Museo Julio Romero de Torres: audioguía por sus cuadros en Córdoba
Entra en el Museo Julio Romero de Torres por una plaza que Cervantes coló en el Quijote y donde una fuente cambió de sitio. Dentro te espera el mundo del pintor que la copla convirtió en leyenda: la casa familiar donde nació, la historia de una familia que no quiso vender y sus cuadros más conocidos, de La Chiquita Piconera a Cante Hondo, con historias de modelos y de manos prestadas.

Plaza del Potro de Córdoba: la fuente de 1577 y el Potro del Quijote
La fuente que se mudó de casa
Colócate junto a la fuente, en el centro de la Plaza del Potro, y levanta la vista hacia la figura que la remata.
¿Qué hace un caballito presidiendo una plaza de Córdoba? Sube la vista hasta lo alto de la fuente y ahí lo tienes: un potro pequeño, rematando el conjunto. A él y a la fuente se asocia tradicionalmente el nombre de esta plaza, en el barrio de la Ajerquía.
La fuente se construyó en mil quinientos setenta y siete, en tiempos de Felipe II. Su propósito era muy poco poético: que el vecindario tuviera agua.
Y aquí viene lo bueno. Esta fuente no está donde nació. En mil ochocientos cuarenta y siete la trasladaron desde el otro extremo de la plaza, justo donde hoy se alza el Triunfo de San Rafael. Una fuente renacentista que hizo la mudanza, como cualquiera de nosotros.
El potro, además, tiene sus cicatrices. Los muchachos de la plaza le rompieron las manos, y el alcalde Salvador Muñoz Pérez mandó después restaurarlo. Así que lo que ves es una pieza del siglo dieciséis, desplazada y reparada, con más vida de la que aparenta.
Esta plaza fue mercado de ganado y lugar de artesanos. Hoy sus laterales reúnen, entre otros edificios, dos museos: el de Bellas Artes y el de Julio Romero de Torres. Ahí dentro, en una casa con mucha historia de familia, te espera una mirada que no vas a poder esquivar.
Para profundizar
Hasta el nombre de la plaza tiene discusión. Ramírez y de las Casas-Deza defendía que venía del potro y de la venta de animales. Rodríguez Marín, en cambio, sostenía que procedía del mesón que hubo aquí. Cada uno se quedó con su versión, y el potro sigue ahí arriba, ajeno a la discusión.
Cervantes también pasó por esta plaza, al menos con la pluma. En el capítulo tercero de la primera parte del Quijote, el ventero que arma caballero a don Quijote presume de sus andanzas de pícaro por media España, y entre esos lugares cita el Potro de Córdoba. No sitúa aquí ningún mesón concreto: le basta con nombrar la plaza para dejarla asociada a la picaresca. La memoria cordobesa recuerda además que el escritor vivió aquí parte de su niñez. Una plaza de ganado y de artesanos, colada en las páginas del Quijote: no está nada mal para un abrevadero.
Y aquel mesón del que hablaba Rodríguez Marín, como toda posada antigua que se precie, también tiene su historia negra. Cuenta la tradición que un mesonero cometía asesinatos entre sus paredes. Ya en mil novecientos veintidós, un cronista de la ciudad dejó escrito que aquello era fantasía del pueblo, no un hecho probado. Me quedo con la leyenda como lo que es: un buen cuento para contar junto a la fuente.
La casa natal de Julio Romero de Torres: de Córdoba a Madrid y a la copla
La casa donde nació el pintor

Nada más cruzar la puerta del museo, antes de entrar en las salas, detente un momento en la entrada.
Antes de mirar un solo cuadro, mira dónde estás. Este museo está ligado a la casa de la familia Romero de Torres y a sus espacios anexos. Aquí nació Julio Romero de Torres, el nueve de noviembre de mil ochocientos setenta y cuatro.
¿Y por qué una familia vivía puerta con puerta con un museo? Porque el padre, Rafael Romero Barros, dirigió el entonces Museo Provincial de Bellas Artes, instalado en el antiguo Hospital de la Caridad. El niño creció, literalmente, entre cuadros. Por eso el museo dedicado al hijo nació como un pabellón del de Bellas Artes. Hoy son dos museos distintos, en espacios distintos, que forman un mismo conjunto con un patio y un acceso compartidos.
Aquel niño no se quedó en Córdoba. En mil novecientos dieciséis trasladó su taller a Madrid, y desde ese mismo año fue profesor de Ropaje en la Academia de San Fernando. Un cordobés enseñando a vestir figuras en la gran academia madrileña. Se convirtió en un pintor simbolista de enorme popularidad en vida: mujeres que miran de frente y una Córdoba convertida en símbolo.
Tanto caló que acabó en una canción. Hay un pasodoble popular que arranca así: «Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena». Muchos visitantes llegan con esa copla en la cabeza antes que con ningún cuadro, y con ella el mito de la mujer cordobesa al que va unido su nombre. Ahí dentro verás que detrás del mito hay mujeres con nombre y apellido.
En mil novecientos treinta, ya en pleno éxito, regresó a Córdoba. Ese mismo año, el diez de mayo, murió aquí, en la casa familiar, a causa de una enfermedad hepática.
Enrique Romero de Torres y el origen del museo: la familia que no vendió
Una familia que dijo que no

Sal al patio que este museo comparte con el de Bellas Artes y detente allí, entre los dos.
Este museo existe porque una familia dijo que no. Tras la muerte repentina del pintor llegaron ofertas para comprar sus obras. Quien dio la cara fue su hermano, Enrique Romero de Torres, director del Museo Provincial de Bellas Artes, el mismo que había dirigido su padre, y representante de la familia en las gestiones para que todo se quedara en Córdoba. En junio de mil novecientos treinta comunicó al Patronato la decisión familiar: no se desprenderían ni de un cuadro ni de un objeto del artista.
El museo abrió de forma provisional el veintitrés de noviembre de mil novecientos treinta y uno. El primer espacio pronto se quedó pequeño, así que en mil novecientos treinta y cuatro se modificó el proyecto y se sumó otra casa de la plaza, el número cinco. La apertura definitiva llegó el veinticuatro de mayo de mil novecientos treinta y seis, con tres salas nuevas junto a las tres que ya había.
¿Y qué es lo que se quedó? Obras y enseres personales del pintor, recogidos en los talleres que tuvo en Madrid y en Córdoba. Eso es lo que vas a ver. Lo que no debes esperar es una reconstrucción íntegra de la vivienda tal como la dejó la familia: lo que recorres es un museo, con su propio montaje, que reúne esas piezas.
La casa tampoco es de una sola época. Su núcleo original es anterior a mil ochocientos sesenta y dos, y desde entonces se ha transformado: a la ampliación de los años treinta se suman tres reformas del museo, la última en dos mil doce. Y la forma en que cuelgan hoy los cuadros es todavía más reciente. Tras una exposición temporal con obras de la Colección Telefónica, la colección permanente se reorganizó, y el museo reabrió el veintitrés de febrero de dos mil veinticinco.
Como cualquier casa con familia, ha ido cambiando de muebles sin cambiar de dueños.
La Chiquita Piconera: María Teresa López y la culminación de su pintura
La niña del brasero

Busca La Chiquita Piconera en la sala donde se exponga hoy y ponte frente al lienzo, a un par de pasos, con los ojos a la altura de los de la modelo.
Ella te está mirando. No de reojo ni con timidez: de frente. La joven de La Chiquita Piconera te sostiene la mirada como si quien estuviera expuesto fueras tú.
Baja la vista al primer plano. Está sentada en una silla de anea, junto a un brasero de cobre, con la badila metálica a mano. El cuadro se terminó en mil novecientos treinta: es una de sus últimas obras, acabada poco antes de su muerte. Por eso el museo la presenta como la culminación de su pintura. La modelo tiene nombre: María Teresa López.
Ahora sube hacia el fondo. Lo que parece una puerta funciona como una ventana abierta a Córdoba: la Ribera, el Guadalquivir, el Puente Romano y la Calahorra. La ciudad entera cabe detrás de una muchacha y un brasero. El lienzo mide un metro de alto por ochenta centímetros de ancho, más o menos una ventana de casa, y está pintado con óleo y temple.
Y aquí va el giro. Puede que ya conocieras esta cara antes de entrar. En mil novecientos sesenta y cinco el cuadro se reprodujo en una emisión de sellos, y viajó pegado a las cartas. Lo que tienes delante, eso sí, no es el sello ni una postal: es el lienzo.
Años después, ella contó cómo fueron aquellas sesiones. Su madre la acompañaba al estudio, y era la madre quien negociaba lo que se pagaba por cada sesión. Nada de musas caídas del cielo: una familia que sabía lo que valía el tiempo de su niña.
Vuelve a mirarla a los ojos sabiendo esto. Ya no es solo un símbolo. Es alguien que posó, que esperó quieta y que, muchos años después, se acordaba de todo.
Sigue adelante, porque en Cante Hondo el pintor cambia el silencio por la guitarra.
Cante Hondo: el flamenco pintado por Julio Romero de Torres
Pintar el cante hondo

Busca Cante Hondo; la web del museo lo sitúa en la sala cuatro. Colócate frente a él, con la guitarra de la figura central a la altura de tu vista.
¿Sabías que el pintor de esta casa tuvo tentaciones de cantaor? El propio museo cuenta que, con apenas veinte años, se presentó como cantaor en La Unión, tierra minera de cante, y que después volvió a los pinceles. Un aviso para no liarse: el Festival del Cante de las Minas que hoy conocemos no nació hasta mil novecientos sesenta y uno, tres décadas después de la muerte del pintor. Lo de su juventud fue otra cosa. Pero el cante no se le fue nunca.
La sala que el museo dedica a su obra sobre flamenco y copla se titula El origen de lo hondo, y la pieza que manda es esta: Cante Hondo. La empezó en mil novecientos veintidós y no la terminó hasta mil novecientos veinticuatro, inspirado por el Concurso Nacional de Cante Hondo de Granada.
Mira primero el centro. La figura principal sostiene una guitarra, colocada como el eje de toda la composición, y se alza sobre un pedestal con platería cordobesa y angelotes.
Ahora recorre la parte baja y los lados. Alrededor pasa la vida entera de una copla: un crimen, una pareja que se besa, un duelo junto a un ataúd. Junto al féretro de la mujer aúlla un galgo. Se llamaba Pacheco. Mucha gente ha querido ver en esa escena un presagio de la muerte del propio pintor. Es una impresión que se ha ido contando, no una profecía demostrada, pero cuesta mirar al perro sin pensarlo.
En dos mil veinticuatro, a los ciento cincuenta años del nacimiento del artista, este cuadro participó en la exposición Julio Romero de Torres, pintor de la modernidad, en diálogo con artistas contemporáneos. Quien quiso cantar acabó pintando el cante.
Sigue hacia Ángeles y Fuensanta: dos mujeres que esperan junto a una ventana algo que nadie ha sabido explicar.
Ángeles y Fuensanta: el enigma de la carta y el medallón
La carta y el medallón

Busca Ángeles y Fuensanta; la web del museo la sitúa en la sala seis. Colócate en el centro, de modo que veas a las dos mujeres y la ventana del fondo.
Una carta abierta. Un medallón con un retrato diminuto. Y dos mujeres que no se miran. Así empieza el enigma de Ángeles y Fuensanta, un cuadro fechado en mil novecientos nueve.
Las dos están sentadas junto a una ventana, y al fondo asoma Córdoba: la Ribera, el Campo de la Verdad y los Visos.
Busca las manos. Ángeles sostiene el medallón, con su retrato en miniatura. Fuensanta tiene la carta abierta. Y aquí está el detalle que descoloca: en esa carta aparece la firma del pintor. Romero de Torres se coló en el cuadro sin dejarse ver.
¿Quién está en el medallón? ¿Quién escribió la carta? El museo relaciona esos dos objetos con el joven que pasea junto al río, allá abajo, en el paisaje. Es una lectura posible, y el cuadro no suelta más pistas. Quizá ahí está la gracia.
Mira ahora a Fuensanta, la figura de la derecha. El encaje blanco contra la ropa oscura, y sobre sus rodillas un mantón rojo que enciende media escena. Aunque comparten lienzo, las dos se interpretan como retratos aislados, cada una en su mundo, casi sin comunicarse.
Un aviso para no cruzar cables: este no es La Fuensanta, el cuadro que acabó en el billete de cien pesetas y para el que posó María Teresa López, la chiquita piconera. Aquí Fuensanta comparte lienzo con Ángeles, en otro cuadro y en otro momento de su carrera.
El fondo tampoco es un plano de la ciudad. Se lee como una composición de ambiente místico y simbólico, más sueño que mapa. Dos mujeres, una carta, un medallón, y ninguna respuesta.
Siguiente parada: el gran políptico que, según la web del museo, comparte sala con este cuadro. Córdoba entera, contada en siete paneles.
Para profundizar
Este es un cuadro temprano, y el museo ve en él un anuncio de lo que vendría después: el retrato acabaría siendo uno de los grandes caminos del pintor. En mil novecientos nueve ya ensayaba cómo meter una historia entera en dos caras calladas.
Poema de Córdoba: la historia de la ciudad en siete paneles
Una ciudad en siete paneles

Busca Poema de Córdoba —la web del museo lo sitúa también en la sala seis— y colócate lo bastante lejos como para abarcar los siete paneles a la vez.
¿Cuánta historia cabe en una pared? Julio Romero de Torres intentó meter aquí la de Córdoba entera, y para lograrlo la partió en siete. Cuéntalos: siete paneles. El boceto es de mil novecientos trece, y la obra completa se fecha hacia mil novecientos trece o mil novecientos quince.
Llevan nombres que suenan a capítulos: torera, religiosa, romana, cristiana, judía, barroca y guerrera. Por ellos desfilan, en forma de personajes y episodios, el Gran Capitán, Góngora, Maimónides, San Rafael, Séneca, Osio y el torero Lagartijo. Un militar, un poeta, un filósofo judío, un santo, un pensador romano, un obispo y un matador. Todos en la misma foto de familia.
Ahora fíjate en el truco. La historia no aparece en estatuas de héroes. El pintor la convierte en alegorías femeninas: mujeres que encarnan cada época de la ciudad. Y los escenarios son simbólicos, no vistas documentales.
Mira el panel central, el que más pesa a la vista. Ya en mil novecientos quince, una crónica describía estos siete paneles y leía el del centro como una ofrenda a San Rafael, patrón de Córdoba. A los lados, Séneca queda unido a la filosofía y Osio al misticismo. Y cerrando la lista, Lagartijo, emblema del toreo cordobés.
Una ciudad capaz de sentar en el mismo cuadro a un filósofo romano y a un torero sabe muy bien quién es. O, por lo menos, lo cuenta con mucho aplomo.
Siguiente parada: Flor de Santidad, donde una mujer de negro sostiene un misal con unas manos que no son suyas.
Para profundizar
Uno de los que mejor miraron este cuadro fue el escritor Eduardo Zamacois. Para él, el Gran Capitán representaba la conquista y Góngora la Córdoba barroca. A Maimónides lo llamó el Platón hebreo, y se detuvo en una escena de celos que se cuela en su panel. En un cuadro tan solemne, alguien está celoso. Así de humanos son los símbolos.
Flor de Santidad: el rostro de Socorro Miranda y las manos de Francisca Pellicer
El rostro de una, las manos de otra

Busca Flor de Santidad en la sala donde se exponga hoy: la web del museo la incluye en la sala cinco, pero tras el desprendimiento del falso techo de esa sala en agosto de dos mil veintiséis sus lienzos se trasladaron. Colócate frente a ella: primero cerca, para ver las manos, y luego un paso atrás, para abarcar la plaza del fondo.
El rostro de una mujer y las manos de otra. Ese es el secreto de Flor de Santidad, y lo tienes delante.
El cuadro es de mil novecientos diez, y la modelo es una cordobesa, Socorro Miranda. Viste traje negro y mantilla, con los puños blancos y un misal entre los dedos. Romero de Torres no quería un retrato de encargo correcto y neutral. Buscaba una imagen mística.
Acércate a las manos. Esas manos no son de Socorro: el pintor tomó como modelo las de su esposa, Francisca Pellicer. En este lienzo conviven dos mujeres en un solo cuerpo, y una de ellas compartía la vida con el artista.
Da ahora un paso atrás y mira el fondo. Parece una plaza de Córdoba, pero no la encontrarás en ningún mapa. Es una plaza inventada que mezcla lugares reales: el triunfo de San Rafael, la plaza de Capuchinos, la Fuenseca y una ribera imaginada. Córdoba recortada y vuelta a pegar a gusto del pintor.
Hasta el título juega al despiste. Suena a texto sagrado, pero no sale de ninguna escena bíblica: Romero lo tomó prestado de una obra de Valle-Inclán.
El museo agrupa este cuadro en Semblanzas, el conjunto de retratos y estudios de expresión. Pocas semblanzas hay tan tramposas, y tan bien hechas, como esta.
Para profundizar
El cuadro no se quedó mucho tiempo callado en la pared. Francisco Villaespesa, poeta almeriense y amigo íntimo del pintor, incluyó su imagen en su libro Andalucía, publicado en mil novecientos once. Apenas un año después de pintada, la mujer de negro ya andaba entre poemas.
Al salir, la plaza te devolverá la fuente y su potro. Ahora ya sabes que, como los cuadros de aquí dentro, tampoco son exactamente lo que parecen.
Prepara tu visita
- El recorrido empieza en la Plaza del Potro, en el barrio de la Ajerquía de Córdoba; el museo está en uno de sus laterales y comparte patio y acceso con el Museo de Bellas Artes, instalado en el antiguo Hospital de la Caridad.
- Antes de ir, confirma horarios, precios y apertura directamente con el museo. El veintisiete de agosto de dos mil veintiséis se informó de un cierre preventivo tras desprenderse parte del falso techo de la Sala 5, cuyos lienzos se trasladaron de forma preventiva. A ocho de octubre de dos mil veintiséis, la web oficial mostraba el horario ordinario, pero no un aviso expreso de reapertura: comprueba si el museo ha reabierto y qué salas están accesibles.
- Las salas que cita esta guía son las que indica la web del museo, pero la colocación de las obras puede haber cambiado por la reorganización de febrero de dos mil veinticinco y por los traslados posteriores. Si un cuadro no está donde esperas, pregunta al personal y sigue el relato desde donde lo encuentres.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es el horario del Museo Julio Romero de Torres
Confírmalo directamente con el museo antes de la visita. En agosto de 2026 se informó de un cierre preventivo tras desprenderse parte del falso techo de la Sala 5; a 8 de octubre de 2026 la web oficial mostraba el horario ordinario, pero sin un aviso expreso de reapertura.
¿Cuánto cuestan las entradas del Museo Julio Romero de Torres
El precio de las entradas debe consultarse en la web oficial del museo o en la oficina de turismo de Córdoba antes de ir. Se trata de un museo municipal situado en la Plaza del Potro.
¿Qué cuadros de Julio Romero de Torres destacan en el museo
Destacan La Chiquita Piconera, terminada en 1930 y considerada por el museo la culminación de su pintura; Cante Hondo, pintado entre 1922 y 1924; Poema de Córdoba, un políptico de 7 paneles fechado hacia 1913-1915; Ángeles y Fuensanta, de 1909, y Flor de Santidad, de 1910, protagonizada por la cordobesa Socorro Miranda.
¿Se tarda mucho en visitar el Museo Julio Romero de Torres
Esta audioguía propone 8 paradas, desde la Plaza del Potro hasta Flor de Santidad, con un relato esencial en cada una y, en varias, un tramo opcional para profundizar. La duración depende de tu ritmo: si vas con prisa, puedes escuchar solo lo esencial.
¿Dónde está el Museo Julio Romero de Torres
En la Plaza del Potro, en el barrio cordobés de la Ajerquía. Está ligado a la casa familiar donde nació el pintor y a sus espacios anexos, y forma conjunto con el Museo de Bellas Artes, situado en el antiguo Hospital de la Caridad y dirigido en su día por su padre, Rafael Romero Barros; ambos comparten patio y acceso.
¿Cuándo se inauguró el museo
Tuvo una apertura provisional en 1931, un año después de la muerte del pintor, y otra definitiva en 1936, tras ampliarse con otra casa de la plaza. Existe porque la familia rechazó vender sus obras; la colección permanente se reorganizó en 2025.
¿Quién fue la modelo de La Chiquita Piconera
María Teresa López, que de niña acudía al estudio acompañada por su madre. El cuadro, de 100 × 80 cm, se terminó en 1930, poco antes de la muerte del artista, y se reprodujo en sellos en 1965.
¿Qué relación tiene la copla con Julio Romero de Torres
Un pasodoble popular empieza con el verso «Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena», y ha unido el nombre del pintor al mito de la mujer cordobesa.
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