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Poblado Íbero del Cerro de la Cruz, Almedinilla: audioguía y visita

Sube al cerro que vigila Almedinilla y recorre el Poblado Íbero del Cerro de la Cruz, un asentamiento levantado en escalones de roca que terminó en un incendio violento en el siglo dos antes de Cristo. Verás casas excavadas que el fuego conservó, conocerás la historia de una pella de barro con huellas de dedos y la de dos mujeres enterradas con sus armas. Es una de las mejores respuestas a la pregunta de qué ver en Almedinilla, y sus excavaciones todavía siguen.

Hazlo antes de entrar: dentro puede no haber cobertura.
Poblado Íbero del Cerro de la Cruz, Almedinilla: audioguía y visita

Acceso al Poblado Íbero del Cerro de la Cruz en Almedinilla

Un cerro con vistas y con cicatrices

En la explanada de acceso, con las casas de Almedinilla a la vista. Mira primero hacia el pueblo y luego hacia la ladera rocosa que sube.

Hay lugares que se recuerdan por cómo nacieron. Este cerro se recuerda por cómo murió.

Estás a la puerta de un poblado íbero. Delante tienes una ladera de roca que sube sin pedir permiso. Abajo están las casas del pueblo actual. Quien vivía aquí arriba veía llegar a cualquiera. Por el lado norte, además, el cerro cae tan a pico que casi se vigilaba solo.

Y sin embargo, no bastó. La historia que todo el mundo cuenta de este lugar es la de su final. Entre el año ciento cuarenta y cinco y el ciento cuarenta antes de Cristo, probablemente, el poblado fue destruido con violencia. Muchos señalan a Roma, y en concreto a un general llamado Serviliano. Es la hipótesis más repetida, aunque nadie ha encontrado su firma entre las cenizas.

Lo curioso es que esta historia no está cerrada. Desde dos mil dos, el cerro está protegido como Bien de Interés Cultural, y los arqueólogos siguen subiendo con sus paletas y sus cubos. En dos mil veinticinco excavaron un sector nuevo en la parte este. En dos mil veintiséis, en la llamada Manzana dos, apareció una vivienda de unos doscientos metros cuadrados. Más espacio que dos pisos amplios de los de hoy.

Dicho de otro modo, el poblado todavía está saliendo de debajo de la tierra. Y tú llegas en mitad de la conversación.

El terreno es rocoso y en pendiente, así que pisa con calma.

Empieza a subir. Enseguida vas a notar que aquí nadie construyó en llano.

Para profundizar

Detrás de cada campaña hay nombres concretos. La de dos mil veinticinco la dirigió Ignacio Muñiz, que además es el director del Ecomuseo. Con él trabajaron los arqueólogos Manuel Abelleira y Manuel Ramírez, varios trabajadores municipales y voluntarios de la Universidad de Granada.

Y aquí viene la parte menos romántica de la arqueología. En un momento dado, el equipo tuvo que parar. No por un hallazgo, ni por la lluvia, sino por el dinero. Los trabajos se suspendieron a la espera de fondos.

Hay algo muy humano en un grupo de personas desenterrando un incendio de hace más de dos mil años que, de pronto, tiene que dejar la paleta en el suelo hasta que llegue el presupuesto. Los íberos de este cerro tuvieron enemigos mucho más temibles, desde luego. Pero la burocracia también sabe ser paciente e implacable.

Cuando sigas subiendo, piensa que cada metro excavado que vas a ver ha costado tiempo, manos y, sí, algún que otro papeleo.

Terrazas y casas reconstruidas del poblado íbero

Una ciudad en escalones

Terrazas y casas reconstruidas del Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

En el recorrido por las terrazas, junto a los muros que cortan la ladera. Mira pendiente arriba y pendiente abajo.

Hace más de dos mil años, alguien cogió un trozo de barro, lo apretó con la mano y lo dejó en el suelo de su casa. Ese barro ha llegado hasta nosotros. Con sus huellas dactilares.

Apareció en dos mil veintiséis, una pella de arcilla junto a piezas completas, sobre los suelos originales. Es lo más parecido a un apretón de manos que vas a recibir de un íbero.

Ahora mira a tu alrededor. Esa mano pertenecía a alguien que vivía en una ladera y que no la allanó: la domesticó. El poblado se organizó en terrazas escalonadas, talladas directamente en la roca. Fíjate en los muros que escalonan la pendiente. Seguían las curvas del terreno, como las líneas de un mapa de montaña. Entre muro y muro quedaban calles de unos tres metros, más o menos lo que ocupa hoy un carril de carretera. El hueco hasta las casas se rellenaba para ganar suelo firme.

Las casas tenían la base de piedra y las paredes de adobe o tapial, es decir, de barro.

Y ahora, el giro. Las casas que vas a ver con sus paredes enteras, y el horno de cerámica, no son íberas. Son recreaciones modernas, levantadas para que puedas imaginar cómo fue el poblado. Lo entero es de ahora. Lo antiguo es lo que está roto, bajo, marcado por el fuego. Aprende a distinguirlo y el paseo cambia por completo.

Lo que llegó de verdad hasta nosotros, por cierto, todavía guarda preguntas sin respuesta.

Para profundizar

¿Cómo se sabe que todo esto es del siglo dos antes de Cristo? Con tres pistas que se confirman entre sí. La cerámica, que cambia de estilo como cambia la moda. Las dataciones de carbono catorce. Y una moneda con Jano bifronte, esa cabeza de dos caras que mira a la vez hacia delante y hacia atrás. Difícil pedir mejor patrón para un yacimiento.

En algunas casas originales se conservan, además, las improntas de puertas, ventanas y postes. Es decir, el hueco que dejó la madera cuando ya no estaba.

La excavación de dos mil veintiséis abrió unos doscientos metros cuadrados y sacó a la luz una vivienda con un patio cubierto solo en parte, unas escaleras y un aljibe, un depósito para el agua, que el equipo todavía tiene que interpretar. Un aljibe en lo alto de un cerro de roca tiene toda su lógica. Lo que no se sabe aún es qué papel jugaba en esa casa.

Cuando pases junto a las recreaciones, recuérdalo. Las casas reconstruidas te enseñan cómo pudo ser. Los restos excavados te enseñan lo que fue.

Casas íberas excavadas y el incendio del siglo II a. C.

Lo que el fuego guardó

Casas íberas excavadas del Poblado Íbero del Cerro de la Cruz, Almedinilla

Junto a las estancias excavadas del sector este, bajo la cubierta protectora. Mira la parte baja de los muros.

Es una paradoja difícil de digerir. Si este poblado se conserva tan bien, es en parte gracias al fuego que lo destruyó.

Estas son casas de verdad. No son recreaciones: son restos excavados de viviendas íberas de época tardía, destruidas con violencia hacia mediados del siglo dos antes de Cristo. Cuando techos y paredes de barro se vinieron abajo entre las llamas, sellaron lo que había dentro. Objetos, suelos, estructuras. El incendio funcionó como una cápsula del tiempo.

Mira la base de los muros. Esos zócalos de piedra son el arranque de cada casa. Encima iban paredes de adobe o tapial. Y si miras con atención, en algunos restos se reconocen huellas de puertas, de ventanas y de los postes que sostenían un segundo piso. Casas de dos alturas, en una ladera, hace más de dos mil años.

La cubierta que ves encima es moderna. Protege este sector mientras siguen la excavación y la consolidación, que en dos mil veintiséis todavía estaban en marcha, y se ha ido ampliando en las campañas más recientes.

Y aquí viene lo bueno. En dos mil veinticinco, en una campaña que pensaba excavar unos trescientos metros cuadrados, aparecieron por primera vez unas escaleras. La primera idea fue que comunicaban dos calles. Ignacio Muñiz y su equipo acabaron leyéndolas de otra manera: eran la subida a un hórreo, un granero en alto.

Un par de escalones cambiaron la historia. Ya no era un cruce de caminos. Era el camino a la despensa.

Para profundizar

En este mismo sector hay un enigma de barro. Una gran estructura de adobe con muros que llegan a los tres metros, la altura del techo de una casa. Cuando asomó en dos mil veinticinco, con más de dos metros a la vista, el equipo dudaba entre un hórreo y un horno. Después la lista de candidatos cambió: almacén, hórreo o suspensura, que es un tipo de suelo sobreelevado. La pregunta sigue abierta, y así hay que dejarla.

Estas estancias guardan también la huella de quienes llegaron antes que los arqueólogos de ahora. En dos mil veintiséis, en una de ellas apareció el rastro de un agujero hecho por un furtivo. Y junto a él, las marcas de las primeras excavaciones, las de mil novecientos ochenta y siete.

Dos maneras muy distintas de buscar en el mismo suelo. Una, para llevarse algo. La otra, para entenderlo.

Mirando estas casas, casi todo el mundo se hace la misma pregunta: ¿había una muralla que las protegiera? Vamos a buscarla.

¿Tuvo muralla el Cerro de la Cruz?

La muralla que no aparece

Muros de la ladera del Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

En un tramo del recorrido con vista a la ladera y a los muros de piedra que la atraviesan.

Un poblado en lo alto de un cerro, en tiempos de guerra con Roma. Lo lógico sería encontrar una muralla. Y aquí está la sorpresa: en superficie no se conservan restos que puedan identificarse como murallas íberas.

Muros sí hay. Los vas a ver recorriendo la ladera. Pero un muro de piedra en el campo puede contar historias muy distintas. Puede ser la defensa de alguien que temía un asalto. O algo mucho más cotidiano: un bancal para que la tierra no se escape cuesta abajo, o la linde de una finca, la frontera entre lo mío y lo del vecino.

Las dos lecturas compiten. Y a simple vista, una piedra defensiva y una piedra agrícola se parecen mucho. Lo que las distingue es la intención de quien las colocó, y la intención no deja huella.

Quizá la muralla existió y no ha llegado hasta nosotros. Quizá la pendiente hacía buena parte del trabajo. Lo que sí sabemos es que, al final, ningún muro detuvo el fuego.

Para profundizar

Esta parada es una pequeña lección sobre cómo se trabaja en arqueología. Sería fácil, y mucho más vistoso, señalar cualquier hilera de piedras y llamarla muralla. Pocas palabras venden mejor un yacimiento. Pero lo cierto es que aquí, a la vista, no hay ningún lienzo defensivo confirmado.

Así que la próxima vez que pases junto a un muro de piedra en un campo andaluz, piénsalo dos veces. Puede que alguien lo levantara para defender su vida. O puede que lo levantara para defender sus lindes, que en el campo, hay que reconocerlo, a veces se vive con la misma pasión.

Ahora toca mirar fuera del cerro, hacia el lugar donde esta gente despedía a sus muertos.

Necrópolis de Los Collados y las tumbas de mujeres con armas

Los Collados, mujeres con armas

Entorno de la necrópolis de Los Collados junto al Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

En un punto del recorrido con vista abierta al entorno del cerro. Esta parada es para mirar el paisaje que rodeaba el poblado, no tumbas concretas.

Dos tumbas, la tres y la seis. Dentro, restos de personas incineradas. Y junto a ellas, armas.

Durante mucho tiempo, esa combinación tenía una lectura casi automática: un guerrero. Un estudio publicado en dos mil veinticinco volvió a examinar esos restos y llegó a otra conclusión. Probablemente eran mujeres.

Esas tumbas pertenecen a Los Collados, la necrópolis del poblado. Estaba fuera del Cerro de la Cruz, en su entorno, y la protección del yacimiento también la alcanza. Era una necrópolis de cremación: allí se quemaba a los muertos y se enterraban sus restos con los objetos que les acompañaban.

El primero que la excavó fue Luis Maraver y Alfaro, en mil ochocientos sesenta y siete. Dio a conocer más de doscientas sepulturas con sus ajuares. Un hombre del siglo diecinueve abriendo, una tras otra, tumbas que llevaban siglos cerradas.

Lo que nadie podía hacer entonces era preguntar a los restos quiénes eran. Hoy sí se puede. Y la respuesta obliga a revisar una idea muy asentada: que las armas, en una tumba íbera, hablaban siempre de un hombre.

Mientras miras este paisaje, piensa en esas dos personas. Quizá vivieron en un poblado como el que acabas de recorrer. Y alguien, al despedirlas, decidió que debían irse con sus armas.

Para profundizar

La cifra que más da que pensar llega cuando se amplía la mirada. Según las revisiones recogidas en ese mismo estudio, alrededor del veintisiete por ciento de las tumbas íberas con armas que se conocen correspondería a mujeres. Más o menos, una de cada cuatro.

No es, por tanto, un caso aislado en este cerro. Es un patrón que empieza a dibujarse.

La pregunta que deja abierta no tiene una respuesta sencilla. ¿Esas armas hablaban de mujeres que combatían? ¿De su posición en la comunidad? ¿De un gesto de quienes las enterraron? Las tumbas no lo dicen. Lo que sí dicen es que, desde que Maraver abrió las primeras, durante mucho tiempo se ha contado esta historia mirando solo a una parte de quienes la vivieron.

Ahora sube al punto más alto. Desde allí se entiende el poblado entero, y también su final.

Mirador de la Ermita del Cerro de la Cruz

El final, visto desde arriba

Vistas desde el mirador del Poblado Íbero del Cerro de la Cruz, Almedinilla

En el mirador de la ermita, con Almedinilla delante. Si el día está claro, busca en el horizonte Priego de Córdoba y Alcaudete.

Desde aquí arriba se entiende por qué alguien quiso vivir en este cerro. Y quizá también por qué alguien quiso destruirlo.

Delante tienes las fachadas blancas de Almedinilla, el dibujo de sus calles y el olivar cubriéndolo casi todo. En días claros, la vista llega hasta Priego de Córdoba y Alcaudete. Estás en el mismo enclave que el poblado: un pliegue de roca caliza de las Subbéticas que domina el pueblo por el suroeste. El yacimiento ocupa unos cincuenta mil metros cuadrados, cinco hectáreas. Unos siete campos de fútbol, escalonados en terrazas talladas en la roca y sin murallas visibles.

Ahora, la parte difícil. El incendio que acabó con este lugar no es un relato de abuelos. En el nivel del fuego han aparecido restos humanos. Y en una de las calles, personas con marcas de muerte violenta. Gente que no llegó a salir.

¿Quién lo hizo? La respuesta honesta es una hipótesis. Los investigadores relacionan el episodio con las Guerras Lusitanas, cuando Roma combatía a Viriato. Es posible que el general Serviliano arrasara el poblado como castigo por haberle dado apoyo. Posible. No probado.

Hay otra idea que inquieta. El equipo que excava propone que todo esto se levantó y se destruyó en un plazo breve, quizá unos cincuenta años. Apenas dos generaciones entre la primera piedra y la última llama.

Para profundizar

Vuelve la vista hacia el propio cerro, hacia la forma de la ladera y sus escalones. Las cubiertas que asoman sobre los sectores excavados son modernas, no íberas.

En enero de dos mil veinticinco empezaron unos trabajos con tres objetivos: documentar nuevas estancias en el sector este, reducir la erosión y ampliar esa cubierta protectora. Es una labor lenta, por fases, que sigue en marcha.

Durante más de dos mil años, la tierra protegió estas casas. Ahora que están al aire, hay que protegerlas de otra manera: del agua, del viento, del paso del tiempo.

El poblado tuvo, quizá, medio siglo de vida. Lleva más de veinte siglos contando su final, y cada campaña añade una línea nueva a esa historia.

Cuando bajes al pueblo, levanta la vista hacia aquí. Ahora sabes lo que guarda este cerro.

Prepara tu visita


Preguntas frecuentes

¿Qué ver en el Poblado Íbero del Cerro de la Cruz (Almedinilla

Terrazas escalonadas talladas en la roca, casas íberas excavadas con zócalos de piedra y huellas de puertas, ventanas y postes, una gran estructura de adobe de función aún debatida, casas y un horno reconstruidos modernamente y el mirador de la ermita, con vistas a Almedinilla, su olivar, Priego de Córdoba y Alcaudete.

¿Cuál es la historia del Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

Es un poblado ibérico tardío del siglo II a. C. que, según el equipo local, quizá se construyó y destruyó en unos 50 años. Un incendio violento lo arrasó, probablemente entre 145 y 140 a. C. Una hipótesis lo atribuye al general romano Serviliano, en el contexto de las Guerras Lusitanas. Es Bien de Interés Cultural desde 2002.

¿Cómo llegar al Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

El yacimiento ocupa el Cerro de la Cruz, la elevación caliza de las Subbéticas que domina Almedinilla por el suroeste. Comparte enclave con la ermita y su mirador, uno de los puntos altos del municipio. El terreno es rocoso y en pendiente, así que conviene llevar calzado cómodo para recorrerlo.

¿Cuál es el horario de visita del Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

Los horarios y las condiciones de acceso conviene confirmarlos antes de ir en la web del Ecomuseo del Río Caicena o en la oficina de turismo de Almedinilla. El yacimiento sigue en investigación, con campañas en 2025 y 2026, y algunos sectores pueden tener trabajos en curso durante tu visita.

¿Cómo se consiguen las entradas del Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

Para conocer precios, reservas y modalidades de visita, lo mejor es consultar directamente al Ecomuseo del Río Caicena, que dirige las excavaciones del yacimiento, o a la oficina de turismo de Almedinilla. Así tendrás la información actualizada antes de subir al cerro y podrás organizar la visita con tiempo.

¿Cuánto se tarda en visitar el Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

La audioguía recorre 6 paradas, desde el acceso hasta el mirador de la ermita, y suma unos 25 minutos de escucha. A eso hay que añadir el paseo por un yacimiento de unos 50.000 m² en ladera, con terreno rocoso y pendiente, y el tiempo para disfrutar de las vistas del valle.

¿Tenía muralla el Poblado Íbero del Cerro de la Cruz

En superficie no se conservan restos identificables de murallas ibéricas. Hay muros visibles en la ladera, pero su lectura se discute: podrían ser defensivos o, de forma más cotidiana, aterrazamientos agrícolas o límites de fincas. Por eso no se presenta ningún lienzo defensivo como confirmado en el yacimiento.

¿Quiénes eran las mujeres enterradas con armas en Almedinilla

Un estudio publicado en 2025 analizó los restos cremados de las tumbas 3 y 6 de la necrópolis de Los Collados, asociada al poblado, y los identificó como probablemente femeninos pese a ir acompañados de armas. Según sus revisiones, el 27 % de las tumbas ibéricas con armas conocidas correspondería a mujeres.

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