Donde el río cose dos orillas
Ruta a pie por el Guadalquivir en Córdoba, del C3A a la Torre de la Calahorra
Un río puede separar dos orillas o juntarlas, y en Córdoba el Guadalquivir ha hecho las dos cosas. Este paseo va de un centro de creación contemporánea a una fortaleza que vigilaba quién pasaba. En el camino cruzarás dos puentes, mirarás un muro hecho para frenar el agua y descubrirás para qué sirvió de verdad la frontera.

Qué es el C3A, Centro de Creación Contemporánea de Andalucía
Un centro de arte con el río de vecino
Calle Carmen Olmeda Checa, junto al C3A; colócate frente a su fachada, con el río a un lado.
Antes de nada, una pregunta que te acompañará hasta el final: ¿puede un río ser frontera y, a la vez, un lugar de encuentro? Lo vamos a averiguar andando, de un centro de arte a una fortaleza. Empezamos aquí, en el C tres A, el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía, a orillas del Guadalquivir. Se inauguró el diecinueve de diciembre de dos mil dieciséis y está dedicado a la producción y a la creación contemporánea. Dicho de otro modo: es un sitio donde se hacen cosas, además de mirarlas. Fíjate en la fachada y en el volumen del edificio desde fuera. Si está abierto, puedes asomarte a sus salas de exhibición y a la Caja Negra, el espacio de las artes vivas. Y si no, el exterior ya te cuenta la apuesta: alguien decidió poner un lugar de encuentro justo junto al agua. Dentro de un rato estaremos ante una torre que se levantó para lo contrario, para vigilar quién pasaba. Entre una cosa y otra hay un río y muchos siglos, y lo interesante va a ser ver cómo se tocan.
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Rodea el centro y baja al parque que lo acompaña, en esta misma orilla sur. Déjate guiar por el agua: mantén el río cerca y busca los caminos arbolados. Con un poco de suerte tendrás delante, al otro lado, el perfil del casco histórico. Es la ciudad antigua vista desde fuera, y desde fuera cambia todo. Allí empieza el siguiente tramo. Para en el parque, en cuanto el borde del río se abra ante ti.
El Parque de Miraflores, la orilla de enfrente
La orilla de enfrente

Parque de Miraflores, en la margen sur; mira hacia el borde del río y, al otro lado, hacia el casco histórico.
Estás en la orilla de enfrente, y conviene saberlo. Al otro lado del agua queda el casco histórico. Aquí, en la margen sur, tienes un parque, un barrio y un centro de arte que se miran entre sí con el río en medio. Camina despacio por los caminos del parque y fíjate en el borde fluvial. Desde aquí la ciudad antigua se ve como la vería quien llegara de fuera, y ese cambio de perspectiva no cuesta entrada. Confieso que me gusta empezar un paseo mirando el destino desde la otra acera. Una frontera, al fin y al cabo, es el sitio desde el que ves lo que no es tuyo. Un lugar de encuentro es ese mismo sitio cuando alguien decide cruzar. Nuestro asunto de hoy cabe en esas dos frases. Ahora te toca a ti: busca el camino que te lleve hacia el puente y deja que el casco histórico se te vaya acercando.
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Desde el parque, camina unos doscientos treinta metros hacia el noreste, unos dos minutos a paso tranquilo. Verás cómo el agua se acerca y el puente aparece ante ti. Mientras andas, piensa en esto: esa ciudad que ves al otro lado estuvo, durante muchísimo tiempo, comunicada con esta orilla por un solo paso. Ahora vas a cruzar por otro. Para en el Puente de Miraflores, en cuanto pises el primer tramo del paso peatonal.
El Puente de Miraflores y los veinte siglos con un solo puente
Veinte siglos con un solo puente

Puente de Miraflores; mira a lo largo del río, hacia el casco histórico.
Lo que vas a hacer ahora, cruzar el Guadalquivir andando por un puente nuevo, habría sido un lujo para casi cualquier cordobés de casi cualquier época. Durante veinte siglos, la ciudad tuvo un único puente: el Puente Romano. Hasta que, a mediados del siglo veinte, se construyó el de San Rafael. Veinte siglos, y quien quería ir de una orilla a otra pasaba por el mismo sitio que todos los demás. Un cuello de botella, para entendernos, del tamaño de una ciudad entera. Y ahora estás tú, sobre un puente peatonal, con los otros dos a la vista o a tiro de piedra. Fíjate en la estructura del puente que pisas y, sobre todo, mira hacia el casco histórico a lo largo del cauce: desde aquí el río se ve de un solo vistazo, como una avenida de agua con la ciudad al fondo. Esa multiplicación de cruces cambia lo que un río significa: deja de ser un obstáculo que obliga a pasar por un único punto. Pero un río que ya no asusta puede no dejar de ser peligroso, y para eso nos vamos al otro lado.
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Cruza el puente hasta la orilla norte y sigue el río hacia el este. Lo tendrás a tu derecha, mientras la ciudad antigua queda a tu izquierda. Ve por el paseo que bordea el agua, el de la Ribera, hasta el tramo cercano a la Cruz del Rastro y al Puente Romano. Mientras caminas, mira el muro bajo que separa el paseo del cauce. Parece un simple pretil con vistas, ¿verdad? Para en el pretil, donde el desnivel entre la ciudad y el cauce se hace evidente.
Las crecidas del Guadalquivir en el paseo de la Ribera
El muro que no vigilaba a nadie

Paseo de la Ribera, junto al pretil; mira el desnivel entre el paseo y el cauce.
Apóyate un momento en el pretil, que está hecho para eso, y mira abajo. Hay una diferencia de altura entre el paseo y el agua que quizá hoy te parezca decorativa. Aquí va el giro del paseo: este borde de la ciudad servía de defensa, pero no contra ejércitos. Lo era contra las avenidas del río. El cronista Ricardo de Montis señaló dos crecidas del siglo diecinueve que describe como especialmente aterradoras: la de mil ochocientos setenta y seis y la de mil ochocientos noventa y dos. En ambas, el agua superó los barandales del paseo de la Ribera, justo donde ahora estás apoyado, e invadió las calles próximas. Por eso me gusta tanto este tramo. Hasta aquí veníamos hablando del río como frontera entre dos orillas. Aquí descubrimos otra frontera, la que separa la ciudad del propio río. Y esta, la del agua, no se negociaba con nadie.
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Sigue por la ribera hacia el este, con el agua a tu derecha, hasta que el paseo te lleve a la plaza del Triunfo, junto al arranque norte del Puente Romano. Allí verás una puerta monumental, sola, con espacio abierto a su alrededor. Pregúntate, mientras llegas, para qué sirve una puerta si ya no hay muro que cerrar. Es una buena pregunta, porque a esa puerta le pasó exactamente eso. Para en la Puerta del Puente, frente a su fachada.
La Puerta del Puente, el acceso que perdió su muralla
Una puerta que se quedó sin paredes

Plaza del Triunfo, frente a la fachada de la Puerta del Puente; mira el espacio abierto que la separa del antiguo recinto.
Mira esta puerta de frente y fíjate en lo que no tiene: muralla a los lados. Hasta mil novecientos doce, la tuvo. Aquel año se derribó la muralla a ambos lados de la Puerta del Puente, y la puerta perdió de golpe su oficio: ya no cerraba nada, ni defendía nada. Y entonces empezó otra vida, la de monumento aislado, algo que se mira más que se atraviesa. Hay que reconocerlo, qué manera de quedarse sin trabajo: un día eres la entrada de una ciudad y al siguiente, un decorado con mucho espacio alrededor. Y es el espacio que ves ahora, abierto entre la puerta y el antiguo recinto. Su fama se confundió hasta en el papel: una litografía publicada en mil ochocientos cincuenta y cinco apareció rotulada como Puerta de Sevilla, y la Biblioteca Municipal explica que el dibujante, Parcerisa, pudo confundir los nombres de las puertas. Así que hasta equivocarse con ella tiene su historia. Esta puerta es, en pequeño, nuestra pregunta entera: lo que fue frontera se convirtió en lugar donde la gente se detiene a mirar.
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Desde la puerta, camina unos doscientos metros hacia el sureste, unos dos minutos, hasta el arranque del Puente Romano. Por el camino, mira a tu alrededor: en esta zona peatonal, entre la puerta, el puente y el Centro de Recepción de Visitantes, hay restos arqueológicos visibles de varias etapas, incluidos vestigios de la muralla antigua, según las zonas accesibles. Es como pasear sobre las páginas anteriores del libro. Para en el Puente Romano, cuando tengas ante ti la primera fila de arcos.
Qué ver en el Puente Romano de Córdoba
El puente que nadie se pone de acuerdo en llamar romano

Puente Romano; mira los arcos, los tajamares y, al fondo, la Calahorra.
Estás pisando un puente que, según quién lo cuente, es romano o no lo es del todo. El cronista local recogió opiniones enfrentadas. Unos identificaban el puente visible con el romano. Otros situaban un puente anterior más abajo, donde aparecían restos constructivos. No voy a tomar partido, que hay que respetar el misterio. Lo que sí está claro es lo que hace: une el Campo de la Verdad con el barrio de la Catedral, y a la vez marca el acceso meridional a la ciudad. El mismo paso que te deja entrar es el que había que vigilar. Y no siempre fue camino seco. En mil cuatrocientos ochenta y uno, una avenida llevó barcas por calles como Lineros, la Curtiduría, Fuensanta y la Puerta del Puente. Entre los siglos dieciséis y dieciocho se intentó una y otra vez hacer navegable el Guadalquivir, con obras para abrir pasos a las embarcaciones en las azudas, un proyecto persistente, no una realidad continua. En mil seiscientos ochenta y tres y ochenta y cuatro, una crecida hundió un arco. Y en dos mil ocho llegó la remodelación más grande y discutida de su historia, dirigida por Juan Cuenca: retiró revestimientos y propuso una imagen contemporánea, con debate social y político. En dos mil catorce, otra actuación premiada en este entorno y en la Calahorra se propuso borrar la brecha histórica entre las márgenes.
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Sigue avanzando por el puente hasta la zona central; la reconocerás por la figura de San Rafael. Mientras caminas, ten en cuenta un detalle que viene de lejos: la información turística municipal atribuye a Abderramán Segundo el encargo de elevar agua del río hasta el palacio de los emires mediante un acueducto. Y es que, ya entonces, el río no solo se cruzaba: se usaba. Para en San Rafael, en el centro del puente.
San Rafael y las fiestas en el río
Cuando el río fue una fiesta

Centro del Puente Romano, ante la escultura de San Rafael; mira el río desde la mitad del puente.
Detente ante San Rafael y mira el agua desde el centro del puente. Desde aquí se entiende que este sitio no era solo de paso: era también un escenario. En mil seiscientos cincuenta y uno, en las fiestas por la colocación de San Rafael, se celebraron juegos y pruebas en el río. Y las cosas no salieron del todo bien: algunos jóvenes cayeron al agua y sus vidas corrieron peligro. Es el tipo de dato que me hace pensar en cómo se celebra en cualquier época: con entusiasmo, con el río de testigo y sin pensar demasiado en cómo se sale. La tradición religiosa añade otra capa. Cuentan que una inscripción vinculaba a San Rafael con la protección frente a la peste, y narraba su revelación al sacerdote Andrés de las Roelas en mil quinientos setenta y ocho. Es una tradición de fe, no un hecho que pueda comprobarse, y la dejo con respeto en ese lugar. Lo que sí es verificable es que, bajo esta figura, la gente se juntaba con el río en medio, a divertirse y a arriesgarse. Un río convertido en plaza, con el peligro incluido.
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Continúa por el puente hacia el extremo sur, hasta la avenida de Fray Albino, donde el molino aparece pegado a la cabecera del puente. No tiene pérdida. Mientras caminas, mira de vuelta hacia la orilla norte, junto a los jardines del Alcázar: allí queda una rueda hidráulica. Cuentan, y me gustaría creerlo, que Isabel la Católica habría ordenado desmontar la noria porque su ruido le impedía dormir en el Alcázar. Es una tradición que recoge el Ayuntamiento, y suena demasiado buena para olvidarla. Para en el Molino de San Antonio.
El Molino de San Antonio y el Tablazo de las damas
Harina, barcas y baños

Molino de San Antonio, avenida de Fray Albino; míralo desde fuera, con el puente y la Calahorra a un lado.
Si el puente era el camino y la Calahorra la vigilancia, esto de aquí era el trabajo. Las azudas y los molinos del término cordobés abastecían de harina a la ciudad en la Edad Media y en la época moderna. Dicho de otra forma: el pan de media Córdoba dependía de lo que hiciera el río y de los pasos que dejara. Mira el molino desde fuera y su posición, pegado al puente y a la torre. Aquí el río no es frontera ni escenario: es una máquina. Y una máquina con vida social, porque la tradición local asocia al tramo entre el puente y el molino de Martos un lugar llamado el Tablazo de las damas. Era sitio de baños y de paseos en barca, y servía además como medio de comunicación con el barrio del Espíritu Santo. Un espacio de ocio que era también un paso. Me encanta que no hubiera forma de separar el trabajo, el recreo y el tránsito en un mismo tramo de agua. Y ahora, a pocos pasos, la torre que lo vigila todo.
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Son unos ciento veinte metros hacia el noreste, un minuto escaso. Verás la fortaleza creciendo ante ti en la cabecera del puente, con la masa de sus torres y su aire de cerrojo. Aprovecha para mirar cómo se coloca respecto al río y al paso: es exactamente donde alguien querría estar si necesitara controlar quién llega por el sur. Para en la Torre de la Calahorra, frente a su fachada exterior.
Torre de la Calahorra: historia y función
La torre que vigilaba un paso, y el río que no se dejó

Torre de la Calahorra, extremo sur del Puente Romano; mírala desde fuera y, de vuelta hacia el puente, hacia la otra orilla.
Aquí está la fortaleza que vigilaba el acceso sur. Y si alguna vez se necesitó una prueba de que un puente guardado manda sobre una ciudad, la da la crónica de la conquista. Fernando Tercero no pudo cortar el paso por el puente. Hizo preparar balsas y barcas y cruzó primero el río con unos pocos hombres para cortar la comunicación y tomar la fortaleza. O sea, que la frontera se saltó por el agua. Pero no solo se luchaba aquí. La azuda de Kulaib, aguas abajo del puente, ya existía antes del año setecientos once. De la noria de la Albolafia no se sabe bien la fecha: la hipótesis más verosímil la vincula con una construcción almorávide de mil ciento treinta y seis y mil ciento treinta y siete, y habría sido reutilizada en época almohade para llevar agua a la parte baja de la Alcazaba. De un molino de Kulaib se dice que produjo papel, pero la propia página lo presenta como atribución, no como certeza. Y el río, siempre mandón: en mil quinientos cincuenta y cuatro una crecida rompió el murallón de San Julián y dejó aislado el barrio del Espíritu Santo. Aquí tienes la respuesta a la pregunta del principio. Este lugar vigilaba el paso, y se vigilaba porque era el paso: la frontera y el encuentro eran el mismo sitio. El museo requiere entrada; el exterior se disfruta sin ella.
Epílogo
Hemos llegado hasta aquí desde un centro de arte que abrió el diecinueve de diciembre de dos mil dieciséis. Un lugar de encuentro junto al río, y nada menos que eso. Aquí, en la Calahorra, el río fue frontera: marcaba el acceso meridional, y había que cruzarlo por un único puente, y vigilarlo. Pero también fue molino, paseo, fiesta, peligro, y hasta camino de barcas por las calles. Una actuación reciente en este entorno se propuso, además, borrar la brecha histórica entre las márgenes. Quizá la respuesta sea sencilla: un río es frontera mientras nadie lo cruza, y es encuentro en cuanto alguien lo hace. Cuando vuelvas hacia el C tres A, hazlo por el puente, despacio, y mira el agua.
Fuentes: A1, A20, A21
Si te has quedado con ganas
- Alcázar de los Reyes Cristianos. Una visita para seguir con las historias del río y del poder. Cuentan que allí fueron recibidos Cristóbal Colón por los Reyes Cristianos, y una estatua de los jardines lo recuerda. (F57, F62)
- Baños Califales. Hay quien se imagina bañeras, pero la limpieza se basaba más en vapor, sudoración y friegas que en sumergirse. La visita municipal vincula una de sus salas con el asesinato del califa Ali Ibn Hammud. (F93, F102)
- Puerta de Almodóvar. Montis evoca batallas de pedradas entre cuadrillas infantiles, y la crónica local cuenta que el modelo para la cabeza del monumento fue Paco el Rubio, tabernero de Casa Rubio. (F67, F72)
Preguntas frecuentes
¿Qué es el C3A de Córdoba
Es el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía, inaugurado el 19 de diciembre de 2016 y dedicado a la producción y la creación contemporánea. Está junto al Guadalquivir y cuenta con espacios de exhibición y con la Caja Negra, un espacio escénico para las artes vivas.
¿Dónde está el C3A
El C3A está en la calle Carmen Olmeda Checa, s/n, 14009 Córdoba, en la margen sur del Guadalquivir, junto al Parque de Miraflores y al barrio de Miraflores. Desde allí se llega andando hacia el Puente de Miraflores y el casco histórico, al otro lado del río.
¿Qué ver junto al Guadalquivir en Córdoba
En este paseo verás el Parque de Miraflores, el Puente de Miraflores, el paseo de la Ribera con su murallón, la Puerta del Puente, el Puente Romano, la noria de la Albolafia, el Molino de San Antonio y la Torre de la Calahorra. Todo se disfruta desde el exterior.
¿Qué función tenía la Torre de la Calahorra
Era una fortaleza de control del acceso meridional, situada en la cabecera sur del Puente Romano. Con el tiempo tuvo otros usos: en 1781 se habilitó para trasladar presos enfermos por una epidemia en la cárcel, y también alojó prisioneros ingleses. Hoy su museo requiere entrada.
¿Qué hacer en el entorno del Puente Romano
Puedes ver la Puerta del Puente en la plaza del Triunfo, los restos arqueológicos visibles de la zona peatonal, la escultura de San Rafael en el centro del puente, el Molino de San Antonio y el exterior de la Torre de la Calahorra. Confirma antes si hay obras en el paso.
¿Cuántos puentes tuvo Córdoba y cuándo cambió eso
El Puente Romano fue el único puente de la ciudad durante veinte siglos, hasta la construcción del puente de San Rafael, a mediados del siglo XX. Hoy se suman otros cruces, como el Puente de Miraflores, un paso peatonal que permite comparar ambas épocas.
¿Cuándo hubo grandes crecidas del Guadalquivir en Córdoba
Se recogen varias: en 1481 una avenida llevó barcas por calles de la ciudad; en 1554 una crecida rompió el murallón de San Julián; en 1683-1684 se hundió un arco del puente; y en 1876 y 1892 el agua superó los barandales del paseo de la Ribera.