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Museo de Ulía en Montemayor: audioguía de un museo nacido en una casa parroquial

Una vitrina con sesenta y siete puntas de flecha, una maqueta de asedio y unas esculturas romanas que acabaron en una casa parroquial. Esta audioguía recorre tres paradas del Museo de Ulía, en Montemayor, y cuenta cómo una colección nació de la curiosidad de un párroco y de los objetos que sus vecinos le fueron llevando.

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Museo de Ulía en Montemayor: audioguía de un museo nacido en una casa parroquial

Prehistoria en el Museo de Ulía: las 67 puntas de flecha

Sesenta y siete puntas de flecha

Colócate delante de la vitrina central de la primera sala, la dedicada a la Prehistoria.

Sesenta y siete puntas de flecha de sílex, juntas en una sola vitrina. Alguien se tomó la molestia de contarlas, y ese alguien fue Pablo Moyano, en mil novecientos noventa y cinco. Fíjate en lo ordenadas que están ahora y piensa en lo poco ordenado que fue el principio de todo esto.

Moyano llegó a Montemayor como párroco en agosto de mil novecientos sesenta y cinco. No venía buscando tesoros. Venía a ocuparse de su parroquia. Pero en el patio parroquial había unos objetos de piedra que le llamaron la atención, y de esa curiosidad, según contó él mismo, nació su vocación de arqueólogo aficionado.

Y aquí viene lo bueno. Según su relato, el pasado de la zona no estaba solo bajo tierra. También estaba olvidado en cajones y desvanes de casas particulares. Es decir, que buena parte de la memoria antigua del pueblo no esperaba en un yacimiento. Esperaba en el fondo de un armario.

Esta vitrina es lo que pasa cuando alguien se pone a abrir cajones y a preguntar qué hay en ellos.

Para profundizar

Moyano no trabajó solo. La colección creció también gracias a los jóvenes y a los niños del pueblo, que se presentaban ante el párroco con lo que iban encontrando. Le llevaban monedas, proyectiles de honda y bolas de catapulta.

Piensa en la escena. Un cura con una curiosidad enorme y un grupo de chavales que acaban de descubrir que lo que sacan de la tierra tiene a alguien al otro lado dispuesto a escucharlos. Quizá ese fue el mejor sistema de catalogación que tuvo nunca el museo: un boca a boca entre críos.

Las bolas de catapulta y los proyectiles de honda, además, te llevan directos a la siguiente parada. Porque en la sala de al lado alguien guarda la maqueta de una guerra.

El asedio romano de Ulía en el Museo de Ulía Montemayor

El asedio de Ulía

Maqueta del asedio de Ulía en el Museo de Ulía Montemayor

Pasa al área de la Sala I dedicada al mundo ibérico y romano y busca la maqueta del asedio.

Más de cien proyectiles de honda en un solo paraje. Eso fue lo que llegó a reunir un guardia civil aficionado a buscar monedas, según escribió el propio Moyano. Quería monedas y encontró munición.

Ahora fíjate en la maqueta del asedio de Ulía, justo delante de ti, rodeada de materiales militares romanos. Se sitúa en las guerras civiles romanas, en el año cuarenta y cinco antes de Cristo. Es una guerra entre romanos, y Ulía quedó en medio.

Cuentan que los habitantes resistieron un primer asedio. Después, César ordenó resolver el conflicto en favor de sus partidarios. Dicho así suena a trámite, pero detrás hay una ciudad que aguantó y otra decisión, tomada lejos, que pesó más que esa resistencia.

Quienes pasaron por aquel paraje dejaron proyectiles en el suelo, y dos mil años después un guardia civil con vocación de buscador de monedas los fue recogiendo. La historia grande y la pequeña se tocan en este rincón de la sala.

Para profundizar

En su texto de mil novecientos noventa y cinco, Moyano dijo que el museo conservaba veintisiete proyectiles de honda recogidos en el Cerro de la Ahorca.

Veintisiete en las vitrinas. Más de cien reunidos por aquel guardia civil en el paraje. La diferencia da para preguntarse dónde fueron a parar los demás, y el relato no lo cuenta. Me gusta dejarlo así, como una pregunta abierta en mitad de una sala.

Lo que sí sabemos es que el Cerro de la Ahorca guardaba material suficiente para llenar varias cajas. Cuando salgas, quizá mires las vitrinas de otra manera: cada pieza pequeña es lo que quedó de una cantidad mucho mayor.

Si te cuesta imaginar aquella escena, la maqueta ayuda. Y si prefieres piedra de otro tipo, en la siguiente parada te esperan un sátiro, una Venus y un león.

Esculturas romanas de La Zargadilla: sátiro, Venus y león

El sátiro, la Venus y el león

Acércate al conjunto de esculturas romanas y ponte frente a las tres piezas principales.

Un sátiro, una Venus y un león. Con esas tres piezas se podría montar una fábula, pero lo que cuentan es otra cosa: de dónde vino el museo. Se atribuyen al siglo primero después de Cristo y se asocian a la villa de La Zargadilla.

Detrás hay un vecino, Fernando Carmona, que donó piezas vinculadas a esa villa. El cronista local destaca justo estas tres esculturas.

Y aquí viene lo bueno. Según esa misma crónica, Pablo Moyano compraba algunas piezas a quienes las encontraban y les daba un estipendio. No era un museo con presupuesto. Era un párroco con la costumbre de recibir a quien llamara a su puerta con algo raro en las manos.

Así fueron llegando piezas y monedas a la casa parroquial, hasta que el espacio se llenó de restos arqueológicos. Imagina el recibidor de una casa de cura donde ya no se puede pasar sin tropezar con la Antigüedad.

El sátiro, la Venus y el león no llegaron con un catálogo. Llegaron en manos de gente del pueblo.

Para profundizar

La casa parroquial se quedó pequeña, y la colección acabó siendo cosa de varias manos. En dos mil trece se formalizó una gestión compartida entre el Ayuntamiento y la Diócesis, y se inauguraron nuevas instalaciones.

El convenio nombró director al arqueólogo Fernando Javier Tristell. Reunió además la colección diocesana con piezas depositadas por el Ayuntamiento. Es decir, lo que empezó con un párroco, un patio y un grupo de vecinos terminó con dos instituciones sentadas a la misma mesa.

Hay algo bonito en ese recorrido. Un museo que no nació de un decreto, sino de gente que llevaba cosas a una casa donde sabía que alguien las valoraría.

Cuando salgas, mira de nuevo el patio, la calle o cualquier cajón que tengas cerca. Nunca se sabe qué guarda.

Prepara tu visita

Preguntas frecuentes

¿Qué ver en Museo de Ulía

En la Sala I hay una vitrina con 67 puntas de flecha de sílex y una maqueta del asedio de Ulía, con materiales militares romanos. Además se exhibe un conjunto de esculturas romanas asociadas a la villa de La Zargadilla, entre ellas un sátiro, una Venus y un león.

¿Cómo llegar a Museo de Ulía en Montemayor

El museo está en Montemayor. Para conocer la dirección exacta y la mejor forma de llegar, lo más fiable es consultar la web oficial del museo o acudir a la oficina de turismo de Montemayor, que te orientará desde cualquier punto del pueblo.

¿Cuál es la historia de Museo de Ulía

La colección nació de la curiosidad de Pablo Moyano, párroco desde 1965, que reunió piezas llevadas por vecinos y niños. En 2013 se formalizó una gestión compartida entre el Ayuntamiento y la Diócesis, y se inauguraron nuevas instalaciones con dirección del arqueólogo Fernando Javier Tristell.

¿Cuál es el horario de Museo de Ulía

Los horarios pueden cambiar según la temporada, por lo que conviene confirmarlos antes de la visita. Consulta la web oficial del museo o pregunta en la oficina de turismo de Montemayor para saber los días y las horas de apertura actualizados.

¿Cuánto tiempo se tarda en visitar Museo de Ulía

Depende de tu ritmo. Esta audioguía recorre tres paradas en la Sala I y en el conjunto de esculturas romanas, pensadas para una visita pausada. Si quieres añadir otras piezas, calcula un margen extra y confirma en la entrada qué zonas están abiertas.

¿Qué se cuenta sobre el asedio de Ulía

La maqueta del museo representa el asedio de Ulía durante las guerras civiles romanas, que se sitúa en el 45 a. C. Se cuenta que los habitantes resistieron un primer asedio y que César ordenó resolver el conflicto en favor de sus partidarios.

¿Quién fue Pablo Moyano

Fue el párroco que llegó a Montemayor en agosto de 1965. Unos objetos de piedra en el patio parroquial despertaron su interés por la arqueología. Con el tiempo reunió piezas que llevaban vecinos y niños, y en 1995 contabilizó 67 puntas de flecha en la vitrina central.

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