Salamanca · Audiodescrita

Catedral Vieja y Catedral Nueva de Salamanca: historia, qué ver y audioguía gratis

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Las paradas

Parada 1

Fachada occidental de la Catedral Nueva de Salamanca

Doscientos veinte años de obra
Ponte aquí: Colócate frente a la fachada principal de la Catedral Nueva, la occidental, con la gran portada tallada sobre la puerta justo delante de ti.

Estás en la Plaza de Anaya, de pie hacia el centro, al aire libre, y la fachada occidental de la Catedral Nueva se alza delante de ti. Es un gran muro de piedra que funciona como un retablo, es decir, como un panel de escenas esculpidas, solo que a la intemperie. Te lo describo de abajo arriba: en la base está la puerta, y justo encima de ella se tallan dos escenas, el Nacimiento y la Epifanía. El conjunto está organizado como un gran retablo en piedra, y su base es de estilo gótico tardío.

Doscientos veinte años. Es lo que separa la primera piedra de este edificio, puesta en 1513, de su inauguración en agosto de 1733. La obra se prolongó durante generaciones, y los que la empezaron no llegaron a verla acabada.

La idea partió del Cabildo, los canónigos de la catedral, que pidieron un templo nuevo dedicado a la Asunción. Los Reyes Católicos lo respaldaron. Después, los obispos fueron sosteniendo el patrocinio uno tras otro. Con los arquitectos pasó lo mismo: no hubo uno solo, sino una carrera de relevos. Por la obra pasaron Juan y Rodrigo Gil de Hontañón, Juan de Álava, los Churriguera y Sagarbinaga. Cada uno la recogió donde la había dejado el anterior.

Con tanto relevo, lo esperable habría sido un edificio de remiendos, cada generación con su moda. Aquí ocurrió lo contrario. La base es gótica tardía, y el Cabildo se empeñó en mantener la unidad de estilo durante las obras. Los gustos posteriores fueron entrando, pero sin derribar el proyecto gótico: se sumaron a él.

La portada que tienes delante es la principal del templo, y funciona como un retablo, solo que de piedra y a la intemperie. Encima de la puerta se cuentan dos escenas: el Nacimiento de Jesús y la Epifanía, la adoración de los Magos. Es una lección de catecismo para quien pasara por la calle.

En 1887 el templo fue declarado Monumento por Real Orden. Y la protección no se queda en la piedra: alcanza también a su entorno. Aquí se protege el decorado entero, no solo al protagonista.

En el costado norte, en otra de sus puertas, espera un visitante que llegó mucho después que los Churriguera. Va vestido de astronauta.

La protección del entorno tiene su propia fecha. En 1998, un expediente delimitó el perímetro que rodea al templo, e incluyó calles, plazas y espacios dentro de esa línea. Desde entonces, lo que se haga alrededor de la catedral también cuenta.

Esta es la fachada más fotografiada, pero no es la única portada con escultura. El conjunto tiene otras puertas con programas distintos, y cada una cuenta su propia historia. La obra duró tantas generaciones de maestros y obispos que es lógico que cada época dejara algo. Lo notable es que lo hiciera sin borrar lo que ya había.


Parada 2

Puerta de Ramos de Salamanca y el astronauta, en la Plaza de Anaya

Un astronauta en la Puerta de Ramos
Ponte aquí: Camina hacia el costado norte del templo, hasta la Plaza de Anaya, y colócate frente a la Puerta de Ramos, a unos pasos de distancia, para abarcar el relieve central y los laterales.

Ahora tienes delante la fachada norte de la catedral y, en ella, la Puerta de Ramos. Te la describo del centro hacia los lados. En el centro, el grupo escultórico principal: Jesús entrando en Jerusalén. A los lados del vano, es decir, del hueco de la puerta, hay figuras talladas de los evangelistas.

En esta portada hay un astronauta. Está tallado en piedra, entre esculturas que tienen 400 años o más.

Antes de buscarlo, conviene conocer lo que la puerta quería contar. En el centro, el relieve principal muestra la Entrada de Jesús en Jerusalén. A los lados del vano están los evangelistas, como testigos de la escena. No todas las figuras son de la misma época: unas se tallaron en el siglo XVI y otras en el 17.

Y aquí viene lo bueno. Entre la piedra de las partes restauradas de la portada aparece el astronauta. No está solo: le acompañan un lince, un toro, una liebre y un dragón con un helado.

No son medievales ni son una gamberrada. Los añadieron los restauradores en 1992, cuando trabajaron en esta puerta. Siguieron un criterio deliberado: dejar constancia de cada intervención con figuras de su propio tiempo, para que nadie confundiera lo nuevo con lo antiguo.

Las figuras estaban pensadas para identificar la restauración, no para robarle el protagonismo a la portada. Pero el astronauta se ha convertido en lo que más busca quien pasa por aquí, y hay quien lo toma por una rareza antigua. Es justo al revés: es una firma.

Así que esta portada cuenta dos historias a la vez. Una es la de Jesús entrando en Jerusalén. La otra es la de unos restauradores de finales del siglo XX que quisieron dejar su sello.

Ahora entra. Dentro espera una pregunta: si esta es la catedral nueva, ¿dónde está la vieja?


Parada 3

Por qué Salamanca tiene dos catedrales: la nave de la Catedral Nueva

Dos catedrales que comparten muro
Ponte aquí: Sitúate en el eje de la nave central, cerca de los pies del templo, de cara al crucero.

Has entrado en el interior de la Catedral Nueva. Estás en el centro de la nave principal, cerca de los pies del templo, y delante de ti la nave se prolonga hacia el crucero, el punto donde se cruzan las naves. A tu izquierda y a tu derecha hay dos naves laterales más bajas que la central, y entre los contrafuertes, a ambos lados, se abren capillas a modo de hornacinas, en dos líneas.

Ciento cinco metros. Es la longitud de la nave central que se abre delante de ti, más o menos lo que mide un campo de fútbol de portería a portería.

A los lados corren dos naves más bajas y, pegadas a ellas, dos filas de capillas abiertas en el muro como hornacinas. Desde aquí se nota bien el escalonado: la nave central sube por encima de las laterales, y los pilares se suceden uno tras otro como los árboles de una alameda.

Ahora, la pregunta de la puerta. Salamanca tiene dos catedrales porque la nueva no sustituyó a la vieja: se le pegó al costado. La Catedral Nueva se adosó a la Vieja y ocupó parte de su nave norte. Hubo un momento en que se pensó derribar la antigua. Pero la vieja se conservó mientras la nueva crecía, y cuando la obra nueva se dio por terminada, la otra seguía en pie. Y ahí sigue, al otro lado del muro.

La historia de este edificio tampoco está cerrada. Encima de tu cabeza, sobre las bóvedas, hay un espacio bajo el tejado. En 2024 empezaron las obras para rehabilitarlo, y hoy el interior de la bóveda ya forma parte de Ieronimus, el recorrido por las torres de la catedral. El nombre no es un capricho: es la forma latina de Jerónimo, el obispo que impulsó la catedral más antigua. Te lo encontrarás al otro lado del muro. Dudo que los canónigos que encargaron este templo pensaran algún día en visitantes paseando por encima de sus bóvedas.

En medio de la nave hay algo que corta la perspectiva. Es el coro, y tiene voz propia.

La rehabilitación bajo cubierta tiene un objetivo concreto: mostrar de cerca la plementería, el relleno de piedra que cierra el espacio entre los nervios de las bóvedas. Desde el suelo solo se percibe la cara de abajo. Desde arriba se entiende cómo se construyó.


Parada 4

Coro y órganos de la Catedral Nueva de Salamanca

El coro y sus dos órganos
Ponte aquí: Acércate al coro y colócate ante su reja, en el exterior. A ambos lados, junto al coro, se alzan los dos órganos.

Estás ante el coro, que ocupa el centro de la nave principal. Delante de ti tienes su reja, que lo cierra; a través de ella se adivinan dos niveles de asientos, el coro bajo y el alto. A tu izquierda y a tu derecha, junto al coro, se alza un órgano a cada lado, uno enfrente del otro. Más allá del coro, hacia la cabecera, queda la Capilla Mayor, y otra reja cierra también ese espacio. En los respaldos del nivel alto hay relieves de Cristo, los apóstoles, los evangelistas y santos.

Una iglesia dentro de la iglesia: eso parece el coro, plantado en mitad de la nave principal, con su reja y sus dos pisos de asientos. Se construyó entre 1710 y 1733, según trazas de Joaquín Benito y Alberto de Churriguera. Se terminó, por tanto, el mismo año en que la catedral abrió sus puertas.

Era el corazón litúrgico y musical del templo, el lugar desde el que el Cabildo seguía el culto. A través de la reja se distinguen los dos niveles de sitiales, el coro alto y el bajo. En los respaldos altos desfilan Cristo, los apóstoles, los evangelistas y una hilera de santos. No es decoración al azar: hay un programa teológico repartido asiento por asiento. El trabajo escultórico lo encabezó José de Larra, con Múgica, Carnicero y otros artistas.

Ahora dirige la atención hacia los lados del coro. Los dos órganos que se enfrentan no son gemelos. Uno es renacentista, del siglo XVI. El otro es barroco, del 18. Dos siglos de música enfrentados a pocos metros.

El barroco es obra de Pedro Echevarría. En 1992 se restauró y recuperó su carácter primitivo. Para recuperar su sonido antiguo hizo falta un añadido moderno: un sistema eléctrico que mueve las bombas de aire. Es un instrumento del 18 con el fuelle conectado a la red.

No es una pieza de museo. Las dos catedrales siguen acogiendo conciertos y actividades musicales.

Detrás del coro, en la cabecera, espera un altar al que le falta algo muy grande.

La reja que separa el coro de la Capilla Mayor es obra de Duperier, un rejero francés que había trabajado para el Duque de Alba antes de dejar aquí su firma en hierro. Es la frontera entre los dos espacios principales del templo: a un lado se cantaba y al otro se celebraba.

Los relieves de los sitiales están pensados para leerse en conjunto. Cristo, apóstoles, evangelistas y santos forman una especie de libro de teología abierto ante quien se sentaba en el coro.


Parada 5

Capilla Mayor de la Catedral Nueva y la imagen de la Asunción

El retablo que ya no está
Ponte aquí: Ponte ante el presbiterio de la Catedral Nueva, de cara a la imagen de la Asunción y a la bóveda dorada que la cubre.

Estás ante el presbiterio, en la cabecera de la Catedral Nueva, y delante de ti se abre la Capilla Mayor, de planta rectangular. Te la describo de abajo arriba. En el centro está el sagrario y expositor, de jaspes y mármoles. Preside el conjunto una imagen de la Asunción, bajo una colgadura de terciopelo. Y sobre todo ello, por encima de tu cabeza, una bóveda policromada y dorada. Lo que no hay es el gran retablo que cabría esperar al fondo.

El fondo de esta capilla está más despejado de lo que uno espera en una catedral. No es un saqueo ni una pérdida reciente. Fue una decisión.

Aquí estuvo el retablo-tabernáculo de Alberto de Churriguera: una sola obra que hacía a la vez de retablo y de tabernáculo. Solo 10 años después de la inauguración, en 1743, se desmontó. Para ocupar su sitio, Ventura Rodríguez propuso un tabernáculo monumental. Era tan caro que se quedó en el papel. Así que lo que tienes delante es lo que vino después: una Capilla Mayor rectangular, que tomó su forma en la segunda mitad del siglo XVIII y cambió la disposición con la que se había inaugurado el templo.

Sobre tu cabeza, la bóveda policromada y dorada. Sin el gran retablo delante, es ella la que pone el brillo en este espacio.

Preside el recinto una imagen de la Asunción, a quien está dedicada la catedral. La talló Esteban de Rueda en 1624, más de un siglo antes de que el edificio estuviera terminado. La Virgen llegó antes que su casa.

En el centro de la capilla está el sagrario y expositor de jaspes y mármoles, obra de Gavilán Tomé. En el altar mayor se guardan además unas urnas de plata con reliquias de dos santos: San Juan de Sahagún y Santo Tomás de Villanueva.

Desde aquí, el camino lleva al otro lado del muro, a una catedral bastante más antigua.

El espacio detrás del altar, el trasaltar, ha seguido cambiando. En 2024 se instaló allí una gran pintura de Florencio Maíllo, de ocho metros por cuatro, titulada «El pensamiento ante el misterio de la Creación, Redención y Resurrección». Es la prueba de que la catedral no se ha cerrado como un museo: sigue recibiendo arte de su tiempo, como recibió los añadidos de cada siglo mientras se construía.


Parada 6

Catedral Vieja de Salamanca: el obispo Jerónimo de Périgord y el Cristo de las Batallas

La catedral que se negó a desaparecer
Ponte aquí: Pasa a la Catedral Vieja y detente en su primera nave, la del lado del Evangelio, junto al muro que la separa de la Catedral Nueva.

Has cruzado de una catedral a la otra y estás ahora en la Catedral Vieja, en su nave del lado del Evangelio. Es una nave más estrecha de lo que le correspondería. A un lado tienes el muro de la Catedral Nueva, que la recorta en anchura. Al fondo de la catedral, hacia la cabecera, queda el retablo mayor, al que llegaremos enseguida.

Acabas de retroceder más de tres siglos y medio en unos pocos pasos.

Esta es la Catedral Vieja, un templo románico de transición. Se empezó a construir en la primera mitad del siglo XII por encargo del obispo Jerónimo de Périgord. Es el obispo del que te hablé bajo las bóvedas de la Nueva: Ieronimus, el recorrido por las torres, lleva la forma latina de su nombre. Quien sube hoy a las alturas de la catedral camina, literalmente, bajo la firma del obispo Jerónimo.

Date cuenta del espacio que te rodea. Esta nave es más estrecha de lo que debería. Cuando la Catedral Nueva se adosó a la Vieja, su muro le quitó sitio. La catedral joven se acomodó a costa de la mayor.

Al obispo Jerónimo lo acompaña también una leyenda hecha talla. El conjunto catedralicio conserva el Cristo de las Batallas, una imagen románica que la tradición vincula con él y con el Cid. La talla es de piedra y madera de la historia; el vínculo con el Campeador lo pone la tradición, y así conviene escucharlo.

Hay otro Cristo con un viaje largo a sus espaldas: un crucificado de origen novohispano, es decir, hecho en la América española. Su restauración se completó y se presentó el ocho de octubre de 2026. Forma parte de una investigación sobre las imágenes ligeras llegadas de América, y su conservación ha exigido estudios y análisis especializados. Antes de restaurarse estaba en la nave de la Epístola, la del lado opuesto. Dónde se expone ahora, y dónde puede verse el Cristo de las Batallas, conviene preguntarlo durante la visita.

Ahora dirige la atención al fondo, hacia la cabecera. Ahí espera una tira de viñetas de 53 tablas.


Parada 7

Retablo de la Catedral Vieja de Salamanca y la Virgen de la Vega

El retablo mayor de la Catedral Vieja
Ponte aquí: Sin salir de la Catedral Vieja, colócate en la nave central, de cara al retablo mayor, en la cabecera.

Estás en la nave central de la Catedral Vieja, y al fondo, en la cabecera, tienes la Capilla Mayor con su retablo. Te lo describo de abajo arriba. Es una superficie de tablas pintadas, 53 en total, ordenadas en cinco filas y 11 calles, que son las columnas verticales. Preside el conjunto la Virgen de la Vega, una talla pequeña frente a la gran superficie de pinturas. Y en lo alto, coronándolo todo, hay una pintura del Juicio Final.

Al fondo, en la Capilla Mayor, un retablo de 53 tablas, repartidas en cinco filas y 11 calles, cuenta episodios de la vida de Cristo como una tira de viñetas.

Lo corona un Juicio Final contratado en 1445 con Nicoló Delli, al que también llamaban Nicolás Florentino. Ese remate no se anda con rodeos: los condenados son arrastrados hacia las fauces de un dragón enorme, situado en el lado derecho de la escena. Hay que reconocerlo: pocos sermones han sido tan claros.

Preside el retablo una imagen que no se hizo para él. Es la Virgen de la Vega, una talla románica de finales del siglo XII, rígida y frontal, con esmaltes y cabujones, esas piedras pulidas y redondeadas que brillan sobre el metal. Procede del antiguo monasterio agustino que había junto al río Tormes. Llegó de fuera y acabó en el centro de todo.

A sus pies, en el presbiterio, reposan personajes de linaje real y eclesiástico. Entre ellos está Fernando Alonso, hijo natural de Alfonso noveno.

Muy cerca hay una capilla pequeña con un segundo Juicio Final, más antiguo que este.


Parada 8

Capilla de San Martín o del Aceite en la Catedral Vieja

San Martín y la capa partida
Ponte aquí: Colócate primero ante la escena de San Martín, en el muro exterior de la capilla. Después entra y recorre con la atención las pinturas de las paredes.

Empiezas fuera, ante el muro exterior de la Capilla de San Martín, donde hay una escena pintada: un santo que comparte su capa con un pobre. Al entrar, los muros interiores están cubiertos de pinturas hechas directamente sobre la pared. En un muro hay un retablo pintado, con una imagen de la Virgen en volumen en el centro. Al lado, otro conjunto de pintura mural. Y en primer plano de la capilla, un sepulcro monumental, el del obispo Rodrigo Díaz.

Un santo parte su capa en dos para compartirla con un pobre. Esa escena de caridad, pintada en el muro exterior de esta capilla, es San Martín.

Dentro, la Capilla de San Martín, a la que también llaman del Aceite, está forrada de pintura medieval. En un muro hay un retablo que no existe: está pintado sobre la pared, imitando uno real, alrededor de una imagen de la Virgen tallada en volumen. Está fechado en 1262, y tiene autor conocido, algo raro para la época: estas pinturas se atribuyen a Antón Sánchez de Segovia, que las firmó.

Al lado hay un segundo conjunto, de mediados del siglo XIV, pintado también sobre el muro. Representa el Juicio Final. Es el segundo de la visita, casi un siglo más antiguo que el del retablo mayor que acabas de dejar atrás.

La capilla la fundó el obispo Pedro Pérez. Su suerte es curiosa: de su sepulcro original solo queda el epitafio. Al fundador le quedaron las palabras. En cambio, otro obispo, Rodrigo Díaz, sí conserva aquí un sepulcro monumental, rodeado de las pinturas que cubren las paredes. Uno puso la capilla y el otro se quedó con el monumento.

Lo que hay a la vista puede no ser todo. El propio Cabildo apunta que bajo los enfoscados de los muros podría haber más pintura esperando.

Esa idea de lo que está tapado volverá más adelante, en una de las capillas del claustro. Ahora hay que salir a él.

En los frescos cercanos aparecen los profetas Jeremías, Isaías y Daniel, junto a San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen según la tradición cristiana. Rodean una hornacina que es posible que alojara en su día una imagen de la Virgen. La disposición tiene lógica: profetas que anuncian y padres que esperan, alrededor de un hueco pensado para ella.


Parada 9

Claustro de la Catedral Vieja de Salamanca

Un claustro con tres vidas
Ponte aquí: Sal al claustro y quédate en una de sus esquinas, en el punto donde se encuentran dos pandas de arcos.

Estás en una esquina del claustro, donde se encuentran dos galerías de arcos. Los arcos rodean un patio. Estás ya fuera de las naves, en un espacio de paso y de recogimiento que durante siglos sirvió a la vida diaria de los canónigos.

Este claustro nació hace más de 800 años, pero lo que tienes a tu alrededor es, sobre todo, obra de finales del siglo XVIII y de principios del 20. Tiene origen medieval y una cicatriz de terremoto.

Se levantó en el último tercio del siglo XII. Durante siglos fue el escenario de la vida en común: aquí rezaban los canónigos y el obispo, y sus capillas servían para dar clases, para la música y para las reuniones del Cabildo. Era a la vez templo, aula y sala de juntas.

En 1755, el terremoto de Lisboa lo dejó muy dañado. Treinta años después, en 1785, Jerónimo García de Quiñones dirigió su reconstrucción. Más de un siglo más tarde, en 1902, llegó Repullés y Vargas con otra intención: intentar devolverle el aspecto que tenía antes.

Piensa en los arcos y en los muros con esa historia en la cabeza. Lo que recorres es la suma de tres momentos: la obra medieval, la reconstrucción del 18 y el intento del 20 por recuperar lo anterior. Tres épocas miraron el mismo patio y cada una vio uno distinto.

En una de las capillas que se abren a este claustro hay un instrumento que ya sonaba a finales de la Edad Media.


Parada 10

Capilla de Anaya y su órgano medieval

La Capilla de Anaya y su órgano medieval
Ponte aquí: Ve en el claustro hasta la Capilla de Anaya, también llamada de San Bartolomé, y entra hasta el sepulcro del obispo.

Entras ahora en una capilla que se abre al claustro, la de Anaya.

Esta es la Capilla de Anaya, o de San Bartolomé, y en ella descansa el obispo Diego de Anaya. Su sepulcro ocupa la capilla y le da su nombre más conocido.

Pero la pieza que hace famoso este espacio no está tumbada: es el órgano sobre su plataforma.

Haz la cuenta. En el coro de la Catedral Nueva había un órgano renacentista del 16 y otro barroco del 18. Este es anterior a los dos. Si aquellos eran los hermanos enfrentados, aquí tienes al abuelo de la familia, que ha sobrevivido a siglos de cambios de gusto, de liturgia y hasta a un terremoto que castigó el claustro de al lado.

Otra capilla del claustro, la de Santa Bárbara, guarda la historia de los exámenes de la universidad.


Parada 11

Capilla de Santa Bárbara y los exámenes de la Universidad

Santa Bárbara: exámenes y pinturas escondidas
Ponte aquí: Entra en la Capilla de Santa Bárbara y colócate junto al sepulcro del centro, de cara al retablo y a su frontal de azulejos de Talavera.

Estás en el centro de la Capilla de Santa Bárbara, junto al sepulcro de Juan Lucero. Delante de ti, en el testero, el muro del fondo, está el retablo, y la mesa del altar se decora con un frontal de azulejo de Talavera. Detrás del retablo hay pinturas murales góticas. Normalmente quedan tapadas, y solo se ven en ocasiones señaladas, cuando el retablo se desplaza.

En el centro de esta capilla yace Juan Lucero, que la fundó a mediados del siglo XIV. Alrededor de su sepulcro gira una de las historias más repetidas de Salamanca.

Cuenta la tradición que los estudiantes de la universidad venían aquí a examinarse, junto a la tumba del fundador. La historia tiene una parte de verdad y otra de leyenda: quienes han estudiado los documentos advierten que no todo lo que se repite sobre estos exámenes es cierto.

Lo que sí está escrito es que el rector, una vez proclamado, juraba el cargo en esta capilla, aunque no siempre se le elegía aquí. Y en 1570 se acordó llevar los exámenes a otra capilla, la de Santa Catalina. El motivo era muy práctico: Santa Bárbara resultaba estrecha y no ofrecía suficiente secreto para las deliberaciones. Hasta un tribunal necesita poder hablar sin que le oigan.

La capilla guardaba otro secreto, este literal. Detrás del retablo del siglo XVI había pinturas murales góticas que nadie veía desde hacía siglos. En 2014, Antonio Ledesma metió una cámara endoscópica en la rendija entre el retablo y el muro y pudo ver lo que había detrás. En 2019, al desmontar el retablo para restaurarlo, las pinturas salieron a la luz.

La solución final fue ingeniosa. El retablo volvió a su sitio, pero sobre una estructura móvil. En ocasiones señaladas se desplaza, y las pinturas del siglo XIV vuelven a verse sin retirar la obra del 16. Dos épocas se turnan en la misma pared.

Queda una última parada, y esta vez hay que salir al exterior.


Parada 12

Torre del Gallo y recorrido Ieronimus desde el Patio Chico

Patio Chico: la Torre del Gallo y las torres de Ieronimus
Ponte aquí: Al terminar la visita interior, sal al Patio Chico y dirige la atención hacia arriba, al cimborrio de la Catedral Vieja, la Torre del Gallo.

Has salido de nuevo al exterior, al Patio Chico, al aire libre. Las dos catedrales quedan juntas ante ti. En lo alto de la Catedral Vieja, coronando el crucero, se alza el cimborrio, que se llama la Torre del Gallo. Junto a ella, los volúmenes más altos de la Catedral Nueva. Lo que oías por dentro como dos edificios en uno, desde aquí se entiende como un solo conjunto.

Desde aquí se entiende de un vistazo lo que llevas toda la visita oyendo: dos catedrales en una, la vieja y la nueva, una junto a otra.

Localiza la Torre del Gallo. No es una torre de campanas: es el cimborrio de la Catedral Vieja, la estructura que corona el crucero del templo del obispo Jerónimo. Después de haber recorrido la catedral por dentro, aquí la tienes desde fuera.

La Torre del Gallo también se contempla desde Ieronimus, el recorrido por las torres que lleva el nombre latino de aquel obispo. Allí arriba, además del interior de las bóvedas, espera otra historia de terremoto.

El mismo terremoto de Lisboa de 1755 que dañó el claustro castigó gravemente la torre campanario. Para salvarla, la reforzaron con un forro exterior de piedra, como quien le pone un abrigo a un enfermo. Y ese abrigo ocultó la estructura medieval que había dentro.

Así que la visita termina como empezó a insinuarse en San Martín y en Santa Bárbara: en esta catedral, lo que se percibe casi nunca es todo lo que hay. Hasta la torre lleva otra torre dentro.


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Créditos de las fotos

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