Molino de las Aceñas, Montoro: audioguía del molino junto al Guadalquivir
Esta audioguía te cuenta qué era una aceña, quién alquilaba estos molinos, quién los limpió tras una avenida del río y por qué se les llama "de los Castillos" sin tener nada de castillo (aunque lo más probable es que sea cosa de apellido). Tres paradas, todas desde fuera, para entender cómo se ganaba la vida un río.

Azuda y orilla del Guadalquivir: el origen del molino
Un muro para desviar el Guadalquivir
En la margen occidental, la izquierda, del Guadalquivir, a unos ciento cincuenta metros al norte del extremo occidental del puente, mirando hacia el río y hacia el conjunto de molinos. Si lees en los documentos antiguos que estaban "bajo el puente", es la forma de la época de situarlos junto a él.
¿Cómo se convence a un río entero de que cambie de camino? Con un muro. Eso era la azuda: una presa de mampostería que empujaba el agua del Guadalquivir hacia esta orilla, justo donde esperaban los molinos.
Y aquí, primera aclaración: una aceña es un molino de agua, y estas eran aceñas harineras. Funcionaban con el sistema llamado de regolfo: el agua pasaba por un canal hasta un pozuelo, y ese empuje hacía girar la piedra de moler. La documentación describe ese giro de la piedra, pero no documenta una rueda vertical, así que no vamos a imaginarla.
¿Y qué queda hoy? Según la ficha técnica, que describe el estado en que se documentó el conjunto y no una inspección actual, los edificios están abandonados, pero con una conservación arquitectónica excelente. De la azuda se conservaba buena parte, aunque descompuesta en piedras y fragmentos: más que un muro en pie, un muro caído que hay que imaginar. Los interiores estaban cubiertos de limo.
En cuanto a fechas, el documento más antiguo que cita la ficha es del tres de enero de mil quinientos sesenta y tres. Hay contratos de los siglos diecisiete y hay arrendamientos en el siglo diecinueve. No se ha encontrado ni la fecha de construcción ni la de la última molienda, así que ninguna de las dos te la voy a inventar.
Era un negocio, con papeles y todo. En el año mil seiscientos, un presbítero llamado Diego Fernández de Molina contrató a un molinero, Bartolomé Sánchez Rubio, por dos años. Le encargó algo más que moler: también tenía que cuidar la maquinaria. El molinero era trabajador, mecánico y vigilante de un artefacto que dependía de un río con muy mal genio.
Ahora, los nombres. Este conjunto se llama aquí Molino de las Aceñas, pero la ficha técnica usa "Molino de las Aceñuelas" y recoge también "Aceñas de los Castillos" y "Aceñas de Abajo". Un documento de mil setecientos cuarenta y siete dice que antes se llamaban de los Castillos y entonces, de las Aceñuelas. "De Abajo" aparece en los papeles junto a "del Puente", pero no se ha hallado una explicación independiente de ese nombre.
¿Y lo de los Castillos? Uno imagina torres y almenas, pero lo más probable es que recuerde a la familia Castillo, que tenía parte de la propiedad. No es una certeza, pero el castillo, aquí, quizá no era de piedra, sino de apellido.
Ese apellido va a volver. Para conocerlo, acércate al edificio más pequeño, el que se mete más en el cauce.
Para profundizar
El inventario técnico de este conjunto se preparó para que estos bienes entraran en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía. Es un trabajo de medir, describir y dibujar, y no equivale por sí mismo a una declaración de Bien de Interés Cultural. No he podido comprobar si esa inscripción llegó a producirse, ni si el conjunto queda dentro del entorno de alguna otra protección en Montoro.
El cuerpo pequeño del Molino de las Aceñas
El cuerpo pequeño y su única piedra

Desde la ribera, a una distancia segura, mirando hacia el edificio más pequeño, el más oriental y más metido en el río. Su puerta da al cauce, así que no te acerques al borde del agua: basta con verlo desde donde el terreno sea firme.
Una sola piedra de moler, una sola planta y una sala por dentro de tres metros cuarenta por cinco. Este es el cuerpo pequeño, y su tamaño engaña. Por fuera mide unos ocho metros por cinco y medio. Cuando el río crecía, el que más cerca lo tenía era él.
Busca el vano de entrada, con su arco de medio punto, redondo como una media luna. La sala se cubría con una bóveda de medio cañón de ladrillo, rematada en un extremo por una cúpula de cuarto de esfera. Mira desde fuera y sin entrar: el edificio no está para visitas.
Y ahora, la historia de los Castillo. Una avenida del río llenó las aceñas de ripios, arena y otros materiales. Antonia del Castillo Rave contrató a Pedro Ruiz Hortelano y a Diego López Santofimia para retirarlos, limpiar las instalaciones y devolverlas a condiciones de funcionamiento. Había que sacar el río de dentro de su propio molino.
Y el río dejó su firma. Cuando se documentó este cuerpo, su única piedra de moler seguía cubierta de limo: una piedra hecha para triturar grano, vencida por el barro más fino.
Si puedes hacerlo con seguridad, mira hacia el lado norte del edificio. Allí estaba la salida del agua, con restos del canal de regolfo y del pozuelo, que medía un metro veinticinco de diámetro y más de dos metros de altura.
Para profundizar
El apellido Castillo vuelve en otra historia. En mil seiscientos quince, Ana de Valderrama de la Cruz, viuda del capitán Pedro del Castillo Rave, alquiló su participación en tres piedras por cuatro años. Una viuda que gestionaba su parte del negocio, con contrato y plazo, hace cuatrocientos años.
El cuerpo grande: bóvedas y sillería de molinaza
El cuerpo grande y sus cuatro piedras

Desde la ribera, mirando el exterior del edificio grande. Es el occidental, separado del pequeño por unos dos metros.
Ocho metros por siete, sillares de piedra molinaza y cuatro piedras de moler. Así es el hermano mayor del conjunto, y se nota al primer vistazo. Fíjate en la sillería: bloques bien cortados, colocados con orden. Compáralo con el pequeño que acabas de ver: dos edificios vecinos, de tamaño distinto, que trabajaron con el mismo río. Ocho por siete son unos cincuenta y seis metros cuadrados, con cuatro piedras girando dentro.
Y como todo en este lugar, también aquí hay contratos. En mil seiscientos veinte, Antonia del Castillo, que los papeles escriben Rabe, arrendó a Francisco López la mitad de las aceñas y de los molinos de pan que había bajo el puente. En mil seiscientos treinta y seis, tres arrendatarios se comprometieron a pagarle ciento treinta y tres fanegas de trigo al año. Ella era la propietaria de la mayor parte; ellos, quienes pagaban la renta. Ciento treinta y tres fanegas, cada año, y por contrato.
Lo que ves no es una ruina muda, sino un negocio con apellidos. Ahora date la vuelta y mira el río. Todo esto existió porque alguien supo empujarlo.
Para profundizar
Por dentro, según el informe técnico, el cuerpo grande tenía dos bóvedas paralelas separadas por una arquería de sillería. La ficha propone que quizá organizaron dos espacios de trabajo, repartiendo las cuatro piedras. Es una hipótesis probable, no un hecho cerrado.
Prepara tu visita
- Cómo llegar: el conjunto está en Montoro, en la margen izquierda del Guadalquivir, a unos 150 metros al norte del extremo occidental del puente. Antes de ir, comprueba la orientación sobre el terreno.
- Punto de inicio: empieza junto al río, con vista al conjunto, y recorre los dos edificios de este a oeste: primero el pequeño, luego el grande.
- Visita exterior: la audioguía está pensada para escucharla desde fuera. No entres en los edificios.
- Seguridad: no te acerques al borde del cauce; para ver los restos del canal en el lado norte, colócate solo donde el terreno sea seguro y estable.
- Horarios y acceso: confirma horarios y condiciones de acceso en la web de turismo de Montoro o en la oficina de turismo antes de ir.
- Calzado: lleva calzado cómodo, porque la ribera puede ser irregular.
Preguntas frecuentes
¿Qué ver en Molino de las Aceñas
Dos edificios y la orilla: el lugar donde la azuda desviaba el Guadalquivir, el cuerpo pequeño con su arco de entrada y los restos del canal, y el cuerpo grande de sillería de piedra molinaza. Todo se observa desde el exterior, sin entrar.
¿Cómo llegar a Molino de las Aceñas en Montoro
El molino está en la margen izquierda u occidental del Guadalquivir, a unos 150 metros al norte del extremo occidental del puente de Montoro.
¿Qué es una aceña y cómo funcionaba este molino
Una aceña es un molino de agua. Este era harinero y de regolfo: una azuda desviaba el agua, que pasaba por un canal hasta un pozuelo y hacía girar la piedra. No se documenta una rueda vertical.
¿Qué historia documentada tiene el molino
El documento más antiguo de la ficha es de 1563. Hay un contrato de molinero en 1600, arrendamientos en 1615, 1620 y 1636 vinculados a la familia Castillo y actividad en el siglo XIX. No se conoce la fecha de construcción ni la del fin de la molienda.
¿Cuál es el horario de Molino de las Aceñas
La documentación disponible no recoge un horario. Conviene confirmar condiciones de acceso en la web de turismo de Montoro o en la oficina de turismo antes de desplazarte.
¿Por qué se llama "de los Castillos
Probablemente por la familia Castillo, que tenía parte de la propiedad. Es una interpretación, no una certeza. La ficha usa también el nombre Molino de las Aceñuelas y recoge "Aceñas de Abajo".
¿Es Bien de Interés Cultural el Molino de las Aceñas
No consta una declaración BIC específica. El inventario técnico se preparó para incluirlo en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía; no se ha podido confirmar si la inscripción se produjo.
¿Cuántas piedras de moler tenía el conjunto
El cuerpo pequeño tenía una y el grande, cuatro. Este último tenía dos bóvedas paralelas separadas por una arquería de sillería.
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