Castillo de los Sotomayor y Zúñiga: la torre que se ve desde lejos
Una torre de cuarenta y siete metros, un patio que estuvo enterrado bajo escombros y un castillo que resistió a una división inglesa pero no a sus propios vecinos. En seis paradas descubrirás quién levantó la fortaleza de Belalcázar, quién la gobernó y quién se llevó sus piedras a casa. Es la historia de un castillo y también la de un pueblo que pasó de desmontarlo a pelear por salvarlo.

1. Cuarenta y siete metros de ambición
Colócate en el exterior, frente al castillo, en un lugar desde el que veas a la vez la torre del homenaje y la línea del foso excavado en la roca.
¿Cuánto mide la ambición de un señor del siglo quince? Aquí se puede medir con cinta: cuarenta y siete metros. Es la torre del homenaje que asoma sobre el cerro. Viene a ser un edificio de unas quince plantas, y la Junta de Andalucía la considera la más alta de España. La Junta, por cierto, es la dueña: compró el castillo en dos mil ocho. Un año después, el castillo quedó delimitado como Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento.
Ahora baja la vista. Ese corte que rodea parte de la fortaleza es un foso seco, excavado en la misma roca. Más abajo corre un arroyo que rodea el cerro, pero eso es otra cosa: el foso lo hizo la gente, y el arroyo ya estaba allí. Cerro abajo se extiende además otro recinto amurallado, irregular, con veintiuna torres de salud muy desigual.
Viajemos al dieciséis de enero de mil ochocientos diez. Por el camino aparecen sesenta dragones franceses, jinetes del ejército del mariscal Víctor. La villa nunca los había visto. Muchos vecinos no esperaron a conocerlos mejor: cargaron con la familia y con lo que pudieron llevarse, y se fueron.
Los que se quedaron recibieron la factura en abril. Ciento ochenta soldados exigieron al vecindario cien mil reales. Al final se pagó la mitad, porque el general Desolle perdonó el resto. Todo un detalle: cobrar solo cincuenta mil por entrar sin llamar.
Pero los franceses no habían terminado con este castillo, ni el castillo con ellos. Sigue hacia la puerta.
Para profundizar
En junio de mil ochocientos diez, el castillo se habilitó para alojar tropas. Dentro quedó una guarnición de unos doscientos soldados, de infantería y de caballería. Un año después, en mayo de mil ochocientos once, la fortaleza servía de almacén francés. La defendían solo unos cuarenta hombres al mando del teniente Charpentier.
Entonces llegó una división inglesa y la sitió. Los atacantes dispararon más de doscientas balas y murieron dos ingleses. Al cabo de veinticuatro horas, sin haber tomado el castillo, levantaron el sitio. Cuarenta hombres contra una división: la piedra, desde luego, hacía bien su trabajo.
Más de dos siglos después, el cerro volvió a abrirse, esta vez con fines más pacíficos. En octubre de dos mil veinticinco se cavaron zanjas para el cableado del proyecto de iluminación. Los arqueólogos vigilaron cada palada. Lo que apareció fueron sillares caídos, bloques de piedra desprendidos con el tiempo. No salió ningún hallazgo que cambie la fecha de origen del castillo. A veces la arqueología consiste en eso: confirmar con paciencia que los siglos también tiran piedras.
2. Una puerta, dos pasos y un pueblo arrepentido
Ponte ante la puerta que se abre entre las torres y mira hacia el interior, donde se adivina la segunda puerta.
Hubo un tiempo en que los vecinos de Belalcázar subían esta cuesta con herramientas, y no precisamente para arreglar nada. Una noticia de mil ochocientos cuarenta y cinco lo recordaba sin rodeos. Cuando se marcharon los franceses, gente del pueblo derribó parte de las habitaciones del castillo. No es una leyenda. Es memoria escrita.
Ahora fíjate en cómo se entra. La puerta se abre entre torres, pero no te deja directamente dentro: antes del patio de armas hay una segunda puerta. Dos pasos para entrar, y dos ocasiones de cerrar el paso. La fortaleza se levantó en la segunda mitad del siglo quince. Sus principales dueños fueron dos linajes, los Sotomayor y los Zúñiga. En el siglo dieciséis se añadió al costado oriental una construcción residencial. O sea, que esto no era solo un cuartel con almenas. También era una casa, con sus señores dentro.
Si las juntas entre las piedras te parecen demasiado limpias, tienes buen ojo. Entre dos mil dieciocho y dos mil diecinueve se consolidó y restauró el conjunto. Ese rejuntado y las reparaciones son de entonces. Lo que tienes delante es fábrica histórica con cuidados modernos, no un castillo rehecho de arriba abajo.
Y aquí viene el giro. Con los años, el pueblo que se llevaba piedras acabó peleando por salvarlo. Cuando el castillo se abrió al público en dos mil diecinueve, la arqueóloga local Pilar García lo dejó claro. La Asociación Amigos de Belalcázar había empujado para que el castillo pasara a manos públicas. Aquel año, por fin, se pudo subir a la torre.
Cruza la segunda puerta. Al otro lado te espera la torre que lo empezó todo.
Para profundizar
El camino empedrado por el que has llegado es antiguo. Sigue haciendo hoy el mismo trabajo de siempre: llevar a la gente hasta la puerta. Eso sí, su pavimento se restauró entre agosto y octubre de dos mil veinticuatro. Bajo tus pies se mezclan piedras de siglos y piedras de ayer.
La restauración de dos mil dieciocho tampoco llegó por un camino llano. Antes de que empezaran las obras hubo críticas por los retrasos. Papeles, plazos, firmas y licencias: es la parte menos fotogénica de salvar un monumento, y probablemente la más difícil. Nadie hace audioguías sobre una licencia de obras, pero sin ella no estarías aquí.
Piensa en el contraste. Durante la ocupación francesa, este lugar fue cuartel y después almacén. Luego se convirtió en cantera para los vecinos.
3. La torre del heredero que dijo no
Sitúate al pie de la torre del homenaje, en el lado oriental del recinto, el que mira hacia la población, y levanta la vista hasta arriba del todo.
¿Quién levanta cuarenta y siete metros de piedra sobre un cerro? Alguien que quiere que lo vean desde lejos. Y quizá alguien con motivos para hacerse notar.
Ese alguien fue Gutierre de Sotomayor. En mil cuatrocientos cuarenta y cuatro, el rey Juan segundo le concedió Gahete, el nombre con el que todavía se conoce a veces este castillo. La entrega no fue pacífica. Afectaba a los intereses de Córdoba y abrió pleitos entre la ciudad y los nuevos señores. Un castillo así convertía el poder en algo que se veía desde todo el territorio.
La fortaleza se levantó entre mil cuatrocientos cincuenta y mil cuatrocientos ochenta y tres, y tiene ocho torres. Esta, la del homenaje, es la que manda. Gutierre la empezó, pero no la vio terminada. La completaron su hijo y su nuera, Elvira de Zúñiga. Busca en la torre y en los muros los escudos de piedra. Son la firma de las dos familias, los Sotomayor y los Zúñiga, tallada para quien quisiera leerla.
Y ahora, el detalle que descoloca. Tanto esfuerzo para asentar un linaje, y el primogénito que debía heredarlo todo decidió que no lo quería. Renunció al señorío para ingresar en el monasterio jerónimo de Guadalupe, y la herencia pasó a su hermano. Cuarenta y siete metros de poder, y el heredero prefirió una celda.
Ahora toca bajar, hacia el patio y hacia lo que guardaba bajo tierra.
Para profundizar
La torre forma parte de un conjunto declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento. Lo que ves conserva su fábrica histórica, pero un monumento necesita cuidados, y este los ha recibido hace poco. Entre agosto y octubre de dos mil veinticuatro se restauró el empedrado del acceso. En octubre de dos mil veinticinco, mientras se preparaba la iluminación monumental, un equipo de arqueología controló cada movimiento de tierra.
Cuando se abre el suelo de un castillo, aunque sea para meter cables, uno espera una gran revelación. Una inscripción, una fecha, el día exacto en que alguien colocó la primera piedra. Aquí el informe fue más honrado que espectacular. Documentó el movimiento de tierras y no anunció ninguna datación nueva del origen de la torre. Las fechas siguen siendo las que eran.
Para hacerte una idea de la altura, piensa otra vez en ese edificio de unas quince plantas. Ahora quítale el ascensor, hazlo de piedra y levántalo en el siglo quince. Gutierre no la vio acabada, y aun así su torre sigue obligando a todos a levantar la cabeza.
4. El patio que guardaba agua
Quédate en el centro del patio de armas, junto a los sectores excavados, y mira al suelo.
Ahora mismo, bajo tus pies, hay un depósito de agua del tamaño de una habitación. Mide tres metros treinta y ocho por tres metros dos y alcanza hasta dos metros sesenta de alto.
Durante mucho tiempo, este patio fue casi un desconocido. Escombros y rellenos tapaban sus estructuras y sus suelos originales, como una alfombra echada encima de la historia. En dos mil veintiuno llegó la excavación. La dirigió el arqueólogo Manuel Cobo, y la obra la ejecutó una empresa local, Construcciones Manuel Maya. Busca en los sectores excavados las losas rectangulares de granito. Son el suelo original del patio y de sus galerías. En el centro tienes el espacio donde apareció el aljibe.
Pero aquí viene lo bueno. No había un aljibe, había tres. Uno estaba en la torre del homenaje, otro bajo la llamada torre cinco y el tercero aquí, en el patio. Todos recogían la lluvia por canalizaciones que hoy quedan escondidas bajo el pavimento. Y el sistema permitía elegir qué depósito llenar primero. No se echaba el agua en un pozo cruzando los dedos: se repartía cada gota.
En un castillo, el agua es tiempo. Y quien diseñó esto quería tener mucho.
Para profundizar
La excavación resolvió además una duda sobre el aspecto del patio. Se pensaba que lo rodeaba un pórtico, y apareció la prueba. Había basamentos y apoyos de pilastras en las crujías norte, oeste y sur. Así que este patio tuvo galerías cubiertas, con sombra y paso a resguardo.
En la crujía occidental llegó la sorpresa mayor. Apareció una planta soterrada que nadie conocía, comunicada con la galería por unas escaleras y un vano. Era un piso entero escondido bajo otro, esperando a que alguien le quitara la tierra de encima. Uno pasa años creyendo que conoce una casa, y resulta que tenía sótano.
La tierra del castillo volvió a moverse en octubre de dos mil veinticinco, esta vez por el proyecto de iluminación. También entonces hubo control arqueológico. Los arqueólogos tienen esa costumbre tan sana: allí donde alguien cava, ellos miran.
En aquella campaña de dos mil veintiuno quedó sin excavar más de la mitad del interior. Lo que hoy pisas es lo que se sacó a la luz entonces. Lo que guardaba el resto, aquella campaña no lo contó.
5. Damas sin torre
Busca un sitio desde el que veas el costado oriental, donde el palacio se adosa al castillo, con la torre del homenaje en el flanco sureste, mirando hacia el pueblo.
Por aquí se oye a veces un nombre: la Torre de las Damas. Suena a celosías, a suspiros y a balcón. El problema es que nadie ha sabido ponerle muro. La torre que todos señalan es la del homenaje, en el flanco sureste, mirando al pueblo. La de las damas no aparece ni en los registros del monumento ni en la historia local.
Ahora bien, damas sí hubo. Y no precisamente asomadas a una ventana.
Este castillo, símbolo del pueblo, se conoce también como castillo de los Sotomayor o de Gahete, y se construyó en la segunda mitad del siglo quince. Cuando murió el señor que lo había promovido, su hijo Alfonso y Elvira Manríquez de Zúñiga impulsaron las obras hasta terminarlo. Y decidieron vivir aquí. Fíjate en el costado oriental. Ese palacio residencial pegado a la fortaleza se levantó en el siglo dieciséis y le dio al conjunto un aire mucho más palaciego. Por fuera era una muralla, y por dentro, una casa.
Y lo que cambia la imagen es esto. Cuando sus hijos aún eran menores de edad, Elvira no se quedó esperando en ninguna torre. Gobernó como regente. Además, vigiló de cerca la elaboración de las ordenanzas que organizaban la vida de la villa. Pero la dama existió en los documentos, que es donde de verdad se nota quién manda.
La subida a la torre y al mirador forma parte de la visita oficial, así que sigue las indicaciones del personal. Arriba se entiende todo el mapa.
Para profundizar
Antes de subir, levanta la vista hacia la torre del homenaje y busca su decoración: las ventanas trabajadas, las escaraguaitas, que son pequeñas garitas voladas, y el matacán. No toda la piedra que ves tiene la misma edad. En las obras de dos mil dieciocho y dos mil diecinueve se hicieron en la torre reintegraciones puntuales, pensadas para distinguirse de lo original. Si encuentras un remiendo que no disimula, es de entonces.
La familia también tuvo sus tragedias. Cuenta la crónica local que un Gutierre de Sotomayor, tercer conde, murió con veinticuatro años por un saetazo en el sitio de Casarabonela. Se dice también que el rey Fernando suspendió entonces la campaña.
Y luego está el giro literario. Cervantes dedicó el Quijote al octavo conde de Belalcázar. Un castillo pensado para la guerra acabó con su señor en la dedicatoria de una novela.
Quizá por todo eso el nombre de la villa quedó asociado a un bello alcázar. La fortaleza no solo dominó el paisaje: acabó dando nombre al lugar.
6. Desde arriba: el castillo que se fue al pueblo
Sube al adarve o, si la visita lo permite, al mirador de la torre del homenaje, y mira hacia el pueblo y hacia las murallas que bajan por el cerro.
Desde aquí arriba, el castillo deja de ser un edificio y se convierte en un mapa. Abajo, ciñéndose al cerro, corre el recinto amurallado exterior con sus veintiuna torres. Es un mundo aparte del castillo señorial donde estás tú, en la parte más alta. Y más allá se ven el pueblo y el camino empedrado por el que has subido.
En mil ochocientos diez, los franceses ocuparon el castillo y lo adaptaron a su manera: desmontaron almenas para organizar la defensa. Según una descripción del siglo diecinueve, esas almenas tenían forma de flor de lis. Las reparaciones se calcularon en ciento seis mil novecientos ochenta y seis reales. Es más del doble de lo que el pueblo había pagado a los propios franceses.
El asedio inglés de mil ochocientos once, el de las veinticuatro horas, tiene además otra versión. Es la que publicó la prensa del lado francés, y cuenta su historia con orgullo de parte. Según ese relato, el teniente Charpentier y sus hombres rechazaron todas las intimaciones a rendirse. Resistieron hasta que el bloqueo se levantó al cabo de cuarenta y ocho horas. El doble. Cada bando, ya se sabe, cuenta sus propias horas.
Pero el giro llegó con la paz. Terminada la guerra, los vecinos temían otra invasión. Pidieron permiso a la condesa para desmantelar las torres, y algunos aprovecharon la autorización para llevarse material a sus casas. Así que quizá, entre los tejados que ves abajo, haya muros con un pedazo de castillo dentro.
El castillo resistió a una división inglesa. A sus propios vecinos, no tanto.
Para profundizar
El suelo que pisas en el adarve tiene su propia historia reciente. Entre dos mil dieciocho y dos mil diecinueve se consolidó el recinto y se trataron las cubiertas y los adarves. Se colocaron protecciones modernas en las cubiertas, y las reintegraciones se hicieron de forma que se distinguen de lo antiguo. No es un castillo rehecho, sino un castillo al que se le dan los cuidados que pide su edad.
En dos mil veintitrés se anunció una obra exterior de cincuenta y cinco mil trescientos ochenta y ocho euros y tres meses de duración. En la plataforma de acceso aparecieron pavimentos empedrados. En dos mil veinticuatro se restauró el empedrado del acceso y se limpió el perímetro exterior. Y en octubre de dos mil veinticinco, las zanjas de la iluminación sacaron sillares caídos, sin ninguna fecha nueva sobre el origen del castillo.
Todo este cuidado tiene una razón. El castillo y su recinto amurallado son Bien de Interés Cultural, delimitado como Monumento en dos mil nueve. Y la gente ha vuelto: cinco mil quinientas treinta personas lo visitaron en la edición anterior a la reanudación de las visitas de dos mil veinticinco.
Dos siglos después de que los vecinos se llevaran sus piedras, ahora vienen a mirarlas.
Prepara tu visita
- Cómo llegar al punto de inicio: el castillo se alza en lo alto del cerro de Belalcázar. Se llega por el antiguo camino empedrado, que sigue siendo hoy el acceso al monumento.
- Visita oficial: la visita oficial incluye la subida a la torre del homenaje y a su mirador.
- Horarios: confirma horarios, turnos y condiciones de acceso en la web oficial de la Junta de Andalucía o en la oficina de turismo de Belalcázar antes de ir.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la historia del Castillo de los Sotomayor y Zúñiga
Se levantó entre 1450 y 1483 por iniciativa de Gutierre de Sotomayor, a quien Juan II concedió Gahete en 1444. Lo terminaron su hijo Alfonso y Elvira de Zúñiga, que lo convirtieron en residencia. En 1810 lo ocuparon tropas francesas, en 1811 resistió un asedio inglés y la Junta de Andalucía lo compró en 2008.
¿Cómo llegar al Castillo de los Sotomayor y Zúñiga
El castillo corona el cerro que domina Belalcázar. Se accede a pie por un antiguo camino empedrado que sigue siendo la entrada actual del monumento; su pavimento se restauró entre agosto y octubre de 2024. Antes de subir, conviene confirmar en la oficina de turismo el punto de encuentro de la visita.
¿Cuál es el horario de visita del Castillo de los Sotomayor y Zúñiga
Las visitas las organiza la Junta de Andalucía, que las reanudó en 2025. La visita oficial incluye la subida a la torre del homenaje y al mirador. Para conocer horarios y turnos actualizados, lo más fiable es consultar la web oficial de la Junta o la oficina de turismo de Belalcázar antes de ir.
¿Cuánto se tarda en visitar el Castillo de los Sotomayor y Zúñiga
Esta audioguía recorre 6 paradas, del foso exterior al adarve, y cada una ofrece un relato esencial y otro para profundizar. La duración real depende de la visita guiada del día y de si incluye la subida a la torre de 47 m y al mirador. Conviene confirmarlo en la oficina de turismo.
¿Es la torre del homenaje de Belalcázar la más alta de España
La Junta de Andalucía describe la torre del homenaje de Belalcázar, de 47 metros, como la más alta de España. Es el emblema del castillo, sobresale sobre el resto de la fortaleza y se sitúa en el flanco sureste, orientada hacia la población. La visita oficial permite subir hasta su mirador.
¿Qué se descubrió en el patio de armas del castillo
La excavación de 2021, dirigida por Manuel Cobo, sacó a la luz galerías, crujías, pavimentos de granito, restos de un pórtico y una planta soterrada desconocida. También documentó tres aljibes conectados a canalizaciones de lluvia. El aljibe central mide 3,38 por 3,02 metros y alcanza 2,60 metros de altura.
¿Qué pasó en el castillo durante la ocupación francesa
En enero de 1810 llegaron los primeros dragones franceses, y en junio el castillo ya alojaba a unos 200 soldados. En mayo de 1811, unos 40 defensores resistieron el asedio de una división inglesa. Un relato habla de 24 horas de sitio; la prensa favorable a los franceses, de 48.
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