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Casa de las Cadenas y Museo Histórico Municipal de Villa del Río: audioguía

Un infante que salió de caza, una vecina que salvó un edificio de la piqueta y un privilegio que, según la tradición, convertía una casa en refugio. Esta audioguía te lleva por la Casa de las Cadenas, en Villa del Río, desde la portada hasta las salas del museo. Cinco paradas para entender por qué este edificio tiene nombre de prisión y alma de refugio.

Hazlo antes de entrar: dentro puede no haber cobertura.

Descripción:** Portada barroca de piedra clara con escudos y frontón partido, vista desde la acera de la calle a media tarde. Dos cadenas sencillas cuelgan a ambos lados de la puerta de madera. Luz cálida y suave, sombras largas, encuadre de paseante, sin personas ni rótulos.

Doce o trece conejos

Colócate frente a la puerta principal, en la calle Blas Infante, y mira a ambos lados del umbral.

Doce o trece conejos. Esa fue la cifra que anotó el cronista, con la prudencia de quien no quiere equivocarse ni por uno. Corría el año mil setecientos treinta y uno y el protagonista de la cuenta era un infante: don Carlos, el futuro Carlos tercero. Se alojó en esta casa durante su viaje y, entre ceremonia y ceremonia, se escapó a cazar al Soto de la Vega.

Un príncipe que más tarde reinaría, de vuelta de la caza con una docena larga de conejos y parte de ellos con destino a la Reina. Es una escena doméstica, casi de cuento, y por eso se recuerda.

Ahora fíjate en la puerta. Los dos lados del umbral están marcados por cadenas. La tradición histórica local vincula aquella visita con el privilegio de cadenas que concedió Felipe quinto. Es decir, una estancia de unos días habría dejado a la casa un emblema que acabaría dándole nombre.

No sabemos qué pensó el infante de su conejería. Sí sabemos que la casa lo alojó, que el pueblo lo recordó y que, casi trescientos años después, el edificio sigue llevando las cadenas en el apellido.

Y ahora cruza el umbral. Detrás de la puerta hay un patio con un pozo, y con una exposición de arte que no tiene nada de ceremonia real.

Para profundizar

Las cadenas que ves junto a la entrada se colgaron en septiembre de dos mil veintiséis. La noticia municipal las presenta con claridad como una recuperación simbólica del emblema que da nombre al edificio. No pretende que sean las piezas originales.

Esa franqueza tiene su gracia. En lugar de fingir una antigüedad que no consta, el pueblo ha decidido devolver a la fachada la idea de las cadenas, y dejar claro que es una idea.

Hoy no se ha podido confirmar qué cadenas históricas, si es que las hubo, se conservan a la vista del visitante. Así que puedes mirar estas con una mezcla de cariño y curiosidad: son nuevas, pero cuentan algo muy viejo. La casa quiso volver a llevar su nombre puesto.

Descripción:** Patio interior con un pozo de piedra en el centro, visto desde uno de los lados, en una mañana luminosa. Paredes encaladas, suelo empedrado y sombras suaves de los muros. Ambiente tranquilo y cálido, sin personas ni textos.

El pozo y los peces

Entra en el patio interior y busca el pozo. Quédate cerca de él, mirando hacia el centro del espacio.

Un pozo en medio de un patio es una invitación a asomarse. Aquí hay uno, y la documentación del museo lo señala como elemento identificable del espacio. Míralo con calma, porque este patio ha tenido una vida más animada de lo que parece.

En agosto de dos mil once se inauguró aquí la quinta Bienal de Arte. Participaron treinta artistas locales, con Francisco Recuero como invitado, y se reunieron más de cien obras. Cien obras en un patio: más que una por cada artista, y el pozo en medio como si fuera la pieza número ciento uno.

Y aquí viene lo bueno. Al colocar las obras se eliminó la separación entre artistas veteranos y noveles. Morales explicó que querían apoyar más a quienes empezaban. Una decisión pequeña, de colgar un cuadro junto a otro, que decía mucho de cómo querían tratar a los suyos.

Esa tarde habló en nombre de los participantes el artista Jesús Leirós. Comparó el arte local con peces que viven tan cerca del agua que a veces no perciben su valor. Es una imagen con cariño y con un puntito de queja. Quizá tenga algo de razón: lo que tenemos al lado, a veces, es lo último que miramos.

Ahora sigue hacia el interior. Hay una sala que guarda cosas mucho más antiguas que cualquier bienal.

Para profundizar

El patio tuvo otro capítulo al año siguiente, ya en dos mil doce. El concejal Jesús Morales invitó a Ginés Liébana a poner título a cada una de las veinticuatro obras donadas para una sala permanente. Algunas de ellas eran de los años cincuenta.

Ponerle título a un cuadro ajeno, con décadas de por medio, es un encargo curioso: hay que mirar con paciencia y decidir qué dice cada obra. Y esas veinticuatro piezas no se quedaron en un almacén, sino que pasaron a formar parte de una sala del museo.

Así que este patio sirve de umbral de una idea: el museo no solo guarda el pasado remoto, también recoge lo que el pueblo va pintando mientras tanto.

Descripción:** Sala de museo con vitrinas de cristal que contienen piezas arqueológicas antiguas, entre ellas una espada de hierro y cerámicas. Luz interior cálida y suave, paredes claras, encuadre a la altura de los ojos, sin personas, sin carteles legibles.

Una espada, un horno y un ánfora

Pasa a la sala de arqueología. Busca la espada ibérica en la sección de Paleontología y Arqueología, sala doce.

Hay una espada ibérica que merece tu atención. Es de las llamadas de antenas atrofiadas, y está entre las piezas destacadas de esta sección, en la sala doce. Mírala sin prisa. Es un objeto hecho para una mano concreta y para un momento en el que el filo valía más que la palabra.

La arqueología de Villa del Río, sin embargo, no vive solo tras el cristal de las vitrinas. Una reseña local habla de un horno romano hallado junto al Guadalquivir. Un horno, en la orilla del río, donde alguien trabajó el barro hace siglos. Y habla también de un ánfora restaurada que, en aquel momento, esperaba su turno para ser expuesta.

Ese detalle del ánfora esperando me gusta. Una pieza reparada, lista, pendiente de que alguien le encuentre un hueco. Los museos son así: todo lo que ves es una parte de lo que podría verse.

Ahora sube hacia la historia de la propia casa. Sus muros también cuentan cosas, y alguien estuvo a punto de impedirlo.

Para profundizar

La noticia del horno y del ánfora procede de una página local que remite a una revista de feria. No se ha localizado aquí la publicación original, así que conviene tomarla como un apunte, no como una ficha de museo.

Ese carácter de apunte es parte de su interés. Muestra que el patrimonio de un pueblo se construye con piezas de vitrina y con noticias que alguien guardó en una revista de fiestas.

La primera planta reúne el Museo Arqueológico y Paleontológico Francisco Pérez Daza. Su nombre recuerda a uno de los impulsores del museo, de quien hablaremos pronto.

Descripción:** Fachada de la Casa de las Cadenas vista en diagonal desde la calle Blas Infante, con su volumen de dos plantas, muros claros y ventanas con rejas. Atardecer dorado, cielo limpio, sin personas, vehículos ni rótulos visibles.

La vecina que salvó la casa

Sal de nuevo a la calle Blas Infante y mira la fachada y el volumen del edificio, o ponte en una sala con la historia local a la vista.

Hubo un momento en que la Casa de las Cadenas pudo desaparecer. Una crónica de la Asociación de Cronistas atribuye a Catalina Sánchez la intervención que evitó su demolición. No conocemos más detalles, y quizá por eso la imaginamos: una persona decidida frente a una excavadora y una decisión administrativa. Hay que reconocerlo, a veces un edificio se salva por una sola voz.

Y esta casa tiene mucho que perder. Es un edificio barroco, reconstruido en el siglo dieciocho. Perteneció a la familia Molleja-Salcedo. En mil seiscientos veintiséis aparece Melchor Molleja como dueño, y después de mil setecientos ochenta y seis pasó por matrimonio a unos condes, que la tuvieron hasta mil novecientos trece.

Cuenta la tradición que el privilegio de las cadenas tenía una función práctica: las cadenas señalaban un espacio de protección temporal, y quien entraba allí perseguido por la justicia podía ampararse. Me gustaría creerlo del todo. Una casa que, durante un rato, era la frontera entre el castigo y el respiro.

Mira la fachada otra vez. Cada ventana ha visto pasar a gente que huía, a gente que mandaba y a un infante con conejos.

Ahora entra de nuevo, hacia las salas. Allí encontrarás lo que el pueblo decidió guardar.

Para profundizar

El Ayuntamiento adquirió la casa en mil novecientos noventa y ocho y la restauró. El Centro Cultural Casa de las Cadenas se inauguró el veintinueve de noviembre de dos mil dos.

La historia del privilegio guarda además una duda documental. Una crónica local dice que su primera mención escrita aparece en unas capitulaciones matrimoniales de mil setecientos treinta y nueve. Es decir, el documento que lo nombra llega ocho años después de la visita del infante.

Esa distancia deja una pequeña intriga. La tradición une visita y privilegio, pero el papel más antiguo que lo menciona viene después.

Dentro, las salas permanentes están dedicadas también a artistas locales y a la historia cultural de la localidad.

Descripción:** Sala luminosa de la primera planta con cuadros de pintura contemporánea colgados en paredes claras y suelo de tonos cálidos. Luz natural suave desde un lado, encuadre de visitante al entrar, sin personas ni texto legible.

Una planta que no estaba

Sube a la primera planta, donde está la exposición permanente. Antes de salir, vuelve la vista a la portada con sus escudos y su frontón partido.

Esta planta en la que estás no siempre existió. Durante la restauración municipal aparecieron huellas de vigas empotradas en el muro. Esas marcas revelaron que el edificio primitivo no tenía la primera planta actual, que se añadió después. Estás de pie sobre un añadido.

Aquí arriba se reúne la exposición permanente: el Museo Arqueológico y Paleontológico Francisco Pérez Daza y salas de pintura contemporánea.

El museo, además, ha viajado. Abrió al público el seis de abril de mil novecientos noventa y seis en la Torre de Poniente del castillo. Después se trasladó a la Casa de las Cadenas. Un museo que cambió de casa, y que acabó en una con cadenas en el nombre.

Detrás de él hubo gente. Francisco Pérez Daza, miembro de la comisión pro museo, defendió una museografía pensada también para el aprendizaje. El museo nació con vocación didáctica, para enseñar y no solo para guardar.

Antes de irte, mira la portada barroca, con sus escudos y su frontón partido, y las cadenas junto a la entrada. Allí empezó la visita con un infante y doce o trece conejos.

Una casa que alojó a un príncipe, que se salvó de la demolición y que hoy enseña a su pueblo su propia historia. No está mal para unas cadenas.

Para profundizar

En marzo de dos mil quince se reabrió la sala permanente de Pedro Bueno, con una treintena de obras cedidas por la Fundación Cajasur. Reabrir una sala es una forma de decir que el museo sigue vivo y que se renueva.

El técnico Bartolomé Delgado Cerrillo resumió el objetivo social del museo: que quienes lo visitaran pudieran reconocerse en el pasado de su localidad.

Ese es quizá el mejor criterio para recorrerlo. No se trata solo de mirar piezas antiguas. Se trata de buscar, entre ellas, algo que te suene a casa, a pueblo, a gente. Y si lo encuentras, el museo habrá cumplido.

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