica caballeresca, pero lo recogen los estudios sobre el castillo.

Mira ahora la torre del homenaje. Mide unos catorce metros de altura y tiene una planta de cuatro por cinco metros, con las esquinas redondeadas. Se apoya en una plataforma de sillería. La fortaleza tiene planta trapezoidal, con torres en las esquinas, y en mil novecientos ochenta y siete... perdón, en dos mil siete, igual que el yacimiento, fue declarada Bien de Interés Cultural, en su caso con la categoría de Monumento.

Ahora, lo que es medieval y lo que no. En dos mil nueve se derrumbó parte de la fortaleza. La restauración posterior, que el Ayuntamiento dio por concluida en dos mil quince, recuperó la torre del homenaje como mirador. Esa intervención moderna no debe confundirse con la fábrica medieval: busca las diferencias de piedra y de acabado.

El castillo siguió en uso mientras hizo falta como puesto de frontera. Las fuentes documentales lo mencionan por última vez en el siglo quince. Unos estudios sitúan el abandono en ese mismo siglo y otros a comienzos del dieciséis, cuando terminó la conquista del Reino de Granada.

Para profundizar

El castillo tiene una curiosidad administrativa: la línea que separa los términos de Baena y Castro del Río atraviesa su sector occidental. Y tiene también memoria gráfica antigua. En mil ochocientos treinta y cuatro, Aureliano Fernández-Guerra visitó el lugar y dibujó la torre del homenaje. Más recientemente, Ricardo Córdoba de la Llave dirigió varias campañas de excavación en la fortaleza, y las intervenciones posteriores consolidaron y restauraron los sectores visitables.

Patio de armas, aljibe y torre norte del castillo

Patio de armas, aljibe y torre norte

Patio de armas y aljibe del castillo de Torreparedones

En el patio de armas, junto a la boca del aljibe. Después mira hacia el lado norte de la fortaleza, sin salir del recorrido autorizado.

En un castillo sin agua no se resiste ni una tarde. Por eso, en el ángulo noreste de este patio, de unos ocho por diez metros, hay un aljibe. Es un depósito rectangular de casi tres metros de profundidad, cubierto por una bóveda de medio cañón. ¿Cuánta agua guardaba? Las fuentes no se ponen de acuerdo: unas calculan dieciocho mil litros y la memoria de excavación, unos trece mil. Quedémonos con la idea de que era mucha agua para mucha gente.

Antes de excavar, la boca del aljibe era lo único que asomaba. No tenía brocal y el interior estaba lleno de tierra y piedras. En dos mil siete y dos mil ocho, el equipo arqueológico lo limpió y documentó, junto con el resto del patio. Mide unos ochenta por sesenta centímetros de boca, y dentro quedaban restos de pintura roja, asociada a la conservación del agua. Fíjate también en el suelo: el patio tenía pendiente hacia un desagüe central, y una cloaca llevaba el agua sobrante fuera.

Lo que ves aquí son restos excavados, no una reconstrucción completa del patio. Sus muretes se consolidaron y hubo restauraciones, aunque las fuentes no identifican cada añadido ni su fecha exacta.

Mira ahora hacia el norte. La torre norte, de más de seis metros, se desplomaba hacia la ladera y está apuntalada provisionalmente. En agosto de dos mil veinticinco, el Ayuntamiento anunció una intervención arqueológica y de estabilización, de más de setenta y siete mil euros. En junio de dos mil veintiséis, la Comisión de Patrimonio la informó favorablemente, con una condición: que los añadidos modernos se distingan de la fábrica histórica. En julio de ese año, la restauración del muro norte seguía pendiente. Así que no confundas los puntales con piedra medieval.

Antes de bajar, mira la campiña. Desde este mismo punto, durante más de cuatro mil años, alguien vigiló, rezó, compró, gobernó o simplemente miró. Ahora te toca a ti.

Para profundizar

La entrada principal del castillo estaba en el lienzo oriental. La excavación halló un pasillo enlosado y restos de dos torres cuadradas que flanqueaban la puerta. Ese pasillo pudo estrecharse después de que desaparecieran las torres. Y una propuesta reciente añade un posible vecino ilustre: una investigación de dos mil veinticinco sitúa el teatro romano intramuros, cerca del castillo, a partir de prospecciones no invasivas. Es una hipótesis pendiente de excavación. No hay teatro que ver, solo una pregunta abierta.

Prepara tu visita


Preguntas frecuentes

¿Cómo se llamaba la ciudad romana de Torreparedones

No se sabe con seguridad. Tradicionalmente se identificó con Ituci, pero una inscripción en una tubería de plomo abrió la posibilidad de que fuese Bora. Los estudios consultados lo tratan como una cuestión abierta.

¿Cuántos años de historia tiene Torreparedones

Más de cuatro mil. Hay ocupación desde la Edad del Cobre, en el III milenio a. C., hasta la Baja Edad Media, cuando se abandonó el castillo.

¿Dónde se pueden ver los originales hallados en Torreparedones

En el Museo Histórico y Arqueológico de Baena, que expone exvotos de piedra del santuario y las esculturas sedentes de Augusto, Livia y Calígula o Claudio. En su sala IV se muestran copias de las urnas del Mausoleo de los Pompeyos.

¿El santuario que se ve es original

En parte. La cella y sus elementos se reconstruyeron para la visita, y el betilo que se ve es una recreación. Los restos antiguos conservados se distinguen de lo reconstruido.

¿Las letras de bronce del foro son romanas

No todas. La inscripción recuerda a Marco Junio Marcelo, que pagó el pavimento en época de Tiberio. En la restauración terminada en marzo de 2023 se colocaron letras metálicas en los rebajes vacíos; son reposiciones modernas, no bronce romano.

¿El Mausoleo de los Pompeyos era de la familia de Pompeyo Magno

No está probado. Es una tumba monumental hallada en 1833 con restos incinerados de doce personas de una misma familia; su relación con Pompeyo Magno es una interpretación romántica, no un hecho demostrado.

¿Cuánto se ha excavado del yacimiento

En enero de 2021, el Ayuntamiento estimaba que alrededor del 10 % de las 10,5 hectáreas del recinto amurallado. La cifra corresponde a esa fecha.

¿Está abierto el Parque Arqueológico de Torreparedones

Conviene comprobarlo antes de ir. A 6 de octubre de 2026, la web turística municipal informaba de que permanecía cerrado por el estado del camino de acceso y las inclemencias del tiempo.

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