Fábrica de Harinas Santa María y Museo Antonio Espadas Pérez, Peñarroya-Pueblonuevo
Una harinera del interior que lleva nombre de barco, una familia que la regaló con una condición y un pueblo que la levantó dos veces. Este paseo por la Fábrica de Harinas Santa María y Museo Antonio Espadas Pérez cuenta quién la compró, quién la mantuvo viva y por qué sigue en pie.

Fachada de la Fábrica de Harinas Santa María: qué ver en Peñarroya-Pueblonuevo
Un barco en tierra firme
Colócate en la calle, frente a la fachada principal, con el rótulo de la antigua harinera a la vista.
¿Qué hace el nombre de un barco en una fábrica de harina a muchos kilómetros del mar? Santa María, como la nao que llevó a Colón a América en mil cuatrocientos noventa y dos. Un nombre marinero para un edificio que lo que movía era trigo.
Levanta la vista hacia la fachada y busca el rótulo que identifica la antigua harinera. Está a pie de calle, a tu alcance, como si el edificio siguiera esperando clientes.
Durante años, aquí dentro se ganaba la vida mucha gente. El estudio que se ocupó de esta fábrica calcula que llegaron a vivir de ella hasta cuarenta familias. Cuarenta cocinas, cuarenta mesas, y todas dependían de que las máquinas siguieran girando.
Giraron hasta mil novecientos noventa. Ese año se paró la producción y el edificio quedó en silencio.
Pero el silencio no fue el final. Muchos años después, en dos mil ocho, la alcaldesa Luisa Ruiz presentó la restauración como una oportunidad doble: recuperar el edificio y atraer visitantes. Hay que reconocerlo: no es poca ambición para una harinera que había acabado sus días como un gigante dormido.
Y ahí la tienes, con su nombre de carabela. Para saber qué pasó antes de que se apagaran las máquinas, entra y busca el lugar donde todo empezaba: la sala donde se molía.
Para profundizar
La fábrica figura inscrita en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz. Es decir, que el edificio que tienes delante no es solo un recuerdo del pueblo: también está reconocido como patrimonio de la comunidad.
Cuando la alcaldesa presentó la restauración en dos mil ocho, la planteó con dos objetivos claros: recuperar el inmueble y fomentar el turismo. Con los años, la segunda parte del plan ha tenido que convivir con una realidad sencilla: un museo de este tipo no se llena solo. Se llena de historias, y las historias, como vas a ver, no faltan.
Sala de molienda: la historia de Antonio Espadas Pérez
El hombre que compró una fábrica
Ya dentro, sitúate en la sala de molienda y deja que la mirada recorra el espacio de punta a punta.
En mil novecientos cincuenta y ocho, un hombre firmó una compra que cambiaría la vida de su familia durante más de tres décadas. Se llamaba Antonio Espadas Pérez.
Hasta entonces, la fábrica había estado en manos de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya, que la explotó en un primer momento. Una empresa grande que decidió venderla. Y Antonio, en ese año, se quedó con el recinto.
Mira a tu alrededor. Por mucho que hoy sea un museo, esta sala fue un lugar de trabajo, de ruido y de harina en el aire. Y alguien tuvo que decidir un día que aquel negocio merecía su dinero y su tiempo.
Según el estudio que recoge su historia, Antonio condujo la fábrica con esmero. Esa palabra, esmero, dice bastante de cómo se le recuerda. No habla de un propietario lejano, sino de alguien que cuidaba lo que había comprado.
Lo condujo así hasta mil novecientos sesenta y siete, el año de su muerte. Fueron nueve años. Pocos para una vida, pero suficientes para dejar un apellido en la puerta que aún hoy figura en el nombre del museo.
Y la fábrica no se detuvo con él. Alguien tenía que ocupar su sitio, y ese alguien llevaba su sangre. Sigue adelante, que las máquinas te esperan.
Para profundizar
Cuando Antonio murió, el negocio no pasó a manos de desconocidos. Lo heredó su hijo Pedro, que asumió la dirección y prolongó la fabricación durante décadas, hasta el cierre industrial de mil novecientos noventa.
Dicho así parece un trámite, pero piénsalo despacio. Heredar una fábrica no es heredar una casa: es heredar turnos, proveedores y familias que cuentan contigo. Pedro no recibió solo un edificio, recibió una responsabilidad con nombres y apellidos. De eso hablaremos enseguida, frente a las máquinas.
Maquinaria de cilindros: Pedro Espadas Pozas y el cierre de 1990
Las máquinas de Pedro
Acércate a la maquinaria de cilindros y mírala con calma, de pie, sin prisa.
Esta maquinaria tiene algo que no tienen las vitrinas: estuvo trabajando. Antes de ser pieza de museo, fue herramienta de alguien que se levantaba pronto para que funcionara.
Ese alguien se llamaba Pedro Espadas Pozas, hijo mayor de Antonio. Cuando su padre murió en mil novecientos sesenta y siete, tomó las riendas del negocio. Y las sostuvo durante veintitrés años, hasta el cierre de mil novecientos noventa.
Haz la cuenta, porque cuesta creerla: más de dos décadas al frente de una fábrica, con el peso de un apellido a la espalda y de un padre al que reemplazar. No hay discursos ni hazañas contadas en los papeles. Hay constancia, que en una harinera quizá sea lo más parecido a una épica.
Ahora fíjate en la maquinaria que tienes delante. Cada pieza fue, durante años, parte de la rutina de Pedro. Él la conoció en marcha, con su ruido y su ritmo. Tú la ves quieta, y esa es la diferencia más grande entre los dos.
Cuando se apagó la producción, aquel mundo no se desmontó ni se vendió por piezas. Quedó aquí, esperando. Y para entender por qué sigue aquí, hay que hablar de una decisión de familia.
Para profundizar
Tras el cierre de mil novecientos noventa, la familia cedió la maquinaria al Ayuntamiento. La idea era doble: que se conservara y que algún día pudiera exponerse.
Ese "algún día" tardó. No fue una cesión que diera fruto de inmediato, sino una apuesta a largo plazo, de las que se hacen confiando en que el futuro sabrá qué hacer con ellas. Quien cede una máquina que ha trabajado media vida está diciendo algo sin palabras: esto importa, no lo tiréis. Lo que sucedió después lo cuenta la sala siguiente.
Sala del museo: cómo se donó la fábrica y cuándo abrió
Una donación con condiciones
Entra en la sala del museo y colócate en un punto desde el que veas el conjunto del espacio.
Regalar una fábrica entera suena a gesto sencillo. No lo fue. La familia Espadas puso una condición: que la fábrica se conservara. Nada de venderla, nada de reconvertirla en otra cosa. Que siguiera siendo lo que era.
Según lo que se ha contado, ahí pesaba el vínculo familiar y sentimental. No era un edificio cualquiera: era el trabajo de un padre y de un hermano mayor, y un apellido que había estado en su puerta durante décadas.
Cuando el museo abrió, María Espadas, hija del propietario original, lo explicó con claridad. La familia quería que el pueblo disfrutara de ese patrimonio industrial. Disfrutar, dijo. No solo recordar, ni visitar con respeto. Disfrutar.
El museo se inauguró en marzo de dos mil dieciocho. Y aquí viene un detalle práctico que dice mucho de su escala: la noticia hablaba de visitas concertadas para grupos de hasta quince personas. Un museo pequeño, casi de confianza, donde las máquinas se miran de cerca.
Tiene su gracia que una fábrica que movía toneladas de grano acabe recibiendo grupos de quince. Pero quizá esa sea su mejor forma de contar su historia, despacio y con nombres propios.
Antes de que esto fuera museo, estuvo a punto de pasarlo mal. Sal fuera y lo verás.
Para profundizar
La recuperación de dos mil ocho se organizó como taller de empleo, con veinticuatro alumnos y un presupuesto superior a quinientos mil euros. Era una obra, sí, pero también una escuela.
Después vino un mal momento. En dos mil dieciséis el edificio, ya restaurado pero cerrado, había sufrido roturas y pintadas. El alcalde José Ignacio Expósito anunció gestiones para rehabilitarlo, con una inversión aproximada de veinticinco mil euros. La parcela, según esa noticia, supera los once mil metros cuadrados.
Y hubo una voz que defendió el proyecto desde la distancia: Joaquín Rayego, emigrado desde los años sesenta, que convirtió el recuerdo del pan y de los oficios en un argumento a favor del museo. En la inauguración estuvieron el presidente provincial Antonio Ruiz y el alcalde, con miembros de la Corporación.
Exterior y chimenea: arquitectura de la harinera
Lo que cuenta el exterior
Sal al exterior y busca un punto desde el que veas la fachada principal entera y, si puedes, la chimenea.
Ahí está la chimenea, y conviene saber qué se sabe de ella. Se la describe como parte de los hornos de la panadería. Lo que no se puede es atribuirla con seguridad a la antigua máquina de vapor. Es decir, que ese cilindro de ladrillo guarda un pequeño misterio sin resolver.
Ahora mira la fachada desde la calle. Tiene una composición escalonada, como si subiera por peldaños, y en las esquinas unos remates piramidales que le dan un aire propio. Es un edificio que, aunque industrial, se esforzó por tener buena presencia.
Un inventario patrimonial andaluz la fecha en mil novecientos, así que lleva más de un siglo en pie. Más tiempo del que la mayoría de nosotros podrá mirarla.
Y aquí va el giro. Cuando hubo que devolverle la vida, no se contrató solo a profesionales de fuera. Un taller municipal de doce meses reunió a veinticuatro alumnos, diez hombres y catorce mujeres, para recuperar el edificio y su maquinaria. Catorce mujeres, en una obra de albañilería, pintura y oficios. La fábrica que dio de comer a familias volvió a levantarse con manos del propio pueblo.
La familia cedió la maquinaria para que se conservara y se exhibiera, y la prensa local recogió el agradecimiento municipal. Así que este lugar es lo que es gracias a quienes lo cuidaron, lo cedieron y lo reconstruyeron.
Te llevas una harinera con nombre de barco. Quizá la próxima vez que huelas pan, pienses en ella.
Para profundizar
La fábrica estuvo en manos de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya, que la explotó al principio, hasta que en mil novecientos cincuenta y ocho la vendió a Antonio Espadas Pérez. La producción cesó en mil novecientos noventa.
Si te interesa qué hay detrás de esas fechas, quédate con esta idea: en menos de un siglo, el mismo edificio fue empresa minera, negocio familiar, ruina amenazada y museo. Cuatro vidas para un solo tejado.
Prepara tu visita
- Cómo llegar: el punto de inicio es la fábrica, en Peñarroya-Pueblonuevo. Desde la calle se identifica por su fachada y el rótulo de la antigua harinera.
- Visitas: al inaugurarse el museo se habló de visitas concertadas para grupos de hasta 15 personas, así que conviene reservar con antelación.
- Horarios y precios: confírmalos en la web oficial del Ayuntamiento o en la oficina de turismo antes de ir.
- Duración: el recorrido consta de cinco paradas, entre el exterior y las salas. Reserva tiempo sin prisas para mirar la maquinaria de cerca.
- Mejor orden: empieza por la fachada y termina en el exterior para cerrar el círculo con la chimenea.
Preguntas frecuentes
¿Qué ver en Peñarroya-Pueblonuevo
Una visita imprescindible es la Fábrica de Harinas Santa María y Museo Antonio Espadas Pérez, harinera de comienzos del siglo XX convertida en museo. Conserva su maquinaria, su fachada escalonada con remates piramidales y una chimenea que forma parte de los antiguos hornos de panadería.
¿Cómo llegar a la Fábrica de Harinas Santa María y Museo Antonio Espadas Pérez
La fábrica está en Peñarroya-Pueblonuevo y se reconoce desde la calle por su fachada y el rótulo de la antigua harinera. Para la ruta exacta y el acceso, consulta la oficina de turismo o la web oficial del Ayuntamiento.
¿Cuál es el horario de visita de la Fábrica de Harinas Santa María y Museo Antonio Espadas Pérez
El horario no consta en la información consultada. En la inauguración de 2018 se habló de visitas concertadas para grupos de hasta 15 personas. Confirma días, horas y reserva en la web oficial del Ayuntamiento o en la oficina de turismo antes de ir.
¿Cuánto se tarda en visitar la fábrica-museo
No hay una duración oficial en la información consultada. Dado que las visitas se plantearon para grupos reducidos de hasta 15 personas, conviene reservar un rato sin prisas para recorrer la fachada, la sala de molienda, la maquinaria y el exterior.
¿Cuál es la historia de la Fábrica de Harinas Santa María
Un inventario patrimonial la fecha en 1900. La Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya la explotó al principio y en 1958 la vendió a Antonio Espadas Pérez. Su hijo Pedro la dirigió tras 1967. La producción cesó en 1990 y la familia cedió la maquinaria al Ayuntamiento.
¿Cuándo se inauguró el museo
El museo se inauguró en marzo de 2018. Antes, en 2008, la restauración se organizó como taller de empleo con 24 alumnos y un presupuesto superior a 500.000 euros. En 2016 el edificio, ya restaurado pero cerrado, sufrió vandalismo y se proyectó repararlo.
¿Por qué se llama Santa María
El nombre alude a la nao que usó Colón en su primer viaje a América, en 1492. Es un nombre marinero para una fábrica de harina del interior, según el estudio sobre las harineras cordobesas.
¿Quién donó la fábrica al Ayuntamiento
La familia Espadas cedió la fábrica y sus terrenos al Ayuntamiento. Según la prensa local, condicionó la donación a que se conservara el conjunto. María Espadas explicó que la familia quería que el pueblo disfrutara del patrimonio industrial.
Cerca de aquí
- Almacén Central de la SMMP en Peñarroya-Pueblonuevo: audioguía · Peñarroya-Pueblonuevo
- Cerco Industrial de Peñarroya-Pueblonuevo: audioguía y qué ver · Peñarroya-Pueblonuevo
- Iglesia Parroquial de Santa Bárbara de Peñarroya-Pueblonuevo: audioguía · Peñarroya-Pueblonuevo
- Museo Geológico-Minero de Peñarroya-Pueblonuevo: audioguía de La Yutera · Peñarroya-Pueblonuevo
- Real Iglesia Matriz de Nuestra Señora del Rosario en Peñarroya-Pueblonuevo: audioguía · Peñarroya-Pueblonuevo
- Centro de Interpretación de Adamuz (Casa de los Lara-Ayllón): audioguía · Adamuz