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Castillo de Almodóvar del Río: audioguía de la fortaleza sobre el Guadalquivir

Un rey asesinado al pie de la cuesta, un conde que no hizo caso a su mejor amigo y una princesa que, según la leyenda de la Encantá, todavía llora de noche entre estos muros. Y un castillo que la televisión convirtió en Altojardín, el de Juego de Tronos. Este recorrido te lleva en diez paradas desde el camino de subida hasta los miradores sobre el Guadalquivir. Si te preguntas qué ver en Almodóvar del Río, la respuesta empieza aquí arriba.

Hazlo antes de entrar: dentro puede no haber cobertura.
Castillo de Almodóvar del Río: audioguía de la fortaleza sobre el Guadalquivir

Camino de subida al castillo de Almodóvar del Río

La cuesta donde empezó todo

Párate en un tramo de la subida desde el pueblo con vista abierta. Deja el castillo a tu espalda y mira hacia el valle y la antigua vía del tren al pie del cerro.

¿Sabías que lo primero que se restauró de este castillo no fue una torre, sino el camino que estás pisando? La gran restauración comenzó en mil novecientos uno, y su primer trabajo fue este: unir el pueblo con la fortaleza. Antes de levantar una sola almena, había que poder subir. Y no hubo manera amable de hacerlo. El camino se abrió con barrena y con dinamita, rompiendo la roca para que después pudieran llegar arriba los grandes bloques de piedra.

Fíjate en lo que se empina la ladera y en la vieja vía férrea que corre abajo. Quien estaba arriba lo veía todo. Quien venía de abajo, sudaba.

Hay noticia de un castillo en este lugar desde el año setecientos cuarenta y uno, en época andalusí. Y junto a estos muros ocurrió una escena que la Edad Media escribía sin anestesia. Abd Allah al-Bayyasi, rey de Baeza, al que algunas fuentes llaman Abed Mohammed, huyó de Córdoba. Lo alcanzaron aquí y lo mataron ante las puertas del castillo, en mil doscientos veintiséis. Fernando tercero tenía entonces sitiada la plaza de Capilla, y algunos de sus hombres de confianza le aconsejaron levantar el cerco para vengarlo. El rey se quedó donde estaba. En mil doscientos cuarenta, sus tropas conquistaron el castillo.

Siglos después llegaron quienes lo devolvieron a la vida: Rafael Desmaissières y Farina, conde de Torralva, que impulsó la restauración, y su amigo el arquitecto Adolfo Fernández Casanova, que la dirigió. Las obras se extendieron hasta mil novecientos treinta y seis, cuando estalló la Guerra Civil. Así que lo que verás arriba mezcla piedra medieval y obra del siglo veinte. En cada parada te iré diciendo qué es qué, hasta donde se sabe.

Pero mi personaje favorito de esta cuesta es otro: Alfonso Luna. Su familia recuerda que cobró su primera paga el veintitrés de noviembre de mil novecientos siete, tras seis días de trabajo. Para entonces, las obras ya llevaban años en marcha. Acuérdate de él cuando el camino se empine. Arriba te espera una puerta que se lo pensaba mucho antes de dejar entrar a nadie.

Para profundizar

Aquella obra no fue un paseo. De mil novecientos uno a mil novecientos treinta y seis van treinta y cinco años, casi una vida laboral entera. Hubo quien llegaría aquí con veinte años y se marcharía con canas. Por el camino, la obra atravesó una crisis económica y unos cuantos cambios políticos. También coincidió con la Primera Guerra Mundial. España se mantuvo neutral, pero la contienda tuvo repercusiones económicas indirectas que se notaron en el país.

Después llegó la Guerra Civil, y la memoria de la familia de Alfonso Luna guarda un recuerdo que merece escucharse despacio. Durante la guerra, vecinos del pueblo subieron por esta misma cuesta a buscar refugio dentro del castillo. Allí se quedaron mientras disparaban contra la fortaleza.

Unos muros levantados para guerras de espadas y flechas, reconstruidos a base de jornales del pueblo, terminaron sirviendo de refugio en una guerra moderna. La piedra no elige a quién protege. Cuando llegues arriba y apoyes la mano en la muralla, acuérdate también de ellos.

Puerta exterior y barbacana del castillo de Almodóvar

Una puerta con escudo y con portero de piedra

Una puerta que guarda secretos · Castillo de Almodóvar del Río

Colócate ante la puerta exterior, antes de cruzarla. Levanta la vista hacia la torre que la flanquea.

En lo alto de la torre que tienes encima, bajo las almenas, hay una gárgola asomada. Parece un portero que lleva siglos sin pedir el relevo. Muy cerca, en uno de los ángulos de esa misma torre, busca un escudo: es el de la Casa de Córdoba, la firma de quien mandaba aquí.

Ahora baja la mirada al arco. Es apuntado y tiene forma de herradura. Da paso a un vestíbulo cuadrangular, un espacio pequeño y cerrado donde cualquiera que llegara se sentía observado. Por él vas a entrar tú dentro de un momento, igual que entraban los de entonces.

Mira también ese muro adelantado que corre por delante de la muralla principal. Es la barbacana. Y no está en cualquier sitio: refuerza justo los sectores que se consideraban menos protegidos, el ángulo suroeste y los flancos oeste y norte. Quien la diseñó sabía por dónde le iban a atacar. Es una pared que cuenta los miedos de sus dueños.

Lo curioso es lo que se encontró aquí hace algo más de un siglo. Un informe de la época describía grandes huecos abiertos en los pies de algunas torres y hasta en los cimientos. ¿Quién los hizo? Gente que venía a llevarse piedra, o gente que buscaba tesoros imaginados. Hay que reconocerlo: pocas cosas han dañado tanto los castillos como la esperanza de encontrar oro dentro.

Cruza el arco. Vamos a buscar la torre más alta.

Para profundizar

Hoy el castillo está protegido como Bien de Interés Cultural. La protección no se queda en los muros. Abarca también los terrenos de alrededor, hasta doscientos metros del monumento, en suelo donde no se puede urbanizar. Doscientos metros son, más o menos, dos campos de fútbol puestos uno detrás de otro en todas direcciones.

Dicho de otro modo: el cerro entero forma parte del castillo. Y tiene sentido. Una fortaleza así no se entiende sin el vacío que la rodea, sin esa ladera desnuda que obligaba a cualquiera a subir a la vista de todos.

Torre del Homenaje del castillo de Almodóvar del Río

La torre que va por libre

La torre que casi vive aparte · Castillo de Almodóvar del Río

En el patio de armas, mirando hacia la Torre del Homenaje y el pequeño puente de piedra que la une al resto del castillo.

Treinta y tres metros. Es lo que mide, más o menos, un edificio de once plantas. Y aquí lo tienes, hecho de piedra, en lo alto de un cerro y sin ascensor.

De las ocho torres del castillo, esta es la principal. Su planta es cuadrada y su volumen se come el patio. Pero fíjate en algo raro: está separada en gran parte del recinto. Solo la une al conjunto ese pequeño puente de piedra. Uno diría que la torre no termina de fiarse de sus vecinas.

Y quizá tuviera motivos para desconfiar de todo el mundo, porque las torres más importantes de este castillo se levantaron sobre todo en el siglo catorce, en estilo gótico-mudéjar, en una época de reyes enfrentados. La historia del castillo relaciona sus ampliaciones con Alfonso undécimo, con Pedro primero y con Enrique segundo, tres nombres metidos de lleno en las disputas por el trono de Castilla. En aquel siglo, una corona se defendía igual que una puerta: con muros gruesos y altos.

Y ahora, la parte por la que mucha gente sube hasta aquí. Mira a tu alrededor: este patio, estas torres, este perfil sobre el cerro. Puede que ya los hayas visto en una pantalla. En la séptima temporada de Juego de Tronos, este castillo fue Altojardín, el hogar de la Casa Tyrell. Una fortaleza de verdad, con siglos de asedios a la espalda, haciendo de fortaleza inventada. No le costó mucho meterse en el papel.

En la próxima parada vamos a mirar hacia abajo, al suelo del patio.

Para profundizar

Detente un momento en el puente. Es corto, casi modesto al lado de la torre. Pero es el único hilo que une esta mole con el resto del castillo. Recorrerlo con la mirada ayuda a entender la escala. El patio se queda pequeño, la muralla parece baja y la torre manda.

Ocho torres, y una sola que se aparta. Las demás forman la cadena de la muralla. Esta, en cambio, se planta casi aparte, como quien prefiere tener una salida propia.

Patio de armas y aljibes del castillo de Almodóvar

El patio que bebía de su propio suelo

El granero que no era granero · Castillo de Almodóvar del Río

En el centro del patio de armas. Sigue la señalización hasta la boca del aljibe Bajo, en el suelo.

Casi dos mil bañeras llenas. Esa es el agua que podían guardar entre los dos grandes aljibes de este castillo: unos doscientos noventa mil litros. Uno de ellos lo tienes justo aquí, bajo el patio. Busca su boca en el suelo.

En mil ochocientos noventa y ocho, antes de que empezaran formalmente las obras, el arquitecto de la restauración se asomó a uno de estos depósitos. Y se equivocó. Pensó que era un silo, un sitio para guardar grano. Tiene su lógica: un hueco grande y oscuro bajo un castillo puede ser muchas cosas. Pero luego se fijó mejor. Vio que aquello no dejaba escapar nada, que era estanco. Y encontró atanores, unas tuberías de barro cocido. Ahí lo entendió. No era un granero. Era una reserva de agua.

Y aquí viene lo bueno. Los dos aljibes no servían para lo mismo. El Alto recogía agua de superficies limpias. El Bajo, este que tienes a los pies, recibía lo que escurría por el patio. Y por un patio de armas pasaban caballos, mulas, soldados y todo lo que caballos, mulas y soldados dejan detrás.

Es decir: el castillo tenía agua de primera y agua de segunda. Una para beber con confianza y otra para todo lo demás.

Ahora vamos a una torre que guarda un secreto distinto: su edad.

Para profundizar

El aljibe Alto, por cierto, está frente al Revolcadero. Dos depósitos en dos sitios distintos, cada uno con su manera de recoger el agua. En un cerro, durante un asedio, eso marcaba la diferencia entre aguantar semanas o rendirse.

Torre de la Vela y vistas del castillo de Almodóvar

La torre que se calla su edad

Una torre sin biografía · Castillo de Almodóvar del Río

En lo alto de la Torre de la Vela, mirando al paisaje que se abre alrededor del castillo.

Hay torres que presumen de su fecha. Esta se la calla. Nadie ha fijado todavía cuándo se levantó exactamente la Torre de la Vela, y confieso que me gusta: es una de las pocas cosas de este castillo que guarda su secreto.

Lo que sí ofrece es esto que tienes delante. Es de las torres más fáciles de subir y regala una buena perspectiva del paisaje. Disfrútala sin prisa.

Este castillo es como un libro escrito a muchas manos. Tuvo fases de obra en el siglo diez, en el doce, en el trece y, sobre todo, en el catorce. Y luego, mucho después, llegó la mano que lo cambió todo.

A finales del siglo diecinueve, el conde de Torralva subió a ver esta fortaleza con su amigo el arquitecto, el mismo que confundió un aljibe con un silo. El conde quiso recuperarla. El arquitecto intentó frenarlo. La obra le parecía enorme. Demasiado enorme.

¿Y qué hizo el conde? Lo que hacen los que se empeñan: seguir adelante. Y, para colmo, puso al frente al amigo que le había dicho que no. El amigo, por su parte, aceptó.

Hay amistades que se miden por los consejos que das. Y otras por los que aceptas no ser escuchado.

Y ahora el giro, que es un poco triste. Ni el conde ni el arquitecto llegaron a ver terminada la obra. Pasaron media vida levantando algo que no verían acabado.

Vamos ahora hacia dentro, a las salas donde el conde quiso vivir su sueño.

Para profundizar

Para levantar todo esto hicieron falta unos ochocientos operarios. Ochocientas personas son dieciséis autobuses llenos subiendo cada mañana por la cuesta. Con barrenas, con mulas, con las manos. Durante décadas, aquella obra sostuvo jornales en el pueblo. Familias enteras vivieron de este castillo.

Y no todas las marcas que se ven son medievales. En otra de las torres hay un impacto de cañonazo de la Guerra Civil. Busca con la mirada, desde aquí arriba, las demás torres del recinto. Entre tantas piedras repuestas con cuidado, ese golpe es una cicatriz del siglo veinte. La guerra llegó cuando la obra aún no estaba terminada, y dejó su firma.

Sala de los Reyes y palacio neogótico del castillo

Una sala con nombre de corona

La sala que promete reyes · Castillo de Almodóvar del Río

Dentro de la Sala de los Reyes, en el centro de la estancia.

¿Quién le pone nombre a una sala? Esta se llama Sala de los Reyes, y he de confesarte algo: de dónde le viene el nombre, qué rey se sentó dónde, eso no lo cuentan los papeles que he podido consultar. A veces un nombre es solo eso, un nombre con aspiraciones.

Lo que sí está claro es el escenario. En este castillo conviven piedras de mil años y un palacio neogótico levantado en las primeras décadas del siglo veinte. Es la parte del castillo que el conde y su arquitecto imaginaron para vivir dentro de la Edad Media, pero con el siglo veinte llamando a la puerta.

Quizá sea la mejor manera de entender estas salas. No son un decorado del pasado, sino el sueño de alguien del siglo veinte sobre cómo debió de ser el pasado. Y ese sueño también es historia.

Ahora toca bajar. Y bajar en un castillo nunca es buena señal.

Para profundizar

Del arquitecto se conserva algo valioso: sus dibujos. Hoy se estudian junto a la propia fortaleza para entender qué encontró y qué decidió hacer con cada muro. Gracias a esos papeles, el castillo puede leerse casi como un diario de obra.

Y el palacio neogótico tampoco se ha quedado quieto. En dos mil veintitrés, un equipo de arqueología analizó sus estructuras y controló las obras de restauración que se hacían en él. Es curioso pensarlo: lo que se construyó para imitar lo antiguo ya es lo bastante antiguo como para estudiarlo con lupa.

Mazmorra del castillo de Almodóvar del Río

Donde el castillo deja de ser postal

Donde la luz se rinde · Castillo de Almodóvar del Río

A la entrada de la mazmorra, dejando que los ojos se acostumbren a la poca luz.

Aquí abajo, el castillo cambia de voz. Arriba había vistas, torres y leyendas. Aquí hay muros cerrados y un silencio que pesa.

Puede que estas mazmorras te suenen: en Juego de Tronos hicieron de las de Roca Casterly. Pero mucho antes de las cámaras, este castillo fue cárcel de verdad, con presos de nombre y apellido.

Uno de ellos fue una mujer: doña Juana de Lara, esposa del infante Tello. Estuvo presa en esta fortaleza. No se sabe si fue en esta cámara o en otra estancia del castillo. Pero estuvo aquí, entre estos muros, sin poder salir a esa luz que tú acabas de dejar arriba.

Otro fue Fadrique de Castilla, primer duque de Benavente e hijo de Enrique segundo, uno de aquellos reyes que se disputaron el trono. Estuvo preso en este castillo y aquí murió, en mil cuatrocientos catorce. La memoria del lugar vincula su agonía con estas mazmorras, aunque no se sabe en qué celda estuvo. El hijo de un rey, acabando sus días en la oscuridad de una fortaleza que su propia familia había ayudado a levantar.

Los castillos suelen contarse desde arriba, desde quien mandaba. Las mazmorras recuerdan que también se contaban desde abajo, desde quien esperaba.

Quédate un momento en silencio, si quieres. Luego sube. Lo que viene ahora es aire libre: el paseo por lo alto de la muralla.

Adarve y murallas del castillo de Almodóvar

El arquitecto que no puso escaleras

El arquitecto que no quiso escaleras · Castillo de Almodóvar del Río

Sobre el adarve, el paso de ronda en lo alto de la muralla, mirando a lo largo de las almenas, sobre todo hacia el lado sudeste.

Lo más valiente que hizo el arquitecto en este paseo fue no hacer nada. Te lo explico.

Estás caminando por el adarve, el camino de los centinelas en lo alto de la muralla. Para subir aquí hacen falta accesos, y el arquitecto solo restauró dos. Exactamente los dos de los que encontró restos. Ni uno más.

Piensa en la tentación. Una escalera nueva aquí, otra allá, y el paso de ronda habría sido mucho más cómodo. Para los obreros, para el conde, para los visitantes futuros. Él no la puso. Quizá pensó que inventar un acceso era inventar una parte de la historia, y que un castillo restaurado no debía mentir, ni siquiera para ayudar.

Es un tipo de modestia poco frecuente. La mayoría de la gente, con dinero, permiso y ochocientos obreros, habría mejorado el original. Él prefirió respetarlo, aunque eso le complicara la vida a todo el mundo, empezando por él mismo.

Así que, si en algún momento echas de menos una escalera, ya sabes a quién darle las gracias. O echarle la culpa. Las dos cosas son justas.

Sigue el adarve con la vista hasta el final. Allí te espera una torre que, quizá, es la abuela de todas las demás.

Para profundizar

No todo lo que ves en este paseo es exactamente lo que vieron los centinelas medievales. En la muralla sudeste, durante la restauración, se repusieron almenas y tramos de antepecho, ese murete que te separa del vacío.

Camina despacio y compara. Intenta distinguir la piedra que lleva aquí siglos de la que se colocó hace un siglo. No siempre es fácil, y eso dice mucho del oficio de quienes la pusieron.

Mira la paradoja. El mismo arquitecto que se negó a inventar escaleras sí devolvió almenas a su sitio. Supo dónde reconstruir y dónde frenar. Las almenas y el antepecho cerraban una muralla que había perdido su forma. Una cosa es completar una frase a medio borrar. Otra, escribir una que nunca estuvo.

Torre Redonda, la más antigua del castillo de Almodóvar

La abuela del castillo

La torre que empieza cuadrada y acaba redonda · Castillo de Almodóvar del Río

Junto a la Torre Redonda, al lado de la Torre Cuadrada, mirando su base desde fuera.

Esta torre empieza cuadrada y termina redonda. Fíjate en la base: es prismática, de lados rectos. Y a partir de cierta altura se convierte en un cilindro. Es como si a mitad de obra alguien hubiera cambiado de idea. Mira también los sillares, con sus franjas de ladrillo entre la piedra.

Y aquí va una coincidencia bonita. El nombre del pueblo, Almodóvar, viene del árabe al-Mudawar, que significa «el redondo». Estás delante de la Torre Redonda de un lugar que ya se llamaba, de algún modo, redondo.

Puede que sea la torre más antigua de toda la fortaleza. Se cree que pertenece a una campaña de obras del siglo diez. Si es así, tiene más de mil años y ha visto pasar a todos los personajes de esta visita.

Y guarda algo más bajo sus pies. Además de los dos aljibes del patio, el castillo tenía aquí un tercer depósito, el más exigente de todos. Se llenaba directamente desde la cubierta, con tuberías metidas dentro de los propios muros. Así el agua bajaba sin tocar el patio y sin mezclarse con lo que corría por el suelo. Es fontanería escondida en la piedra, pensada por alguien que sabía muy bien lo que pisaban los caballos. La torre quizá más vieja, con la fontanería más fina. Los veteranos, a veces, son los que mejor se las saben todas.

Si las plantas de la torre están abiertas, entra. Y luego ven conmigo al último mirador.

Para profundizar

Por dentro, la torre tiene dos plantas, cada una con su techo. La de arriba se cubre con una bóveda de cañón, alargada como un túnel. La de abajo, con una bóveda vaída de ladrillo, que se curva suave hacia las esquinas.

En la planta baja hay una escena preparada con figuras. Recrea una ceremonia de vasallaje: el acto en que alguien se ponía al servicio de un señor a cambio de su protección. Es una manera de ver con los ojos algo que los castillos tenían siempre: una jerarquía muy clara de quién mandaba y quién obedecía.

Miradores del Guadalquivir desde el castillo de Almodóvar

Un balcón sobre el Guadalquivir

Un balcón sobre el río · Castillo de Almodóvar del Río

En cualquiera de los miradores y terrazas abiertos del recorrido, de cara al valle y al río.

Estás a unos doscientos cincuenta metros sobre el nivel del mar, y desde aquí se entiende para qué servía todo esto. Ese río que ves abajo era navegable en otros siglos. Y este castillo vigilaba a la vez los caminos de tierra y el camino del agua. Quien tenía este cerro, controlaba lo que pasaba por el valle.

Y con este paisaje delante, toca la historia que en el pueblo conoce todo el mundo: la leyenda de la Encantá. Cuenta que, en el siglo once, durante el asedio almorávide de Córdoba, el príncipe Fath-Al-Mamun envió a su esposa, Zaida, a este castillo para ponerla a salvo. Un día, ella se asomó al balcón de la torre y tuvo una visión: su marido, muerto en la batalla. Presintió que era verdad. Se encerró, dejó de comer y de beber, y murió de pena.

La leyenda no se quedó en la Edad Media. Siglos después, los obreros que restauraban la fortaleza decían oír lamentos y sollozos al caer la noche. Y se negaban a trabajar a oscuras. Hombres capaces de subir piedras enormes por esa cuesta, vencidos por un llanto.

Es una tradición, no un hecho documentado. Pero los entiendo. Mirando este horizonte, cualquiera esperaría ver aparecer a alguien por el camino.

Para profundizar

La otra leyenda del castillo tiene más que ver con el bolsillo. Se cuenta que Pedro primero vivió aquí temporadas y guardó sus tesoros en la fortaleza. El propio Ayuntamiento la presenta como lo que es: una leyenda popular, no un hecho probado. Y se cuenta también que Enrique segundo volvía una y otra vez con la esperanza de encontrarlos.

Lo que sí dejó huella fue la búsqueda. Un cronista local cuenta que llegó un momento en que el patio de armas apareció lleno de hoyos abiertos por buscadores. ¿Recuerdas los huecos al pie de las torres de la puerta? Misma fiebre. Nadie encontró el oro. Lo que quedó fue el castillo, y quizá ese era el tesoro.

Vuelve a mirar el río y repasa lo que has visto. Un camino abierto a dinamita. Una puerta con un portero de piedra. Una torre de treinta y tres metros que no se fía de sus vecinas. Aljibes con agua de primera y de segunda. Un arquitecto que se negó a inventar escaleras. Todo eso existe porque el lugar importaba. Por eso hubo castillo aquí desde tan pronto, por eso se lo disputaron reyes y por eso alguien, siglos después, decidió que no podía dejarlo caer. Un conde, un arquitecto, Alfonso Luna y sus seis primeros días de trabajo. Baja despacio. La cuesta, ahora, es tuya.

Prepara tu visita


Preguntas frecuentes

¿Cuál es el horario del castillo de Almodóvar

El castillo es de propiedad privada y su horario lo publica la web oficial; también puedes consultarlo en la oficina de turismo de Almodóvar del Río. Así podrás organizar con calma la subida desde el pueblo y el recorrido por sus 10 paradas.

¿Cuánto cuesta la entrada

La web oficial del castillo de Almodóvar del Río publica las tarifas de visita y de audioguías, además de una visita teatralizada. Consulta allí los precios vigentes antes de ir.

¿Cómo llegar desde Córdoba

Desde Córdoba hay que dirigirse al pueblo de Almodóvar del Río, a orillas del Guadalquivir. El castillo se alza sobre un cerro de unos 250 metros de altitud, al que sube un camino desde el pueblo que fue el primer trabajo de su restauración. Confirma accesos y aparcamiento en la oficina de turismo.

¿Qué historia tiene el castillo

Hay noticia de un castillo en el cerro desde el año 741, en época andalusí. Las tropas de Fernando III lo conquistaron en 1240, y sus torres principales, gótico-mudéjares, son sobre todo del siglo XIV. Su gran restauración comenzó en 1901 y se extendió hasta 1936.

¿Qué ver en el castillo de Almodóvar del Río

Merece la pena ver la puerta con arco apuntado de herradura y el escudo de la Casa de Córdoba, la Torre del Homenaje, de 33 metros, y los aljibes, que sumaban unos 290.000 litros. Completan la visita el adarve, la mazmorra, la Torre Redonda, quizá del siglo X, y las vistas al Guadalquivir.

¿Quién restauró el castillo de Almodóvar

La restauración la impulsó Rafael Desmaissières y Farina, conde de Torralva, y la dirigió el arquitecto Adolfo Fernández Casanova. Empleó a unos 800 operarios, y ninguno de los dos llegó a ver la obra terminada.

¿Se rodó Juego de Tronos en el castillo de Almodóvar

Sí. El castillo fue localización de la séptima temporada de Juego de Tronos, donde representó Altojardín, el hogar de la Casa Tyrell. Sus mazmorras se usaron también como las de Roca Casterly.

¿Qué es la leyenda de la Encantá

Según la tradición, el príncipe Fath-Al-Mamun envió a su esposa Zaida al castillo para protegerla durante un asedio. Desde un balcón, ella tuvo la visión de su marido muerto, dejó de comer y beber y murió de pena. Durante la restauración, los obreros decían oír sollozos y evitaban trabajar de noche.

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